Thursday, March 02, 2006

Ayatolah, no me toques la pirola

Estoy alucinando bastante con lo del cómic danés y las rotestas musulmanas. Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho y me da exactamente igual que los clérigos de los cullons lleven sotana o chilaba y turbante, el caso es que en el momento en l que se permite que la idea de Dios se filtre por las rendijas del pe samiento racional, ese concepto abstracto se va inmiscuyendo cada v z más en los asuntos de la vida cotidiana, hasta que llega a desp azar por completo al pensamiento racional, y hasta al pensamiento ismo. El hecho religioso, sea del signo que sea, y entendido en su ertiente social (no estoy hablando de la fe como asunto íntimo), es l cáncer más peligroso de la civilización, porque ante la perspect va de un Dios plenipotenciario, omnipresente y absoluto, ¿cómo se le van a oponer ideas tan simples y humanas como la de la li ertad de expresión? Creo sinceramente que no estamos apreciando e peligro en su justa medida. Cuando un indeseable con el cerebro e tumecido por la fe y borracho de perspectivas ultraterrenales es capaz de lanzar una condena a muerte desde el púlpito, y su ocura es aceptada por miles de f náticos dispuestos a ejecutarla a la menor oportunidad, ya no estamos hablando de cuestiones íntimas, de ideas y creencias, o de la salvación del alma: estamos hablando i más ni menos que de crimen org

Crímenes organizados los hay de muchos tipos, como los que montaron los asesinos de Bush, Aznar, Blair y Berlusconi en Irak, o como los que organiza a diario el estado terrorista de Israel en Palestina, pero el hecho de que de aquellos polvos vengan estos lodos, es decir, que el resurgimiento del fanatismo religioso islámico sea una consecuencia del fanatismo capitalista (y también religioso cristiano, no nos engañemos), no significa que una sociedad laica deba aceptar imposiciones dictadas desde el territorio ambiguo y peligrosísimo de la religión.

Y me refiero a cualquier tipo de religión, no sólo de la musulmana. En Occidente ya tenemos bastantes problemas causados por las injerencias en la vida cotidiana de obispos, cardenales, paparatzingers, curillas y meapilas que reprimen patéticamente su homosexualidad, como para encima tener que aguantar las estupideces absolutistas de cuatro ayatolahs. El pensamiento occidental superó por suerte la etapa filosófica de Guillermo de Ockham, que proclamaba la potentia absoluta Dei como sistema de comprensión de la realidad, y cuando ya parecía que avanzábamos, resulta que va a ser que no, oiga, que ahora va usted a legislar lo que yo le diga, así que olvídese del matrimonio homosexual, aunque sea matrimonio civil, olvídese de la educación laica, que los colegios son cosa de curas, no me toque el chador, que las mujeres no deben enseñar el rostro, y no me hable de eliminar la ablación del clítoris, que el placer femenino está prohibido por Dios. Olvídese, en suma, de la moral agnóstica, que el conocimiento, y por ende, las leyes, las dictamos nosotros por la gracia del Único.

Cuando digo que esto es peligrosísimo, a las pruebas me remito: se empieza montando manifestaciones y se termina lanzando cócteles molotov contra una embajada porque en el país que representa se ha publicado un cómic en el que aparece el Profeta. La religión no es ya que sea el sustituto natural de la cultura y de la razón, es que es ni más ni menos que un trasplante cerebral consentido, voluntario, y con efectos psicoactivos. Ya que se están poniendo en Europa tan coñazos con lo del tabaco, deberían poner a la entrada de las iglesias, las mezquitas y las sinagogas un cartel que rezase (nunca mejor dicho): “las Autoridades Sanitarias advierten que el uso de la religión es peligroso para la salud mental”.

Y que conste que cuando leí que Hamás había ganado las elecciones en Palestina, no pude reprimir un sordo sentimiento de alegría. Yo sigo siendo de esos que piensan que “con las armas en la mano, Palestina vencerá”, creo que con Israel no hay que negociar, porque para negociar debe darse una igualdad de posiciones y un equilibrio de fuerzas, y no lo hay, creo que a Israel sencillamente habría que obligarle por las buenas o por las malas a acatar la legalidad internacional. O sea, que Israel me parece un estado terrorista, igual que los USA, así que cuando leí lo de Hamás me dije: “hombre, por fin,”. Pero luego me puse a pensar, y llegué a la conclusión de que lo que aquí se está dirimiendo, además de asuntos de dinero y poder, como siempre, es la guerra entre las tres grandes religiones: el cristianismo, el judaísmo y el islam. O sea, como siempre.

Si examinamos las guerras que se han dado en el mundo durante los últimos siglos, veremos que en casi todas ellas aparece de forma más o menos destacada la cuestión religiosa. La religión, que proclama farisaicamente la paz, es paradójicamente la principal causa de guerras en el mundo. Porque la religión, que proclama hipócritamente el amor, en realidad siempre termina sirviendo al odio. Porque la religión, que proclama farisaicamente el desapego hacia lo material, en realidad sirve a los intereses terrenales de los más fuertes, y no es otra cosa que un instrumento de control social y manipulación y una muy rentable fuente de ingresos económicos. Porque la religión, o sea, lo único que pretende es que sean los otros quienes se desprendan de sus bienes, pero sólo para que los obispos y los ayatolahs puedan seguir viviendo como curas a costa de la estulticia de los feligreses.

El asunto del cómic me parece mucho más importante de lo que pueda parecer a primera vista. ¿Por qué los agnósticos, ateos y laicos debemos permitir que los religiosos nos digan lo que tenemos que hacer, y en cambio ellos no nos permiten salirnos ni un milímetro del guión? ¿Por qué, si la religión proclama la Potencia Absoluta de Dios sobre las leyes humanas, no podemos los no religiosos proclamar la superioridad de esas leyes sobre los asuntos de la religión? En definitiva, ¿por qué los curas pueden decir lo que les de la gana desde los púlpitos y los minaretes, pero desde los periódicos y medios de comunicación nadie puede decir nada sobre ellos, porque, oye, es que te lanzan una fatwa y te joden la vida? A mí me ofende muchísimo que Ratzinger diga que los homosexuales son desviados (y que Rajoy le apoye oponiéndose al matrimonio gay, tiene cojones. No te acerques, que me tiznas, dijo la sartén al cazo), que el imán de Fuengirola explique cómo pegar a la esposa, o que en ciertos países musulmanes se practique la censura más inquisitorial. Me ofende mucho, pero, oiga, como creo eso que decía Clint Eastwood de que las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una, pues me aguanto. El problema aparece cuando surgen miles de iluminados que no se aguantan, y que pretenden imponer por la fuerza o por la fatwa su visión de la realidad. Y eso sí que no, oiga.

Así que reivindico mi derecho a cagarme en Dios, en todos los dioses, y si alguien se ofende, que le vayan dando. Reivindico la ofensa de pensamiento y palabra (no de obra) como parte fundamental de la libertad de expresión, y como sano ejercicio democrático. Reivindico mi derecho a que nadie me diga o me imponga lo que hacer o pensar. Y reivindico también esa vieja frase de Durruti, lamentablemente olvidada: la única iglesia que ilumina, es la que arde.

Antonio López del Moral

Sunday, October 16, 2005

Que vienen los negros

Lo más alucinante son los comentarios del personal. Que si podían quedarse en su puto país, que si la culpa de todo esto la tiene la televisión, porque les muestra el paraíso en la otra esquina, como diría el otro. Claro. Ven que en Occidente hay coches, y ti ndas, y gimnasios con spa y pilates, y otras gilipolleces por el estilo, no hay color, oiga, yo es que entre pisar las calles nuevamente de lo que fue N’Yamena, Abuja, Kampala o Kigali ensangrentados, o sea sabes, que me quedo con los suburbios de cualquier capital europea, ver si aquí me dan dos petit suisses, o viene el primo de zumosol que he oído decir que el desayuno es la comida más importante

Son las cosas de la globalización, que globalizar globaliza, pero sólo la publicidad, el comercio descarado, eso sí, con precios ajustados a la realidad de cada país, que, como los precios son algo ficticio que se sacan de la manga los del departamento de márketing, pues qué más da, si al fin y al cabo las Nike las cosen los hijos de estos hijos de puta desgraciados, pues que se las compren a precios locales, si es que les llega después de pagar la… ¿cómo se llama la mierda esa que comen? ¿Sopa de sémola?

Lo de poner un negrata en tu vida queda muy bien, dentro de nada hacemos unas galas en televisión para apadrinar un niño, que con sesenta euros al año le pagas la escolarización, porque en estos países asquerosos la educación cuesta menos que nada. Hay que tener la conciencia tranquila, el domingo voy a misa, y como aquí los pobres los han quitado de la puerta como medida de maquillaje (o de peeling, o, en Cervantes, exfoliación), pues hago una transferencia por internet, que es más moderno, ¿cuál era el número de cuenta de la oenegé esa?

El horror de la realidad nos llega amortiguado, atemperado por la televisión, donde tienen órdenes concretas de no mostrar las imágenes más crudas, que los niños están todo el día delante del televisor, y pobrecillos, bastante tienen con la pleiesteision como para encima ver a un negro cubierto de harapos dejándose literalmente la piel en los pinchos de una valla. Porque, claro, luego empiezan con las preguntas. Ayer por la noche mi hija quería saber por qué vienen a España. Pues hija, porque en su país no hay comida, y ven que aquí sobra. ¿Y por qué no les enviamos alimentos, y así se quedan allí? Porque no es sólo la comida, es el trabajo. ¿Y por qué no les enviamos empresas, para que les den trabajo? Pues, porque, hija, a las empresas no les interesa, porque no venden, y lo de que ellos trabajen o no, les da igual, sólo quieren vender, y cuando van a estos países es porque a esta gente les pagan muy poco, y fabrican las cosas allí, pero las venden aquí, y además los que trabajan son los niños porque cobran menos, y eso no está bien. Y mi hija asentía muy seria, y me decía: no, eso no está bien. Y su cabeza seguía dándole vueltas a esas preguntas, las mismas que yo me hacía, y para las que no pude darle ninguna respuesta seria, porque si todos nos pusiéramos serios, tendríamos que concluir que esto no funciona, que la mentira de Occidente apesta, que nos hemos tumbado a tomar el sol en un solarium construido sobre millones de cadáveres (poco o nada) exquisitos.

La realidad nos asalta, nos supera, nos viola en nuestra comodidad de estuco y cuero de primera calidad, la realidad no es un robo, es un puñetazo en el estómago, pero por suerte la percibimos a través de la televisión, y así parece menos realidad, y así nos recuerda a una peli de Michael Moore, y así la situamos en la misma categoría que los últimos estrenos, ¿has visto ya lo de Torrente?

La realidad rompe aguas, pero nunca salen de la pequeña pantalla, y asistimos al huracán Katrina, al terremoto de Pakistán, al ciclón de Guatemala, al apartheid y genocidio palestino, que ya aburren, por persistentes, a los atentados de Al Qaida, o al drama de los negros arrojados al desierto por el gobierno marroquí, con la misma elegante y estudiada indiferencia con la que comentamos lo de que la golfa de la modelo esa se mete coca, o el triunfo de Fernando Alonso, es que este chaval es la hostia, ¿eh?, y corre con Renault, ya ves tú, ni Ferrari, ni BMW, ni Mac Laren, es el triunfo de los humildes, tiene cojones.

Nos importa más que echen a una tía con cara de pie de Operación Triunfo, que expulsen por la fuerza a 1400 negratas al desierto, el Gran Desierto, donde los hombres son hombres, y sólo sobreviven los más fuertes. Y es que en eso consiste el capitalismo, después de todo, ¿no? En ignorar el dolor, como el miserable ese de barbas del PP, en mirar hacia otro lado, en tratar de sacar tajada política en cualquier situación, ya sean los jirones de piel de los subsaharianos, o el matrimonio entre homosexuales, tú legisla, que nosotros montamos la mani.

Pero hoy no quiero hablar de esos cerdos hipócritas, sino más bien de la sociedad en general que tanto les gusta, y en la que acaban de descubrir los inconfesables placeres de la democracia. Estamos encantados con nuestros ipods, la Internet de alta velocidad, nuestros cochecitos con cinco estrellas en el test Euroncap, pero siempre olvidamos que a la mayoría de la gente del planeta las únicas estrellas que le interesan son las que ven por las noches cuando se tienden a dormir a cielo raso. ¿Y todavía nos sorprendemos de que quieran venir? Pero, qué curioso, lo que les atrae no es el spa, ni la internet, ni el ipod, con lo que mola el juguetito, fíjate, porque nadie se lanza a cruzar el Estrecho montado en una nevera para tener un emepetrés que llevarse a la oreja. Lo que les atrae es simplemente el hambre, la desesperación, el frío, el camino cerrado, el pánico a las balas y a los machetes, lo que les atrae es el terror a la amputación, el miedo escénico al fusilamiento o a la horca, lo que les atrae es la repulsión de lo sórdido, la angustia de la selva devastada, la disonancia cognitiva de la ablación, de la enfermedad endémica, de la ausencia de agua potable. Lo que les llama la atención no son ni las pantallas de plasma, ni los jomcinemas, ni los teléfonos móviles con sonido real y videocámara, lo que les llama la atención es pensar que aquí, por muy mal que se encuentren, aunque tengan que trabajar sin contrato, catorce horas diarias, y cobrar una mierda, por lo menos trabajan y cobran y comen, que ya es algo, y sin el peligro añadido de que les peguen un tiro por la espalda.

¿De qué nos sorprendemos? No se puede vender a todo el mundo la moto del capitalismo y la democracia, es que lo mío es lo guay, ¿sabes?, y cuando vienen todos en masa, porque, oyess, Lobo López, me has llegado al alma, estoy toda ansiosa por ver esas cosas que tu tele me habla, resulta que no, que mira, que mejor te quedas en tu puto país, con tus dictaduras, tu tribalismo, tu animismo. Mejor apagas la tele y le preguntas otra vez al brujo de la tribu, como hacías antes, y si a las niñas les cortan el clítoris, por algo será, ¡guarras!. Que yo aquí, tengo otras cosas más importantes en qué pensar. Como, por ejemplo, el hermano de una compañera de mi trabajo, que vive en Nueva York, y que acaba de llamarla por teléfono, preocupadísimo: resulta que ha descubierto los bidés, porque en Estados Unidos no hay, y se ha pasado horas visitando tiendas on line de diseñadores (no sé si Phillippe Stark se ha metido ya en ese prometedor terreno), y vamos, que lo mismo está ya escribiendo una carta al presidente, o montando una empresa de import-export por internet. Teniendo en cuenta que en Estados Unidos fue hace no mucho una cuestión de política nacional el tamaño de las cisternas de los váteres, esto de lavarse el culo en una palangana pegada a la pared seguro que dará mucho juego. Y, con respecto a los negros… ¿qué negros?

Wednesday, June 29, 2005

Terremoto en Fraguel Rock

Resulta que al final, perdieron, amor, y muchos no acabamos de creerlo, muchos aún tememos que lo impugnen, como ya ha anunciado un tal Trillo, muchos pensamos que cuando una clase social, la suya, está tan acostumbrada a ganar en todo, difícilmente soltará por completo el bocado de poder. Cascos se autodefinía como un “doberman”, aunque yo creo que estos tipos son más bien como bull dogs, es decir, que al morder se les encajan las mandíbulas y no las abren ni con escoplo. El bocado de poder, el sabroso mordisco, la sonrisa de caimán que tritura, y desgarra, que mastica y hasta escupe, la boca que vomita espumarajos, que arremete verbal, o físicamente, y luego se sorprenden en forma teatral de que la gente le rechace. La boca que todo lo muerde, o sea, como el ojo del Gran Hermano, pero en plan tubo digestivo, que da más grima.

Han luchado hasta el final, estaban dispuestos a que se anulasen los votos provenientes de Venezuela, que ya se sabe que allí manda un comunista, y espérate que no me chive a papá Bush y te invadan a ti también, para que te enteres. Han luchado y han perdido, aunque todavía les queda el lado oscuro, la técnica postelectoral, lo que en términos de gabinete de comunicación, o Miguel Ángel Rodríguez’s way, se llamaría ingeniería parlamentaria. O sea, lo que hicieron en la Comunidad de Madrid, que habiendo dinero de por medio, siempre es factible encontrar un sociata corrupto, un Tamayo dispuesto a vender su primogenitura por 1500 millones, que total, es lo que nos quitamos de pagar de la declaración de la renta gracias a las buenas artes del gestor.

Al final perdieron, pero por poco, al final hubo que arrancarlos de las piedras gallegas, de las lajas, al final se convirtieron en lampreas, en moluscos fundidos a la roca, al final a Fraga habrá que sacarlo de allí con cama y todo, porque las sábanas se le han pegado, pero no por el sueño, que también, sino por las secreciones propias de la edad y la mala leche.

Fraga saldrá a la Praza do Obradoiro arrastrándose y blasfemando, dejando jirones de sí mismo en las esquinas góticas de Fraguel Rock. Fraga se va y nos quedarán sus exabruptos, sus salidas de tono, sus insultos. A Fraga, aunque se marche, habrá que expulsarlo mucho tiempo después mediante exorcismo, o conxuro, y su rostro deformado por la bilis y el vómito verde quedará grabado de forma indeleble en las columnas románicas de la catedral de Santiago, como el ectoplasma del franquismo que todavía recorre la España demediada.

Fraga ha sido una enfermedad, un virus, un mal que ha aquejado primero a la sociedad española, y luego a la gallega. En Fraga han convivido el padre padrone, el general, el cura corrupto, el cacique, el soldado de Cristo, el dictador. Fraga ha sido un trozo de guerra, Fraga es el resto vivo, o casi, del conflicto, Fraga es lo que queda del túnel. Fraga ha sido la familia de Pascual Duarte, empeñada en demostrar su propia existencia después de que a Pascual le pasaran por el garrote vil.

Fraga, leyenda gris de la España negra, vampiro en una Transilvania atlántica y lluviosa, Fraga, o el relente nocturno, la rebeca, don Manuel, abríguese que chove, Fraga fue el chamán de la Galicia Caníbal de la que hablaba Antón Reixa, Fraga fue el gran dictador, o lo hubiera sido si no se hubiera cruzado en su camino un tal Franco, que mandaba más, carallo.

Fraga es una caricatura, una broma pesada, un esperpento, y nadie tendría que haberlo tomado nunca en serio, porque cuando se comienza a dar crédito a los que gritan mucho, se les termina entronando. Y luego llegamos a situaciones como esta, grandes chamanes de la tribu apoltronados durante siglos en los wáteres de su poder, agitando la escobilla como si fuera un cetro, diciendo una chorrada tras otra, como la última de que a una mujer no puede preguntársele con cuántos se lo monta, y jaleados por una turbamulta atrapada en el enigma de la docilidad, (con permiso de García Olivo).

Fraga, corazón, aplícate el cuento, y sigue los consejos de ese otro insigne paisano tuyo, censor del régimen y premio Nobel de Literatura, sigue sus instrucciones y vete a morir a Benidorm, entre las ruinas de tu inteligencia y a la sombra de las muchachas en flor, que a lo mejor de tanto verte cerca empiezan a enterarse de con quién se acuestan. Más que nada como medida profiláctica.

Antonio López del Moral

Thursday, May 26, 2005

No one is inocent

La sorpresiva y sorprendente detención de Arnaldo Otegi me induce a algunas reflexiones. ¿Por qué de pronto un juez ordena su encarcelamiento y le impone una multa de 300.000 euros alegando “indicios de pertenencia” y de portavocía” de ETA, cuando Otegi lleva tantos años ejerciendo ese supuesto “cargo” y hasta la fecha a nadie se le había ocurrido procesarle? ¿Por qué si no hay ninguna prueba que le relacione siquiera tangencialmente con ninguna acción violenta? ¿Por qué detenerle justo en medio de un acercamiento de posturas, en mitad de un diálogo con la banda terrorista? ¿Por qué precisamente ahora, cuando después de tantos años, se comenzaba a hablar del abandono de la lucha armada?

Como en política no existe la inocencia, siquiera interrumpida (ya dijo hace muchos años Ronald Biggs, el ladrón del tren de Glasgow, aquello de que “no one is inoccent”), habría que analizar las motivaciones ocultas de cada personaje de la historieta. Los jueces por ejemplo. La justicia en España es independiente, es decir, no está ligada a ningún partido político, pero en la práctica el Consejo General del Poder Judicial es un órgano eminentemente conservador, en el que sus tres cuartas partes están formadas por magistrados de ideología poco o nada progresista. ¿Esto quiere decir que esos jueces vayan a tomar decisiones que beneficien a un partido de derechas? No. Simplemente quiere decir que, en su fuero interno, desde luego, probablemente estén en contra de los últimos movimientos del gobierno hacia un diálogo con ETA, y que en más de una ocasión quizá hayan pensado en la forma de torpedearlo.

O sea, que nadie es inocente, de nuevo Ronald Biggs, y ahora examinemos las acciones del Partido Popular desde que perdiera las elecciones del 14 de Mayo. Las algaradas en el congreso crecen día a día, la bronca se ha convertido en la tónica predominante, y los argumentos reflexionados se van sustituyendo cada vez más por la estrategia del acoso y derribo. Ya se coreó entre los militantes del PP cuando Rajoy salió a reconocer su derrota en Génova aquello de “tranquilo, Mariano, que en dos años les echamos”. Parece que están decididos a conseguirlo, y tampoco da la impresión de que vayan a escatimar en medios. No quiero dar la brasa otra vez con lo de las elecciones de la Comunidad de Madrid, en las que circularon tres mil millones de pesetas procedentes de empresarios de la construcción afines al PP, no quiero repetir siempre que la derecha no está acostumbrada a perder y por eso cuando no consigue las cosas por las buenas, lo intenta por las bravas (y aquí, a dos euros la respuesta, citemos acciones violentas propiciadas por las clases favorecidas cuando perciben que pueden perder sus privilegios tradicionales). No quiero salir de nuevo con todo eso, pero no me digan que el PP, desde que está en la oposición, no ha convertido ésta en puro hooliganismo, y el Congreso en una versión extreme violence de Tómbola, o sea, tú grita, insulta o insinúa, que ya vendrá quien limpie la mierda.

Nadie es inocente, desde luego, la culpa forma parte de la cultura judeocristiana, y eso lo ha entendido también a la perfección la iglesia, que desde los púlpitos continúa llamando día a día a la rebelión, o sea, objeción de conciencia, que la objeción, cuando les interesa, es cristiana, ya ves tú (igual que la conciencia). No quiero decir que eso también forme parte de la estrategia de acoso y derribo, en dos años les echamos, pero teniendo en cuenta que las jerarquías católicas se sienten agredidas por las decisiones tan “injustas” del gobierno (esos pasotes de permitir que los homosexuales se casen o adopten, o de aprobar la investigación con células madre, o de intentar que la escuela laica sea laica de verdad), teniendo en cuenta que el obispado se sentía tan a gustito con el PP, ¿no llama la atención que los curas estén promoviendo con furia oriental esta campaña de movilizaciones anti ZP? En resumen, ¿no parece demasiado poco casual que conforme se intenta avanzar en una dirección tímidamente progresista, de pronto las élites conservadoras, iglesia y judicatura, principalmente, cierren filas y se empecinen no ya en una defensa numantina, sino en un ataque a degüello?

O sea, que no quiero decir que exista una estrategia planificada de tipo maquiavélico (el fin justifica los medios) de utilizar cualquier argumento para conseguir derribar al PSOE, a pesar de que lo parezca. Porque el caso es que lo parece. Da la impresión de que nada les importa, y que los atentados sólo son actos miserables cuando los sufren ellos, y no hace falta recordar que a Pilar Manjón y a otros miembros de la Asociación de Víctimas del 11 M les dijeron desde las filas de los diputados del PP aquello de “meteros vuestros muertos por el culo”. Es cierto que da la sensación de que utilizar el terrorismo con fines partidistas sólo les está permitido a ellos, o sea, que el PP rompe el famoso y cacareado pacto antiterrorista (cuando critican de una forma tan salvaje los intentos de diálogo, en lugar de cerrar filas y apoyar las decisiones del Ejecutivo, como establece el pacto) y luego acusa a los demás. Es cierto que lo parece, pero no vamos a insistir en ese tema. No quiero decir que a pesar de todos esos indicios, el PP esté intentando recuperar a costa de lo que sea el poder perdido, pero una persona con algo de malicia, como la que ellos se supone que no tienen, pensaría que la detención de Otegi forma parte también de ese cuidadoso plan. Es decir, ordenamos el encarcelamiento desde la judicatura (recordemos que se trata de un órgano conservador) del supuesto portavoz de los malos, provocamos que el Ejecutivo no tenga más remedio que apoyar, por supuesto, esta acción, y torpedeamos así en plena línea de flotación el proceso de diálogo. Las conversaciones quedan rotas, y si encima en un par de días se produce un atentado salvaje, miel sobre hojuelas, que ya que ETA no nos lo dio el 11 M, hombre, por Dios, que nos lo de ahora, que ya nos hace falta.

No son más que elucubraciones, desde luego, pero uno, que ya empieza a estar hasta la coronilla de toda esta farsa de curas, meapilas, casposos, banqueros enfervorecidos y diputados de pelo en la dehesa, uno cree que tampoco resulta tan descabellado, y que ojalá que no pase nada, no sólo por las posibles víctimas, sino por la cara de satisfacción que se le iba a quedar a más de uno de ellos.

Antonio López del Moral Domínguez

Wednesday, April 20, 2005

Ratzinger Zeta: el rottweyler de Dios

La elección del tal Benedicto, antes Ratzinger Zeta para los coleguitas, encaja perfectamente dentro de la línea de la cosa católica de los últimos años. ¿Por qué lo llaman revolución conservadora cuando quieren decir fundamentalismo? Todo vendrá seguramente de mucho más atrás, pero sin ánimo de remontarme demasiado, pienso que empezó con la reacción a los conatos revolucionarios de mayo del 68, ya saben neo anarquismo, los hippies, las drogas, amor libre y por ahí, eso que se había producido, a su vez, como reacción a la guerra de Vietnam y un tal Nixon. Revolución – reacción, lo de siempre, sólo que desde hace algunos años las revoluciones que se producen son como de cachondeo, pero las reacciones, en cambio, son de armas tomar.

La Iglesia nunca se ha caracterizado por su aperturismo, a no ser que consideremos un avance fundamental el que desde hace cinco siglos hayan dejado de quemar viva a la gente en la hoguera. La Iglesia conserva, fija y no sé si da esplendor, la iglesia brilla en sus catedrales pulidas y rutilantes, pero bajo las sotanas se descompone lentamente el semen retenido, poluciones nocturnas a la luz del día, sobre altares de ámbar, que no es otra cosa que el semen de las ballenas (otros bichos grandes que se mueven lentamente). Si el otro, el polaco, arremetió durante su mandato contra el condón, el amor libre, el comunismo, la píldora, los homosexuales, la iglesia de la liberación, etcétera, etcétera, ¿qué no hará este, que encima dicen que es un intelectual (supongo que en la línea de Guillermo de Ockham, ya saben, el del Poder Absoluto de Dios)?.

A Ratzinger Zeta, el rottweiler de Dios, tampoco es que le queden muchos enemigos contra los que lanzar sus puños o martillos de herejes, porque de lo del comunismo, el sexo, las drogas y el rock’n roll ya se había ocupado el polaco, así que supongo que se dedicará a arremeter, sin paños calientes, a las claras, contra aquellos que disientan de las doctrinas oficiales. Agarraos los machos, Fideles, Hugoschávezes, Zapateros, Lulasdasilvas y otras especies comunista-pseudoprogresistas del mundo, que ha llegado el momento del llanto y el crujir de dientes.

Tiene un careto el tal Benedicto que es que da miedo, coño, y luego, cuando hurgas un poco en su currículo y descubres que en su juventud fue nazi, ya es que te vas por las pencas. En la juventud se hacen muchas chorradas, ya se sabe, los hay que jugaron al fútbol y ahora anuncian viagra, unos fueron borrachos antes de asesinos, como Bush, otros falangistas antes de imbéciles, como Aznar, que escribía artículos incendiarios contra la democracia en no sé qué periódico, o como el mismo Bono, que va y dice que es que entonces todo el mundo lo era (tócate el escroto), pero hombre, lo de nazi - nazi, es que está como muy mal visto. Si por lo menos hubiera sido sólo fascista, como Berlusconi, como Franco, ahora sus familiares o descendientes directos (que los tendrá, nunca digas que este cura no es mi padre), andarían por los programas del corazón reivindicando la figura del dictador, y sus seguidores, en lugar de esconderse vergonzosamente, se dedicarían a pegar palizas a “gentuza” como Santiago Carrillo (comunista antes de socialdemócrata) y a protestar por la retirada de los símbolos del régimen.

Que sí hombre, que este tipo representa el conservadurismo sin complejos de la Thatcher, pero con fundamento, o sea, un poquito de San Agustín, un poquito de San Pablo, la Biblia en verso y el Manifiesto Comunista como anatema, hay que quemar libros, que la lectura es perniciosa, y ya que no podemos echar otra vez a Galileo a la hoguera, echemos a Karl Marx, para ir abriendo boca. Se avecinan tiempos funestos, amigo Sancho, con la iglesia hemos topado, una nube negra se cierne, un fantasma recorre el mundo, el espantajo, otra vez, de las guerras religiosas, porque, esa es otra, en el Islam hace ya tiempo que van cerrando filas.

Yo es que no termino de entenderlo: la religión organizada es uno de los hechos más lamentables de la historia de la humanidad, es un instrumento de manipulación absoluta y a nivel casi de cromosomas. Lo hemos visto a lo largo de la historia, hemos asistido a persecuciones de uno y otro bando, a tribunales de la inquisición, a monarquías absolutas por derecho divino, a fanáticos que se inmolan en autobuses en el nombre de Dios. Hemos contemplado cómo estos irresponsables (por no llamarlos asesinos, claramente), predican la abstinencia frente al condón en los tiempos del SIDA, hemos asistido al espectáculo de su opulencia vaticana frente a la miseria del tercer mundo, los hemos visto celebrar misa con dictadores, pasear bajo palio con asesinos, decir las mayores barbaridades, eso sí, en tono melifluo y suave, no vayamos a alzar la voz. Han predicado la hipocresía desde el púlpito, son los especialistas de las virtudes públicas y los vicios privados, con esta mano te condeno y con la otra te masturbo en las penumbras en flor de los seminarios polvorientos.

Han callado cuando había que gritar, y vociferan cuando deberían eclipsarse, en los momentos de tímido avance social. Han silenciado a los distintos, y crucifican una y otra vez a los que predican la justicia, a los que echan del templo a latigazos a los mercaderes del tafilete y la chistera. Son los abanderados del olor a cera, de la canción alegre, de la paloma y la túnica blanca. Son los gonfalonieros de las formas, porque lo único que les interesa es mantener las apariencias, que no cambie el orden de cosas establecido, que se mantengan las estructuras de poder, que ya dijo Jesucristo eso de “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Qué pena que con lo único que se hayan quedado de sus palabras haya sido con esa frase equívoca.


Lo sabemos, sí, y a pesar de ello, la gente continúa apoyando con su presencia y sus rezos la continuidad de estas mafias organizadas. ¿Qué es lo que le pasa al ser humano? Entiendo la necesidad del hecho religioso a nivel individual (no es más que la sublimación o emulsión emocional del miedo a la muerte), pero, ¿qué es lo que hace que una persona mentalmente sana se entregue a estas bacanales de sinrazón? Hombre, puestos a elegir drogas (opios del pueblo), yo creo que hay otras que resultan más placenteras. Y no me vengan con lo de que son caras, coño, que por lo menos en Occidente la gente que apoya la iglesia son de lo más pudiente que hay.



Antonio López del Moral

Monday, February 21, 2005

Un domingo cualquiera

Algo huele a podrido en la cosa constitucional, algo huele a podrido, y yo no he sido, algo apesta, algo hiede, algo perturba la hilarante y gazmoña celebración, algo deja un poso de amargor y lejanía, de cansancio y cachondeo, de carcajada breve, o rota, o descompuesta. Se nos rompió el amor, de tanto usarlo, se nos quebraron las urnas de cristal, urnas que no guardan papel, sino cenizas, urnas vacías de sentido y lluvia. Nos quedamos en casa los hastiados, los descreídos, los lúcidos, los otros, salimos a pasear nuestro cansancio por las calles vacías de la historia, corrimos, amor, tan de la mano, a buscar patatas fritas y refrescos, mas los chinos, joder, siempre los chinos, nos cerraron las puertas de sus tiendas.

Madrid era una ciudad vacía, tan vacía que casi parecíamos estar en una final de fútbol, y no en una cosa pseudodemocrática, como esta. En Madrid soplaba el viento frío de febrero y lucía el sol helado de la ausencia. Un domingo cualquiera, una quietud, un día de fiesta sin festejos. No servían vermús en las terrazas, ni panchitos en los bares desolados, las televisiones ofrecieron su basura, la mierda que devoramos entre horas, el tiempo se nos fue escurriendo entre los dedos, y esa tarde, corazón, no hicimos sexo, no nos besamos por las sombras de la casa, no nos perseguimos desnudos por los parques, porque hacía tanto frío, coño, que cualquiera se despelotaba en Madrid.

El frío, el frío, esto es Europa. Ahora, mientras escribo, luce el sol y está nevando, y esa curiosa contradicción, esa bella tautología, me parece que simboliza bien el cadáver exquisito que se oculta en la trastienda de la cosa constitucional. Tenemos que sacar ese cadáver del armario, tirar de su mano podrida y pesarosa, la mano de un obispo que se deja besar, la mano regordeta del gerente que, mientras te despide, te la ofrece blandamente para que la estreches, porque tampoco es cuestión de perder las formas.

La mano que mece el producto, la mano negra que escribe, o que no escribe. Porque tampoco hay mucho que escribir, o sea. La constitución es una estafa, ya se ha dicho aquí, la constitución sólo es la consagración de la primavera, pero no la de Praga, sino la de Wall Street, o Londres, o París, o la Pasarela Cibeles, que viene a ser lo mismo. La constitución nos constituye no como ciudadanos, sino como mano de obra barata e intercambiable, la constitución se ilumina con la pira funeraria del sindicato, de la asociación, del trabajador, de la jornada de ocho horas, la constitución se escribe a medida del empresario, o sea, no le añada muchas normas, que como me las voy a terminar saltando todas, tampoco es plan de ponerle puertas al campo.

Así que todo el mundo contento con la farsa, nos cargamos los nacionalismos, tan del siglo XIX, nos merendamos las conquistas sociales, los avances, establecemos el macromercado globalizador y el que venga detrás que arree, cada perro que se lama su cipote, y marica el último. Es lo que tiene el capitalismo salvaje, cuentan los beneficios, los resultados, y todo lo demás sólo es adorno, la espuma de los días, el chocolate en casa Hansselman del que hablaba Roseta Loy, que situaba su historia en la Segunda Guerra Mundial, pero que tampoco tiene mucha importancia.

Prietas las filas, constituido un estado burocrático, con su constitución y todo, que refrende el status quo empresarial, lo próximo es la creación de un gran ejército que contribuya a defender las fronteras y ya puestos, a declarar un par de guerritas, que siempre hay países tercermundistas susceptibles de convertirse en amenazas para la paz mundial, usted sólo dígame de qué recursos naturales, petróleo, o cualquier otra cosa, dispone, que las balas y las bombas las pongo yo. El ejército, la policía, y ya estamos todos, y mucho ojo con desmadrarse, que ya me ocuparé después de que las fotos de la paliza no salgan en los periódicos. Porque esa es otra, la concentración de empresas también afecta a los medios de comunicación, así que para qué queremos más: constitución única, moneda única, estado único y pensamiento único. El estado uniformizador, oséase, qué guay.

Madrid estaba vacío, el sol y el soplo helado de febrero lo arrasaron todo, como un viento nuclear. Fuimos esta vez mayoría, amor, fuimos más los que no quisimos votar, los que nos negamos a participar en esta farsa, pero la sacaron adelante, con menos de un tercio de los votos. La refrendaron, la aceptaron, la pusieron cruda para cenar, en el telediario de las nueve, otra fiesta de la democracia. Una fiesta sin orgasmo, sin alcohol, sin alborozo, una movida triste de febrero, una tristeza post coital, un polvo seco, una sonrisa amarga, otra mentira. Se empeñan en que participemos, se obsesionan con que estemos felices, corazón, y que convirtamos en un día especial, con nuestra aceptación bovina, lo que sólo fue, a pesar de todo, un domingo cualquiera, pero volviendo a Hamlet, como decía al principio, algo huele a podrido en todo esto, y quizá la cuestión se reduzca a lo que decía aquel príncipe shakesperiano: ser, o no ser. Yo es que, francamente, no me veo.


Antonio López del Moral Domínguez

Thursday, January 13, 2005

La lógica del cash flow

Coincide la famosa campaña para promocionar el referéndum de la cosa europea con más curiosos asuntos, como el ya casi pasado de moda maremoto del Pacífico (es lo que tiene la globalización mediática: que todo lo frivoliza, e induce al olvido), y con ese otro maremoto político que ha causado casi los mismos muertos y que, sin embargo, no provoca ya tanto revuelo: el reconocimiento oficial del gobierno de Bush de que no había armas de destrucción masiva en Irak. Nos mintieron, amor, ya lo sabíamos, nos engañaron como a ovejas, nos arrastraron a una guerra en la que sólo ellos creían, y masacraron a los niños, y a las madres, y destruyeron las escuelas, y las calles, y anegaron la región en sangre y ruinas, y ahora se empeñan en meter a presión, con calzador y si hace falta a tiros, esa burla de las elecciones, o sea, escoja usted entre los candidatos que yo le diga, elija, elija, que no se diga que en Irak ahora no hay libertad, hombre, por Dios.

Creo que hace falta ser muy ingenuo, por decirlo de alguna manera, para tragarse esa bola de sangre y mentira, creo que sólo desde el desconocimiento, la ignorancia, la mala fe o el dejar pasar se pueden aceptar como válidos planteamientos semejantes. Resulta que a los poderosos, que siempre se habían opuesto a ella, ahora se les llena la boca hablando de democracia y elecciones, que participe el pueblo, que no se diga, que voten, que voten, poder popular, libertad sin ira, escoja usted su candidato, y luego compre un frasquito de colonia, porque yo lo valgo y porque usted patrocina estos comicios.


Pero volvamos a lo de Irak. ¿Con qué argumento justifican ahora el que Sadam esté en Guantánamo? Sadam es un hijo de puta, es el hijo de puta que gaseó a los kurdos, pero no nos engañemos, más cabrón es Pinochet, y ahí lo tienen, al pobrecito, que no lo quieren juzgar porque está muy mayor, el hombre, aunque luego se levante de la silla de ruedas, como Lázaro, que regresó de entre los muertos, o algo así. Pero los muertos de verdad no resucitan, ni al tercer día ni la noche del juicio final, los muertos de verdad, los olvidados, se pudren en fosas comunes de cal viva y sangre seca. De hijos de puta esta lleno el panorama mundial, y no se salva nadie que tenga poder, porque ya decía no sé quién que el poder corrompe. Si todos los hijos de puta tuvieran que estar en la cárcel, Aznar, Bush, Blair y Berlusconi irían los primeros, por asesinos, por mentirosos, por ladrones que declararon una guerra para robar petróleo. El problema es que mientras un hijo de puta persigue a otro, nos dejamos por el camino a cien mil muertos, y luego el hideputa defenestrado se sale por la tangente con un quítame allá esos juicios y amnistías.


Pero quizá para que olvidemos, nos salen ahora con la puñetera campaña, que si la Europa de la solidaridad, que si todos juntos, y aparecen Iñaki Gabilondo, y Loquillo, y otras personalidades y/o artistas más o menos comprometidos, y nos piden que votemos. Voten, voten lo que sea, pero voten, participen, que eso es la democracia.

Yo creo que estas elecciones sólo son otra farsa más. El estado europeo, si se termina por crear, prescindirá de los ciudadanos, como acaban por prescindir todos los estados. El estado moderno, el estado neoliberal, o sea, sigue las tendencias de la moda, y se apunta al rollito anoréxico. Quiero decir que pesa cada vez menos, y se limita no ya a ser un gendarme de la economía, como preconizaban Adam Smith y otros popes del liberalismo, sino a simplemente existir, cobrar impuestos, otorgar prebendas y concesiones a empresas afines, regalar los servicios públicos a esas empresas, venderlo todo, quitarse responsabilidades de encima y presentarlo después todo muy bien envuelto y acicalado.

El estado moderno es un producto más de márketing, igual que los partidos políticos, el estado moderno no tiene fuerza para parar los pies a las empresas, que le dicen cómo legislar (o si no vean el rapapolvo que le han echado los empresarios al de economía, ese –poco- solvente Solbes). El Estado moderno no construye carreteras, sino que subcontrata con algún amiguete, el Estado moderno no educa, no arregla los desconchones y las goteras de los colegios públicos (allí sólo van inmigrantes) sino que subvenciona los centros privados de sus sectas religiosas afines. Y cuando digo Estado no me refiero sólo al Estado central, que tiene cada vez menos peso, sino también a esos estados vicarios autonómicos, esas delegaciones regionales que crean la falsa sensación de independencia, oiga, que con las competencias transferidas, es que esto se parece cada vez más al federalismo.

Al Estado moderno, decía, todo eso le trae sin cuidado, porque en la onda neoliberal, los que mandan son los consejos de administración de las empresas. ¿o es que hay alguien que dude que en este país tiene más capacidad de decisión Emilio Botín (gran apellido para un banquero) que el presidente del gobierno?

Así que en este orden de cosas no deja de tener su lógica la cuestión de la guerra. Si de los servicios públicos se ocupan las empresas, si del bienestar del ciudadano se tiene que preocupar él mismo (cada perro que se lama su cipote, como decía Cela), ¿qué le queda al estado? La guerra. El estado necesita guerra, porque es una de sus razones de ser.

Me pareció muy significativa esa escena que recalca Michael Moore en su película Fahrenheit, en la que, cuando se produce el ataque contra las torres gemelas, Bush se reúne inmediatamente con su gobierno. Pero su gobierno... ¡son cuatro!: Condoleeza Rice, Colin Powell, Donald Rumsfeld y él mismo. El famoso estado de Estados Unidos, en pleno, el destino del mundo en manos de esos cuatro siniestros personajes, el acabóse.


Así que no me vengan hablando de democracia. Democracia no es votar para que las decisiones las tomen los cuatro fantásticos de turno. Democracia no es ir reduciéndolo todo y focalizándolo hacia una cosa central y lejana y difusa llamada estado. Democracia, si es que eso fuera posible, sería participar, protestar, implicarse, asociarse, pelear las cosas, derribar a los poderosos, porque el concepto de poderoso es opuesto al de democracia. Hay quien opina que esto no es posible, que no se puede estar todos los días a pie de calle, y que es mejor delegar y que sean otros los que tomen las decisiones. El problema es que al final las decisiones se diluyen, se terminan por asumir por intereses económicos, empresariales, privados o espúreos, y si el estado es muy fuerte, malo (no vamos a hablar aquí de las dictaduras), pero si son cuatro gatos, o ese simple gendarme de la teoría liberal, peor, porque entonces llegamos al todo vale, la ley del más fuerte, la dictadura del consejo de administración, y la lógica del cash flow.


Pensaba votar que NO a esa Europa del capital, pero creo que ni siquiera voy a participar en la farsa. Me niego a refrendar, siquiera con mi negación, el montaje de un macroestado tan alejado de la realidad, me niego a colaborar en la creación del gran parque temático de los bancos, las corporaciones financieras y las multinacionales, esta especie de costa polvoranca en la que en las enormes discotecas nos venderán el éxtasis adulterado del consumo, el escaparate y el “Europa va bien”, mientras a las puertas los desarrapados se ahogan sobre pateras de sangre y mentira.

Creo que la humanidad, a estas alturas de la película, debería ser capaz de articular una alternativa, una sociedad diferente, por supuesto sin clases, aunque no me voy a meter ahora en ese tema, que luego me dicen que doy la brasa con Bakunin. El estado moderno, inventado en la edad media por los reyes y sus cortes de palafreneros que freían a impuestos al pueblo y que te quemaban en una hoguera a la que te descuidabas, está ya superado por la historia y la realidad. El Estado moderno apesta, al Estado moderno le sobran las empresas y los bancos, pero también los votos y las elecciones, por irrelevantes, y le falta contacto con la calle. O sea, que a lo mejor lo que sobra es el Estado. En fin, creo que hay que buscar formas diferentes de organización, hay que pensar, hay que debatir, hay que participar y no quedarse fuera. Mientras tanto, que voten ellos y que les vote quien se trague el cuento.

Antonio López del Moral

Friday, December 03, 2004

Esperando un respiro

A estas alturas de la película no debería sorprender a nadie el patético espectáculo que están dando las señorías del PP. No debería sorprendernos, digo, porque la clase social a la que representan (digámoslo sin ambages: la clase adinerada, los del pisazo en Serrano y la casona en Santander para el veranito, los del confesionario y la faltriquera de 21 gramos, pero de oro, los de la oscuridad de semen retenido y sacristanes), esa clase social, sí, tiene a sus espaldas un amplio historial de comportamientos ejemplares en democracia. Desde el sutil episodio del Dragon Rapide de no hace tanto hasta el reciente affaire de la Comunidad de Madrid, la burguesía acomodada, los militares de las jerarquías y los altos cargos de la iglesia se han venido caracterizando por un rechazo visceral a todo lo que huela a popular.
Pero resulta que ahora se lleva ser demócrata, ya ves tú, y a estos señoritos se les llena la boca hablando de democracia en Cuba, en Venezuela, y en todos los lugares en los que su doctrina neoconservadora del capitalismo salvaje no ha terminado de cuajar. Ahora lo que se lleva es el voto, porque los tiempos han cambiado, hay que renovarse o morir, así que, por favor, no me hables más de mi pasado oscuro, no me recuerdes a Franco, a Mussolini, a Hitler o a Tejero, no me arrojes a la cara los viejos fantasmas, que para eso hemos pasado una transición ejemplar, y nuestro reyecito hace el esfuerzo de pasearse en yate y de veranear en palacios de invierno sólo por nuestro bien.

Ahora hay que ser demócrata, ahora hay que respetar, aunque por detrás de esos hermosos mascarones de proa del “moderado” Rajoy, y de los suyos, continúen aullando los dobermans de la discriminación y del agravio comparativo, porque siempre ha habido clases, por favor, sobre todo cuando se pertenece a una clase tan cool como la que juega al pádel en el Palestra de Pradillo, en Madrid. Ahora hay que votar, y rasgarse las vestiduras ante los comportamientos poco democráticos de quienes no entran en el juego, ahora hay que meterla en las urnas, la papeleta, quiero decir, y si los resultados no nos favorecen, siempre nos quedará el dinero, los 1500 millones por cabeza que pagaron a Sáez y Tamayo por ausentarse de la Asamblea de la Comunidad de Madrid en la sesión de investidura. La democracia es la clave, la palabra mágica, el alojomora de esta historia de Harry Potter en la Cámara Secreta, sólo que la Cámara Secreta es la del Congreso y el basilisco que aguarda dentro se ha dividido en un montón de diputados que arrojan fuego por los ojos y mierda por la boca.
El espectáculo está servido, la bronca se institucionaliza en el parlamento, y las razones, y las palabras, y los argumentos, se van sustituyendo de forma nada sutil por los gritos, las patadas, los insultos y los salivazos, pero luego, de cara al exterior, mantengamos las formas, que ya decía ese viejo refrán franquista (que igual hasta era del Opus Dei) lo de virtudes públicas y vicios privados. La corbata bien atada, el traje impecable, las uñas con manicura y los zapatos, ah, los zapatos, relucientes y embetunados, que no hay nada que te levante más la conciencia de clase superior que sentarte en uno de esos sillones carpetovetónicos que todavía hoy se mantienen en algunos hoteles, como el Palace, y permitir que un proletario domado te saque brillo al tafilete mientras lees las cotizaciones de bolsa en el Wall Street Journal. Hay que mantener la compostura, hay que tratar a los criados con educación, pero con firmeza y distancias, no dejemos que se quiten el uniforme y, por supuesto, que pidan permiso antes de dirigirse a nosotros, no vayan a pensar que somos iguales, siempre ha habido clases, por favor.
La bronca, la bronca del parlamento, los gritos y ladridos de los dobermans, las invectivas y los desplantes, ahora me cabreo y me marcho, y te dejo con la palabra en la boca, y no te ajunto, porque no piensas como yo, porque no acatas lo que digo, porque lo que estás planteando, aunque sea de una forma muy difusa, es cambiar el estado de cosas, y de eso nada, a ver si resulta que ahora me va a tocar a mí limpiarle los zapatos a un proleta. Así que de cambios nada, de leyes igualitarias nasti de plasti, las parejas homosexuales que se vayan a tomar por retambufa (como dice ese insigne “progresista” y por otra parte gran escritor, Jaime Campmany), las mujeres que se aguanten y no pidan más, que ya tienen bastante con que las dejemos salir de casa a currar por menos dinero, ¿y qué es eso de educación laica, condones, sexo seguro y parejas de hecho? Basta ya de tonterías, de talante y de diálogo, a partir de ahora establecemos la bronca, el hooliganismo parlamentario, los gritos, las patadas, los insultos, porque de lo único que se trata es de que el PSOE no termine la legislatura, lo único que queremos es echarles, al precio que sea.
La bronca, sí, la mierda vomitada, porque el PP insulta, cuestiona, se ríe del otro (como el tal Moragas, nuestro hombre en La Habana, que se reúne con conspiradores y luego se sorprende de que no le dejen entrar, pobrecillo), la estrategia del acoso y derribo, la ausencia de razones y la superabundancia de vituperios, el ataque permanente como mejor defensa, porque para que no me echen en cara mis miserias, nada mejor que poner sobre el tapete las de los demás. La estrategia de la cortina de humo, o la de la tierra quemada en tiempos de guerra, porque estos tipejos siempre están en guerra de uno u otro modo. Así que arremeten contra todo el mundo, acusan de terroristas a partidos elegidos democráticamente, tachan de asesinos a políticos, a periodistas, y a cualquiera que se atreva a discrepar de su doctrina oficial, de su pensamiento único, de esa Biblia que no es la del Opus, pero que también, coño, también. Y luego se echan las manos a la cabeza cuando les acusan a ellos de haber apoyado un golpe de Estado, tiene narices.

Por supuesto que Aznar apoyó el golpe contra Chávez, al igual que su antepasado y mentor espiritual, o sea, Franco, apoyó en su día el golpe de Chile y el asesinato de Allende, igual que el presidente de honor de su partido, un dinosaurio llamado Fraga, apoyó durante su reinado en el Jurásico superior de la España invertebrada las dictaduras de los sucesivos oligarcas sudamericanos, como Videla, como Batista. Otra cosa es que no sea políticamente correcto contarlo de sopetón en un programa de la tele, otra cosa es que no sea prudente que un ministro de Exteriores lo suelte, así, sin anestesia, otra cosa es que el momento no sea el adecuado. Pero teniendo en cuenta la que están organizando los peperos en todos los ámbitos de la vida política, considerando el grado no ya de crispación, sino de “tombolización”, que están propiciando en la sociedad española, creo que más que seguir hablando de “defectos de forma”, lo que conviene es pedirles que se tranquilicen, que se lo tomen con calma, que nos están estresaaando, hombre. Que se dediquen a sus cositas, al pádel, a las cacerías, a los yates, a los restaurantes caros y a los trajes a medida, y que dejen ya de una vez de gritar, que luego, cuando les gritan a ellos, cuando la gente se levanta, y se manifiesta frente a sus sedes, se ponen nerviosos, y dicen que hay una campaña orquestada, una conjura judeomasónica, o salen con lo de que estamos todos manipulados. Un poquito de por favor.

Antonio López del Moral

Thursday, November 25, 2004

Chávez, un suponer

El principal (que no el único) problema de la derecha es su peligroso escoramiento hacia la sinrazón, un suponer. Imaginemos –un suponer, ya digo- que esa derecha detentase de facto el poder económico, o sea, que fuesen los dueños de los consejos de administración de las empresas, de las empresas propiamente dichas, de los bancos, y de las universidades privadas, y, ya puestos, de una buena parte de los medios de comunicación. Sigamos imaginando –suponiendo, supongo- que además tuviesen acceso directo a las conciencias de los ciudadanos a través no ya de los programas del prime time, que para eso está la telebasura, que también, sino de alguna organización de tipo filosófico, o religioso, una organización que todos los días crease opinión por medio de los púlpitos, y cuyos principales representantes apareciesen cada dos por tres en esos medios de comunicación afines para impartir doctrina (y no, por favor, no imaginemos que esa organización de tipo religioso o filosófico tuviese asimismo en sus manos una parte importante de la enseñanza privada y concertada, no, eso sería ya demasiado, ¿no les parece?).

Sigamos suponiendo, un suponer, que esa oligarquía tendente por naturaleza a acaparar, a incrementar su fortuna (o a amasar, como se decía antes), y a mantener a toda costa sus privilegios, se viese de pronto amenazada por algún partido político que, en su ideario, incluyese cosas tan “peligrosas” como el reparto equitativo, la laicidad del estado y su independencia frente a esas organizaciones religiosas o filosóficas, que paguen más los que más tienen, que se protegiesen de forma efectiva los derechos de los trabajadores, que se garantizase un sistema de educación, de seguridad social y de seguridad ciudadana financiada por todos, etcétera, etcétera. Imaginemos eso, y, entonces, pensemos que haría esa supuesta, imaginada, ficticia y poderosísima oligarquía ante la perspectiva de una clase social emergente, tradicionalmente humillada, que de pronto empieza a despertar y habla de cambiar la realidad, de tomar el poder, y por ahí. ¿Cómo reaccionaría entonces esa mafia del baile?

Podría elucubrar mucho sobre ello, escribir los augurios más tristes esta noche, amor, pero prefiero volver la vista atrás con ira y repasar un poquito de la historia. En España, en 1936, esa oligarquía (o derecha, por llamarla de otra manera. O Partido Popular. O Iglesia. O bancos), propició un golpe de Estado sangriento que desembocó en una de las guerras civiles más dolorosas del siglo XX, una contienda en la que murieron miles de personas y que culminó con cuarenta años de dictadura, cuatro décadas de soledad, un tunel negro de sotanas y pistolas en el que, para avanzar, había que ir siguiendo en el suelo el reguero de caspa. En ese pasillo oscuro y lleno de fotos de viejos con parche en el ojo, las oligarquías afianzaron su poder, tomaron por completo el cortijo y se repartieron los cargos de las empresas más grandes, hicieron la astilla del botín, y cimentaron las bases de la sociedad en torno a los tres pilares básicos de Dios, Patria y Justicia, que en realidad quería decir Dios, Pasta y Presbicia, o, por decirlo de otro modo, cortedad.



Después llegó la democracia, y aunque algunos se inquietaron, las viejas oligarquías de crucifijos, nobleza y empresas familiares comprendieron rápidamente que la democracia no era un peligro, siempre que se tratase de una democracia capitalista. Así que se apresuraron a apoyarla, eso sí, con la guinda de la coronita, había que mantener las formas, que las formas son importantes, ya se sabe, y además el reyecito tiene formación militar, que nunca viene mal. De modo que, vale, aceptamos democracia como animal de compañía, pero no me toques los márgenes de beneficio, que enseguida vamos a pasar a llamarlos cash flows, y ya verás qué guay, cómo cambiamos todos y qué modernos nos hacemos.



En esa supuesta democracia de esta supuesta, imaginada, ficticia y desdibujada historia, sin embargo, no se podían cuestionar ciertas cosas, porque entonces todo el mundo se te echaba encima, y te colocaba en el culo la marca de fuego, la flor de lis de eso que todos ellos, la Iglesia, los bancos, las oligarquías, siempre habían sido: antidemocráticos. Lo peor ahora es ser antidemocrático, porque, como todos entendieron rápidamente, la democracia capitalista es mejor negocio que las dictaduras fascistas, está mejor vista, así que ni la rocen, por favor, y extendámosla por el mundo, y que viva la buena nueva. No seamos antidemocráticos con esta supuesta democracia de banqueros y empresarios, no pongamos en tela de juicio esta farsa con corona, en la que los hijos, nietos, sobrinos y bastardos del dictador y de los aspirantes al trono se pasean por los programas de telebasura, escupiendo chorradas.

No cuestionemos, porque los que cuestionan desde propuestas alternativas, enseguida entran en el saco de los marginales, los terroristas, los extremistas, los iluminados, o, como decía Aznar, en tono apocalíptico y casi echando espumarajos por la boca, los comunistas. Así que sin cuestionar, prietas las filas, apoyemos y aplaudamos las democracias con denominación de origen, como la americana (en la que el olor a puchero ya revuelve muchos estómagos), la de ese curilla con nombre de botellón del parlamento europeo que se opone a los gays, a las mujeres, a las parejas de hecho, y a todo lo que no huela a iglesia. La democracia de Berlusconi, que propone bombardear las pateras, o la de Puttin, especialista en gasear teatros, o la de Ucrania, con más pucherazos, o las “democracias” grabadas a fuego en Irak, donde pretenden celebrar elecciones con los que sobrevivan a las bombas (ya se sabe que el capitalismo se basa en la ley del más fuerte), o las de Palestina, que, por no tener, no tiene ni territorio... En fin, podría seguir con las democracias más tristes esta noche, amor, pero resulta que de lo que habla la gente es de la antidemocracia: la de Fidel, que, joder, es que es un dictador, ¿no?, o la de Chavez, que es que quiere estatalizar el petróleo, y las empresas, qué personaje.

Se habla, sí, de antidemocracia, pero, ¿cuál? ¿La que se opone a la hegemonía de las empresas, a la globalización, a Microsoft y sus secuaces, a la Europa del capital y la América de las bombas, la que no se traga el cuento del pueblo elegido, la que entre morir de un navajazo en el metro de Nueva York o de hambre en las calles de La Habana, elige lanzar una piedra contra los cínicos y los escuálidos (con perdón)? Antidemocracia, sí, la que no quiere seguir negociando, porque en la negociación el débil siempre pierde, siempre es manipulado, siempre sufre amenazas, o sobornos, la que no quiere sentarse en una mesa con su opresor a negociar la longitud de la correa con que le atan, porque está acostumbrado al aroma del grisú, y no de la lavanda. La que no transige con sobornos, la que no acepta medias tintas, la que se rebela contra esta Matrix del siglo XXI en la que el agente Smith se pone las gafas oscuras, pero para que no se le note que está muerto de risa.

Si la democracia es participación, entonces participemos, contribuyamos a crear ese algo nuevo de lo que nadie se atreve a hablar, y que en el fondo todos imaginamos. La sociedad en la que vivimos no es ya que tenga contradicciones, es que basa su esplendor en el fuego en el que se queman los desarrapados de todo el mundo. Es indecente que mueran de hambre no me acuerdo cuántos niños diariamente, que la malaria u otras enfermedades hagan estragos, y que las multinacionales del medicamento continúen con sus políticas de patentes. Es repugnante que empresas de todos conocidas hagan campañas a favor de la solidaridad, mientras en sus delegaciones del Tercer Mundo chavales de menos de 12 años trabajan en jornadas sin jornal, jornadas a chorros. No hay derecho a que se vaya hablando de democracias capitalistas a países estrangulados por la deuda externa y sangrados por las multinacionales de la globalización, no tiene sentido continuar con el discurso de la optimización de la empresa, de la bondad de la hamburguesa y el saneamiento de la economía gracias al despido libre y la privatización de lo público. No podemos continuar haciéndonos fotos con asesinos de corbata y padrenuestro, con criminales de biblia, horca y crucifijo, con fascistas recauchutados y transformados por la magia del márketing en neo-cons, en liberales, o, simplemente, en apolíticos.



Y en medio de todo esto, se monta el pollo porque un tal Zapatero recibe a un tal Chávez, y se critica que se haya apartado del club de los poetas violentos, y que ahora se ponga del lado de marginales como Lula Da Silva y otras especies del Cono Sur. Se pone el grito en el cielo porque un tal Moratinos diga que un tal Aznar apoyó el golpe de estado contra ese tal Chávez, cuando resulta que en su partido aún hay muchos que se niegan a retirar símbolos que conmemoran el otro golpe del que hablaba al principio, el del 36, y que el gobierno de su socio de saloon, con sombrero, y botas, y todo, tiene un amplio historial de apoyo a cuartelazos (uno de ellos, por cierto, cayó también en 11S: fue el que acabó con Salvador Allende).

Se ataca al del PSOE por sus declaraciones, pero nadie arremete contra el patrimonio que la familia del dictador Franco aún posee, contra el nepotismo (poco) ilustrado de los descendientes de los del régimen, contra asuntos como el de que la presidenta de la Comunidad de Madrid ocupe ilegalmente un cargo, después de que empresarios afines a su partido sobornasen a dos diputados. Se critica que España mire hacia otro lado cuando le piden que traiga las bebidas, y que hable con Los Otros, y que en lugar de dar cabezazos y de inclinarse miserablemente ante los americanos, ahora se niegue a levantarse al paso de su bandera, pero nadie se acuerda de la sonrisa meliflua de Aznar, de su expresión de sinceridad absoluta cuando dijo, mirando a cámara, aquella otra patraña suya de las armas de destrucción masiva, de cómo regresó de Tejas hablando en guacamole mientras en Europa era patéticamente ninguneado.



Yo personalmente, prefiero no apoyar más a los fuertes, a los de la mirada torcida y la sonrisa afilada, a los de los bigotes y los trajes, a los que dejan que les limpien los zapatos mientras consultan la cotización de la bolsa en el PDA. Yo personalmente prefiero alinearme con los no alineados, con los que no tienen nada que perder, con los que mueren a hierro y lloran plomo, con los que han sujetado a su hijo muerto en brazos, con los que han visto a un bulldozer tragarse su casa, los que no tosen en presencia del amo para que no les despidan. Yo no creo que las cosas puedan continuar así, no puedo sencillamente mirar hacia otro lado, yo no estoy de acuerdo con que vivamos en el mejor de los sistemas, ni con que la política sea el arte de lo posible. ¿Qué hacer? Que les pregunten a los clásicos, que sobre esto ya se ha escrito mucho.



Antonio López del Moral


Tuesday, November 16, 2004

¿Novelas? ¿Qué novelas?

Dicen que la novela ha muerto, lo cual es tanto como decir que ha muerto Copito de Nieve, esto es, ha muerto alguien que no existe, una entelequia, un zombi, una ficción, porque la novela no ha existido nunca y Copito de Nieve no es Copito de Nieve, sino un gorila con canas.

La existencia de la novela viene del afán taxonómico y clasificador de seres humanos que se empeñan en buscarle tres pies a un gato que tampoco existe, el gato invisible de Alicia en el País de las Maravillas, que tampoco es una novela, es el regalo de un padre a una hija.

En el principio no había novela, había poemas épicos que transcribían la tradición oral, pero que no se leían, sólo partituras que interpretaban con mayor o menor fortuna los trovadores. El mundo era perfecto en su cortedad imaginativa, hasta que llega la Celestina, y poco después el Lazarillo de Tormes, terremoto, todo al revés, y sobre la desnuda tierra, ¡por fin! literatura en estado puro, subversión brutal de lo que hasta entonces se entendía difusamente como un nuevo género, más allá de los poemas épicos de Homero y los cuentos de los trovadores.

Surge esa narración en primera persona, y el camino se parte, se bifurca, y de ese modo tenemos por un lado a los alegres juglares, empeñados en contar historias ejemplarizantes que rimasen, y al Lazarillo de Tormes, pura voz, puro lenguaje, literatura preciosa y pulida, como diría García Márquez, como huevos prehistóricos. Y la máquina se puso por fin en marcha, y los buenos discípulos crearon escuelas y aprendieron, hasta llegar a Quevedo, que fue la cima, el máximo exponente de la literatura, no de la novela, porque, ya digo, la novela no existe, es como Copito de Nieve, un falso gorila blanco que termina por morir de aburrimiento e inacción. Pero justo entonces, cuando parecía que estábamos en el buen camino, surge Cervantes y la inventa, y la novela nace pero muere también en el Quijote, para qué se iban a escribir después más novelas, si Cervantes ya las había hecho todas.

Y, a pesar de ello, los dos caminos continúan separándose cada vez más en la misma dirección, y si uno tuvo que pasar por Proust, Miller, Joyce y Dostoievski, el otro nos llevó a Flaubert, Dickens, Vargas Llosa y Chéjov, aunque lo discípulos de este último (como Carver) jugaban con dos barajas, y hacían bien.

Cuento todo esto no porque pretenda hacer una clase rápida de literatura, un curso CCC acelerado, sino porque quiero entender cómo se llega a lo que se escribe hoy, y por qué se ha abandonado actualmente la novela en su sentido clásico, y se habla de su muerte, y por ahí. Hoy estuve charlando con mis amigos Ángela y Paco sobre literatura. Son chicos de veintidós, veintitrés años, no leen, y su comportamiento está impregnado de ese nihilismo feble tan de moda hoy en día, cultura de botellón, lecturas fáciles, sexo light y cine no cuestionado, lugares comunes, como el de no votar porque ninguna oferta política les satisface. No quiero parecerme a Haro Teqclen hablando de la juventud, las críticas acaban volviéndose contra uno, como serpientes que uno creía bien domadas, la crítica envenena, intoxica, lacera, la crítica, en fin, es como la inteligencia, una especie de droga. La crítica es inútil, pero Paco y Ángela se referían el uno a Nietzsche (filósofo, no novelista), y la otra a Jean M. Auel (novelista, por llamarle de alguna manera, más bien autor de best-sellers), y cuando yo me empeñaba en centrar la conversación sobre escritores más vanguardistas, como W.G. Sebald o Bohumil Hraval, ponían cara de pez y desviaban la atención hacia otros temas.

La novela no ha muerto, o quizá si, o quizá nunca ha existido, hace mucho que no hay novelas, hoy, que se publican más libros que nunca en España, y las vacías ficciones suenan como sartenes huecas en una cacerolada de fantasmas. No sé quién dijo que una persona seria deja de leer novelas a partir de los 40, pero es que la novela en sí es un concepto demasiado serio como para no tomárselo a broma, y ahí está si no Bryce Echenique, genio de sí mismo, que sin querer hacer novela la hace, con esa seriedad irónica del género. Novela, armazón caduco, novela, estructura mantenida artificialmente de pie frente al gigante del cine, novela que aún lucha contra los molinos de viento de sus detractores, entre los que quizá yo mismo me cuento.

No hay novelas, hay historias, y no hay historias, porque todo es pensamiento y lenguaje, Steiner, la semiótica, el estructuralismo y las teorías deconstructivistas son las ciencias que han añadido aires nuevos al arte, a eso que seguiremos llamando novela aunque no lo sea, porque, como diría Cortázar, de alguna forma hay que llamarla. Quienes hacen hoy novelas alimentan un cadáver exquisito que cada vez apesta más, y las academias en las que se siguen organizando seminarios sobre ella son como casas ocupadas por murciélagos (Fontes), en las que Los Otros preparan sesiones de ouija para convocar a las almas de los habitantes de Comala, donde vivía un tal Pedro Páramo.

No es novela, pero de alguna forma tenemos que llamarla, y en esta era de las tecnologías el pensamiento cobra su verdadero valor, la imagen ya no vale más que mil palabras, porque las imágenes hoy nos saturan, y lo que vale más que un millón de palabras es la idea. La idea, el pensamiento, no cotiza a la alza, pero la novela (no es novela, pero de alguna forma tenemos que llamarla), se salvará cuando eclosione hacia la idea, cuando rompa todas las estructuras, las tramas y los armazones, cuando se libere y descarrile de los raíles en los que la colocaron Cervantes y sus secuaces. La novela es más novela cuanto menos novela es, y este ditirambo absurdo, este silogismo en bárbara, encierra la única verdad sobre este género, que, como dice Vargas Llosa, no es más que mentiras.

La estructura se ha carcomido, devorada por el óxido del cine y el periodismo, y cuando Tom Wolfe habló del Nuevo Periodismo y Capote de la Novela de No Ficción, no intentaban más que ceñir una estructura a algo que ya no la tiene, una tautología que ha terminado por fagocitar su propio esqueleto, porque alcanzó por fin la libertad de la madurez, el desarrollo sin tutor. Por eso la novela (no es novela, pero etcétera) al morir deja paso a algo mucho más libre y prometedor, la novela no muere sin descendencia, la novela deja paso a la escritura, al verbo, a lo que fue en el principio, esencia de la literatura, alma de la poesía, del teatro, de la narración y también de la novela, que no es novela, aunque a estas alturas eso ya no le importe a nadie.

Curiosamente hoy, cuando la novela que no es etcétera ya empieza a no hacerse, lo que se vende son las novelas en el sentido más tradicional de la palabra. Ya se sabe que el gentío siempre va por detrás, y así Michael Chrichton, Peter Berling, Pérez Reverte, triunfan, los best sellers abarrotan las librerías, y el mayor éxito editorial de los últimos años es Harry Potter, lo cual podría interpretarse como que el público es más infantil, más simple, menos exigente, y no quieren que le compliquen la vida (es la misma razón por la que, en política, triunfa la derecha: el deseo de no complicarse, de no embrollar el panorama con filosofías, con planteamientos, con programas, conduce irremediablemente al pragmatismo desideologizado del conservadurismo. Por eso a la derecha le interesa que se lea a Harry Potter, o a Pérez Reverte, o, qué diablos, directamente que no se lea). Novelas ligeras, historias suaves, personajes que no tengan caras ocultas ni cuartas dimensiones, es mejor comprender a la primera que perder el tiempo en intentar profundizar, sobre todo cuando no se posee la capacidad suficiente.

Hoy la inteligencia es un valor a la baja, y el interés inicial de un libro se mide, en primer lugar, por el atractivo de su portada, y en segundo, por la longitud de sus párrafos. Hace poco me escribió (es un decir) un individuo que me había leído por internet, y que en un mensaje muy gracioso y lleno de faltas de ortografía me aconsejaba “si kieres k t lean” (sic), que utilizase párrafos más cortos. El márketing llega no ya a las portadas y a los servicios de venta de la literatura, sino también a su estructura y organización. Terminaremos por incluir dentro de los valores de una obra, el que esté editada en letra Comic Sans Serif de 16, un tipo que a mí me gusta mucho, y que las frases “se ven muy bien”, y el papel tiene buen tacto. ¿Cómo no va a morir así la novela? Lo único bueno es que la vida irrumpe, la vida nos desborda, y todos esos tipejos incultos, ágrafos (de nuevo Umbral) y burdos, nos proporcionarán jugosos personajes para futuras cosas de esas que no son novelas, pero coño, de alguna forma tendremos que llamarlas.

Antonio López del Moral

Sunday, November 07, 2004

Muere Arafat

Muere Arafat, y Sharon brinda con champán en la Jerusalén ocupada, y planifica su siguiente paseo triunfal por la explanada de las Mezquitas. Muere el rais y se desvanecen también los extraños atardeceres de esperanza que su imagen proyectó sobre una buena parte de los palestinos. Siento una desazonadora congoja al pensar en la desaparición de Yaser Arafat. El hombre que pasó su vida esquivando los atentados criminales del Mossad, el hombre que sobrevivió a las invasiones, al encierro, al destierro y al ninguneo (Arafat es irrelevante, dijo no ha mucho Ariel Sharon), a las presiones internas de sus propios compañeros; el hombre que convirtió el pañuelo palestino en símbolo de rebeldía y cambio, el de la paloma y la bala, de la mirada cansada, y sabia, y tristemente esperanzada, el hombre que entró en Naciones Unidas con un kalashnikov en una mano y una rama de olivo en la otra.

Personaje símbolo como ningún otro, resto terminal de una época, cadáver arrojado a la orilla de una playa en la que no se permite entrar a los palestinos y en la que impúdicos ocupantes toman el sol entre sonrisas afiladas. Quizá el ahogado más hermoso del mundo que nos contó García Márquez, quizá sólo un muerto más, otra víctima sin nombre, sin país, sin derecho a una tumba bajo los árboles que abonó tanta sangre. Hombre estandarte o buque insignia, personaje trémulo y al tiempo lleno de energía, que trataba de apagar el fuego de la desesperación con el razonamiento tranquilo de su particular arte de lo posible.

Arafat era un póster de habitación de adolescente, Arafat era la adolescencia frente a la madurez obesa y con olor a pies de gente como Sharon, o Puttin, o Bush, o Aznar, o Berlusconi, tanto da. Arafat luchaba por algo sin construir, una quimera en estado de deconstrucción permanente, y quizá sea eso lo que le dota de más valor. Arafat pudo dedicarse a lo posible, a los hijos, a los libros, a los viajes, pero no fue capaz de dormir dos noches seguidas en el mismo lugar, y en su enorme caserón transparente poblado de fantasmas, tan reales, fantasmas que le seguían a distancia, que disparaban misiles y que accionaban bombas con teléfonos móviles cuando los teléfonos móviles eran mamotretos carísimos sólo al alcance de las élites, él concedía entrevistas en lugares secretos y continuaba hablando de asuntos incómodos, como si la propia filosofía de vivir a la contra le preservase de las balas y las conspiraciones del Mossad.

Arafat no era perfecto, ya lo sé, no fue un santo, ni un bendito, ni siquiera un héroe de leyenda, ni un revolucionario atroz, ni un estratega. No fue un César visionario, no fue un Lenin, no había en su personaje un aura excelsa, no consiguió aglutinar a todas las facciones de su pueblo, no contaba con todos los apoyos, pero había en su carácter de personaje – símbolo una fragilidad extremada, una trémula atemporalidad que le acercaba y le humanizaba, que condensaba en él todas las lágrimas y heridas.

Muere Arafat y se rompe, ay, un equilibrio que se ha mantenido durante años, y Estados Unidos ya planea un gobierno títere presidido por Mohamed Dahlan, al estilo de las repúblicas bananeras, otro Iraq, otro Afganistán, Oriente, Oriente, qué tristeza de leyenda, qué paisaje en negro sobre siluetas de pozos de petróleo. En los dólares aparece, sí, la pirámide truncada de los lobbys judíos, in God we trust, por supuesto, en ese Dios en cuyo nombre todos matan, ojo por ojo y fundamentalismo por fundamentalismo, y no se nos olvide que la ley del talión la inventaron los hebreos.

Oriente especiado y especial, qué incomprensible para el resto, qué terrible, en Palestina las organizaciones extremistas Hamás y Yihad islámica, que con Arafat nunca llegaron a entrar en el gobierno, afilan ya los cuchillos para repartirse el flamante pastel. En las calles se sigue hablando de Intifada, en los despachos, de transición pacífica, y en Estados Unidos, de elecciones, lo que no deja de ser un sarcasmo atroz.

Elecciones en una democracia superpuesta, elecciones como las de Florida, o las de Ohio, elecciones de urnas de cristales rotos, muros de metacrilato que, como diría Kiko Veneno, no nos dejan olernos, ni manosearnos. Elecciones en una tierra quemada, tierra de casas destruidas, baldíos y páramos ausentes en barbechos que nunca saldrán de ese estado, elecciones, qué ironía, qué moto nos venden, qué cachondeo. No les quedará más remedio que pactar, Abbas, Qurei, pactarán en otro arte de lo posible distinto al del rais, pactarán con quien les digan los americanos, por la cuenta que les trae. Y mientras tanto, otro niño de catorce años muerto por el ejército israelí, desangrado con un tiro en la cabeza delante de unos soldados que no permitieron pasar a la ambulancia que venía a socorrerle. Y la bestia de Sharon relamiéndose…

Antonio López del Moral Domínguez

Tuesday, September 28, 2004

Astilleros en huelga

Astilleros en huelga, la pedrada, la astilla, el descontrol, el salto, el talante doblado, la mentira, la palmadita en la espalda, la traición. El trabajador siempre pierde aunque negocie, el trabajador, el obrero en pie de guerra, el obrero, ay, qué palabrita tan demodé. Como siempre el obrero es el culpable, como siempre, el obrero, nos perturba, como siempre nos mancha las paredes con la grasa de sus manos, tan distintas. Sólo me faltaba escuchar, esta mañana, a algunos en la SER diciendo que no son maneras de protestar las de estos compañeros del metal, o de la astilla, o del barco. Sólo me faltaba comprobar en ellos el aburguesamiento imparable de esta sociedad que, en la plataforma conformista de su comodidad comprada, empieza a mirar con ojos de perro azul a los que tienen las manos sucias de carbonilla y opresión.

El astillero onettiano, el astillero, la destrucción de otra empresa, el triste paro, los lunes al sol, veinticinco años de esfuerzo para esto, para engrosar las listas, para languidecer en las colas del INEM, que es el único destino que en este necapitalismo de tercer milenio se le permite al obrero defenestrado. Eso, o el cupón de la ONCE, elija usted, y no pierda la esperanza, o no me llames iluso porque tenga una ilusión, no. Llámame mejor gilipollas.

Hemos perdido el sentido de solidaridad, no entendemos ya las huelgas, sólo queremos que esas piedras arrojadas por los proletarios en sus jueguecitos de la edad tardía no nos caigan cerca. Aspiramos a tomar la cerveza en las terrazas mientras al otro lado, en la calle, desfilan esas manifestaciones tan exóticas de gente que grita. Astilleros en huelga, qué vergüenza, y nos creemos la mentira del gobierno, nos tragamos la necesidad de despedir, las reconversiones de plantilla, los reajustes, y depositamos en la SEPI esa esperanza que en el fondo nunca tuvimos en los sindicatos. Hay que optimizar la empresa pública, hay que obtener beneficios y cash flows, hay que dejar en la calle, sin trabajo, sin esperanza, sin brillo en los ojos, sin dinero, a los que ya no sean útiles, los viejos, los débiles y enfermos, los de siempre.

Y nos tragamos esa píldora, ya ves, nos creemos que para que la sociedad funcione se tienen que seguir forrando los banqueros, que si los empresarios tienen yates, y palacios de invierno, y vidas de oro, nuestras existencias de estaño y tierra seca deben seguir igual, que guay. Resígnate hermano, resígnate cristianamente, que si nos portamos bien, y no damos la nota, quizá nos lleguen los huesos de sus banquetes, y en esas casitas que nos hemos comprado hipotecándonos para los restos, podremos algún día hacer una pequeña reforma, y colgaremos de la pared un televisor de plasma para ver Gran Hermano, que con tanta definición, es que son una gozada.

El astillero en huelga, grita, y llora, y la sociedad mira hacia otro lado, el astillero sangra por los golpes, los disparos de goma, los mordiscos, y los perros gruñen al unísono, y corean consignas que no entienden, y los esbirros ladran en los medios, en las televisiones, en las calles, en los foros, y nadie entiende muy bien qué está pasando, nadie comprende este follón, nadie lo acepta. Es que esto es anacrónico, ¿verdad?, estas cosas ya no pasan en España, esto pertenece a otras épocas, otros países menos desarrollados, otros ámbitos. Y en sus casas, tristes, serios, aceptando sin aceptar la bofetada, los hijos de los parados les preguntan, los hijos ven llorar a sus padres y no quieren, los hijos no encuentran ya el actimel en la nevera, los hijos escriben las cartas a los reyes, y junto a las barbies que nunca llegarán, les piden que papá no beba tanto.

El astillero, el astillero, qué vergüenza, el capital debe ser privado, se sostiene, privado de razón, de sentimientos, privado de luces y de ideas, privado de privaciones, qué total. No entiendo esa filosofía de la empresa, no compartiré jamás sus postulados, no apoyaré nunca el beneficio si para conseguirlo hay que exprimir, robar, pisar el cuello. No me trago las mentiras de las SEPIS, no quiero un gobierno que me insulte, no deseo votar a los banqueros, no creo, como dicen, que en Moncloa no puedan hacer nada en este asunto. He votado hasta ahora, y pago impuestos, y aunque no confío en esta sociedad, la apoyo, pero considero que ya es hora de que nos dejen de engañar, ya es tiempo de romper esta mentira, y si en el gobierno no pueden hacer nada, habrá que quitarlo y poner otro. Y no me refiero a los del PP, por supuesto, pero tampoco a Izquierda Unida, con sus postulados verdes y moderadamente carmesíes. Quiero decir un cambio de verdad. Mientras eso llega, vayamos a esas barricadas de Sestao y Sevilla, o a la manifestación convocada en San Fernando, y, por favor, no critiquemos, desde nuestra comodidad de plasma de 52 pulgadas las acciones de quienes sólo defienden lo que es legítimamente suyo.

Antonio López del Moral Domínguez

Sunday, September 26, 2004

Europa se hundió

Oriente embravecido, occidente en pie de guerra, tiempos de violencia, días de ira y resquemor, arden los muros de la patria no se si mía o de quién, arde París, y sobre el fuego de las espaldas mojadas, se atrincheran los restos de una civilización empeñada en seguir existiendo. Tenemos pintores y escritores, cultura occidental a precio de saldo, tenemos filósofos, cineastas, sociólogos, economistas, tenemos periodistas de cañones recortados, como la Fallacci, que hablan de la rabia y el orgullo e incitan a la rebelión popular y fascista contra el inmigrante, como muecines a la oración, o a la guerra santa, que viene a ser lo mismo. Tenemos y no tenemos, cultura o esculturas sobre aire, huecograbados de civilización fosilizada, porque Occidente ya está superado por la historia, por las desigualdades sociales, por los grandes bancos, por la lucha de clases y sobre todo por Marx y Bakunin.

Occidente es en sí y a pesar suyo una momia y no precisamente como la de Lenin, un cadáver exquisito que, desde su rigor mortis, se ha empeñado en luchar tan denodadamente contra todas las alternativas que se le presentan que se ha quedado sin ninguna. Y suenan los viejos clarines llamando a la oración y al mar oscuro, y grita la Fallacci que nos invaden, nos invaden, y sale Berlusconi con que hay que bombardear las pateras, y digo yo que si tanto miedo suscita recoger a los náufragos de la historia es porque Europa se hunde, como decía Miguel Ángel de Rus.

Pero llegan, los que llegan, y no encuentran más que ruinas peladas, una idea de construcción en la que no aparece por ninguna parte la palabra solidaridad, y no hay trabajo más que en obras sin contrato y calles de prostitución y delincuencia, y aún así se quedan, porque el mar sólo se cruza en patera para ir a un sitio mejor, y no hay salvación, no hay esperanza, no hay nada más que decorados y cementerios, y esquinas para mendigar que ya han sido ocupadas por otros pobres más avispados, y en las puertas de las iglesias los curas hoy cobran impuesto espiritual, a talego la jaculatoria, o a seis euros, como se dice ahora.

Así que muchos, puestos a elegir entre la muerte del mar helado, la indigencia y el bote de pegamento en Europa, y la salvación eterna, las huríes y los jardines de leche y miel al otro lado del espejo, se decantan por esto último. ¿De qué nos extrañamos? Ante eso no hay laicismo que valga, ni separación de poderes, ni Rousseau, ni Montesquieu, ni siquiera Marx, que fue el único que ofreció esperanza más allá de los dioses. Ante eso, lo único que hay es el cinturón de explosivos.

Europa se hunde, de Rus, qué razón tenías, Europa no es nada más que el hermano pequeño del otro, el del sombrero y las botas, Europa, hamburguesa de imitación, sucursal de la gran franquicia, establecimiento autorizado Levi's, Europa como ausencia, Europa, Europa, fuiste cuna de civilizaciones, fuiste universidad, biblioteca y faro, fuiste referente, y hoy, cuando empiezas a existir en la historia, sólo eres un débil mamporrero del capitalismo salvaje, una gran tienda en la que se vende de todo menos esperanza y salvación. Europa de los bancos y las empresas, Europa de Cartier y de Peugeot, y no de Sartre y Camus. Nos hemos olvidado de los pobres, los hemos arrojado fuera sin miramientos, pero luego no queremos verlos deambular como zombies por las rutilantes avenidas de nuestras capitales, por favor, límpieme usted la plaza que queda muy mal tanto harapo. Hemos arrasado la esperanza, la hemos convertido en concepto, en tema de películas, en cuento de niños, hemos dejado de creer porque nos hemos rendido a la reacción y tirado la toalla, y dado que en este escaparate ya no vendemos fe, los desarrapados se aferran al islam, que de fábulas anda sobrado.

Europa se hunde, sí, Occidente entero empieza a zozobrar, porque no se sostiene un sistema que se basa en la miseria del resto del mundo. Europa, Europa, se necesita un cambio, un trastoque, un giro de ciento ochenta grados en el mundo, pero si llega esa revolución, ese paso adelante, tiene que venir de ti, tiene que hacer borrón y cuenta nueva partiendo de la filosofía, el pensamiento, la libertad, la igualdad, la solidaridad y la justicia, el reparto y el desarrollo, porque de lo contrario será un paso atrás, y ese terremoto que ya hace temblar las paredes de la historia, será protagonizado y absorbido por los muecines medievales, por los que llaman a la oración, por los absolutistas de Dios, versiones modernas de Guillermo de Ockham, pero sin haberlo leído.

Europa, Europa a medio hundir, no hay que tener miedo a las estructuras derribadas, a lo nuevo, Europa, en fin, Europa reconstruida, amasada, repensada, Europa será solidaria o no será, Europa is different, o sea, o lo debe ser, diferente a todo, a los estados, a las empresas, a la política, Europa de los trabajadores, Europa, si es que esa palabra tiene algún sentido, lo será por sus gentes, porque son los pueblos los que protagonizan las revoluciones y los cambios, y no por sus países, porque los países hace tiempo ya que han perdido su razón de ser, y los estados se encuentran en estado de coma.

Europa, ahora, hoy, cuando en todo el mundo aún mueren de hambre tantos niños, cuando las guerras siguen arrojando beneficios, cuando las multinacionales del medicamento dejan que la viruela se extienda por la selva, cuando los negros, los moros, los miserables, piensan en levantarse de una vez, y romper todo, ahora, hoy, puede ser el momento de la Europa invertida, el momento de la luna, el momento de la deconstrucción y el despiece integral, el momento de ese mundo nuevo en el que harán falta las corrientes de pensamiento recién nacido. Europa, Europa, dale una vuelta, colega, quizá sea el momento de que dejes de existir.

Antonio López del Moral

Y a mí qué

Ahora mismo no tengo ni la más remota idea de lo que pasa en el mundo. Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rue, como dijo el otro, me cogen tan lejos, tan distraído y dormido, tan, amor, de vacaciones. Mar, sol, arena, piel desnuda, zapatos en ofertas que no podríamos rechazar, ajetreo del que intentábamos huir, y al que siempre nos terminan conduciendo nuestros pasos. Las zonas de costa son, ay, remedos tristes de las grandes ciudades, aglomeraciones trasplantadas. El Mediterráneo es un enorme basurero de agua demasiado fría, un soufflé ardiente en su capa exterior y helado por el centro en el que barcas con motor fuera-borda, veleros sin velas y con timones que nadie sabe utilizar, cañas de pescar atrapadas en las rocas y cangrejos tímidos que nunca saldrán de sus cuevas, llenan las horas desaladas al cainita sol del sur.
Los periódicos que quedan en los kioscos a la hora que yo me levanto están escritos en alemán, no hay televisión en el piso donde nos alojamos, y sufrimos plenas Olimpiadas, de modo que el único tema de conversación son los récords olímpicos y/o mundiales, los deportes minoritarios y las sospechas de tongo en las medallas que indefectiblemente consiguen esos puñeteros yanquis, hombre, que siempre lo ganan todo.
El mundo se detiene en Agosto, los políticos aparcan sus manejos, los empresarios posponen sus rapiñas, los trabajadores olvidan el sudor, y los ancianos sueñan en la muerte mirando al mar, no sé que sentí, que acordándome de la muerte lagrimeé. Cierro los ojos mientras leo a Pablo Neruda y el rumor de las olas me traslada, me adormece y me acuna, me envuelve en fragor y sombra y sal sonora. Allá muevan feroces guerras ciegos reyes por palmos de tierra que me quedan demasiado lejos, allá la actualidad y sus asuntos, allá el ajetreo del momento y del banquete. Velas que rompen el paisaje con absurdos matices, cuerpos bronceados como reclamos de sirenas rubias, horizontes sombríos al otro lado del Estrecho, en los confines de un mar que se convierte poco a poco en cementerio.

Pero enseguida llegan las noticias a través de la radio de alguien, la voz de alguien, la mirada de alguien: ayer murieron ahogados otros diez inmigrantes en la sangría anual del paso del Estrecho, pobres diablos que no alcanzaron a tocar con sus manos el sueño de la estafa transmediterránea. Luces de las disneylandias absurdas de Occidente, lámparas que marcan el aterrizaje forzoso de los desheredados, candelas en un laberinto en el que el Minotauro es el propio laberinto, como decía Alfonso Domingo. Se podría escribir un cuento con sus destinos, falta por hacer la gran novela de las pateras, estertores de una Europa que, según Miguel Ángel de Rus, se hunde irremisiblemente entre sus propios cadáveres. Europa se hunde, Europa atrae, Europa, salvavidas al que se aferran las manos famélicas de los muertos vivientes, en este macroalmacén de destrucción en oferta de verano. Ah, las desatendidas plegarias de las momias, ah, la mirada ausente, ah, el pasado, los habitados veranos de mi infancia, los desérticos estíos de este hoy. Ayer murieron diez más, otro titular de página par, otro trámite de economía de palabras y ceguera, ayer se tragó el Estrecho otros diez sueños, otros diez engañados por la televisión, el hambre y los euros de papel higiénico reciclado.
Los muertos se disuelven como azúcar en el mar, la corriente de información deportiva los arrastra lejos, y regresan los récords a batir, las décimas de segundo, los laureles y las otras lágrimas. España no consiguió grandes medallas en la Olimpiada, dice el locutor, España pierde, y a mí qué, España sólo tiene medallas en regatas en patera, en tiro al inmigrante escarnecido, en cervezas en terrazas frente al mar, asientos gratuitos para el gran espectáculo de los que cruzan el Estrecho a nado, venciendo no a los otros, ni siquiera a sí mismos, sino a la gangrena, la pierna congelada y el pene desprendido suavemente por las olas, la dulce y mefítica llamada de la muerte, túmbate, amor, a descansar entre las aguas, te vas Alfonsina hacia lo helado, porque en Europa los del sur sólo compiten cruzando la laguna Estigia a estilos libres.
Europa, ¿quién eres tú?, si te llamaras etcétera, romperías de una vez esas fronteras, cauterizarías los cinco chorros de la sangre negra de los moros, secarías las lágrimas de esa mujer que ya denunció los malos tratos, besarías las manos arrugadas de los viejos que esperan, abandonados en las gasolineras como perros incómodos, la llegada de los hijos que se fueron a buscar corrientes cálidas. No hay sitio para los viejos en los coches, porque las tablas de surf lo ocupan todo, no hay lugar para los pobres en Europa, no hay solidaridad en esta idea, sólo muertos, y pateras estafadas, y abrasadas pieles de turistas nórdicos, que algún día curarán sus cánceres en clínicas privadas libres de impuestos e inmigrantes. La sanidad pública, ya se sabe, no está para tanta frivolité.
Y España, ¿quién eres tú? Si te llamases etcétera, abandonarías estas olimpiadas que sólo son un multitudinario botellón de anabolizante y sudor de segunda categoría, si conservases el orgullo de esa República violada, si tú fueses, si tú osaras, si tú vieras, y tuvieras y te vieras. España extraña araña tejedora de retales, pieles cosidas a lo vivo y sin anestesia, puntadas de sutura que nadie se atreve a arrancar para no llevarse pedazos de carne, ay, guitarra y fusil, terraza de verano, platos de vísceras vivas y raciones de carne caliente, terraza de Europa, mirador de África, náufrago en el mar unido al mundo por montañas a las que siempre miras sin dejar de mostrar el trasero.
España no tiene muchas medallas, y a mí qué, pero hay en sus playas cadáveres de los ahogados más hermosos del mundo, los rostros helados y entumecidos de los ingenuos, los creyentes, los que confían, los que siguen al pie de la letra la buena nueva recibida en la televisión por satélite. La solidaridad es un estado de ánimo, no tenemos dinero para que los africanos coman, mire usted, pero tenemos satélites, y no les ponga un hospital, mejor un Mac Donald’s, que la comida basura les salvará de sí mismos. El colesterol como terapia, o si no, fíjese lo que pasó en la Plaza Roja de Moscú en cuanto abrieron uno.
No quiero seguir escuchando las noticias. Sé que se hablará del oro y de la plata, de los laureles, de las medallas que tampoco esta vez ha conseguido España. Se hablará de los récords y del tiempo, de las décimas de segundo, de las técnicas, pero no se mencionará a los bellos ahogados en el Mediterráneo de su credulidad, los que se aferran con los dientes a las rocas de la costa, porque las manos las perdieron en la congelación y la marejada. Sé que cuando vuelva a Madrid me preguntarán qué tal las vacaciones, sé que buscarán el rastro del bronce en mi piel hastiada ya de tanto oro, sé que se sorprenderán histriónicamente cuando les diga que a mí ponerme moreno me importa casi tan poco como la olimpiada, que dejarán de escucharme igual que muchos habrán dejado de leerme cuando comience a hablar de los cadáveres que surfean las olas, los asaltantes del castillo europeo, los desheredados, los que sólo subirán a un podio cuando les ahorquen o fusilen. Sé que todos ponderarán la gesta de algún nadador, algún atleta, algún representante de algún país ignorado que habrá conseguido sentarse a la mesa de los ricos. Sé que todos regresarán al trabajo y a la ciudad satisfechos, morenos y descansados.
Y a mí que.

Saturday, September 18, 2004

F

Va y dice F., ese fiscal, que “como actitud filosófica” sigue sin descartar la tesis de ETA en los atentados del 11 M en Madrid. Toma ya. Claro, que habría que empezar, ya que nos ponemos filosóficos, por preguntarse qué demonios entiende F. por filosofía. ¿De repente lee a Nietzsche? ¿O a qué filosofía se refiere? Así, a bote pronto, yo diría que su escuela bebe directamente de las fuentes de los cínicos griegos, y no lo digo porque piense que él lo es, que también, sino porque estos señores de la antigüedad se comían sus propios excrementos, y es que F. no para de comer mierda, el hombre (es un decir. Lo de hombre).
Aunque, si se profundizase en ello un poco más, y teniendo en cuenta que F probablemente prefiera a filósofos modernos del tipo de Lars Von Triers (filósofo que filma), es también factible que pertenezca a la escuela de Los Idiotas, y no porque él lo sea, que no sé, sino porque al igual que los personajes de esa memorable película, finge serlo para reírse de la gente.
¿De qué se ríe F.? A lo mejor es que no se ríe de nadie, de lo que cabría deducir que no se está haciendo el tonto, o sea, que no finge ser tonto, no se hace el idiota, lo es. ¿De qué se ríe? La risa, cicatriz temprana del olvido, libro de la extrañeza, un tal Kundera, una mañana oscura, una tarde de felicidad. La risa es felicidad o no es, es goce o máscara, calima burbujeante, paisaje en brillo, todo eso y más, pero, sr. F., la risa no era esto, y la filosofía tampoco. Para actitud filosófica, la del sufrido pueblo llano que aguanta insultos a la inteligencia como los que usted profiere, porque, sr. F., esto no es filosofía, eh. Usted seguramente me dirá que le gustan filósofos del tipo de Francis Fukuyama, que no es filósofo, sino economista, o de Alvin Toffler, que tampoco es filósofo, es explicador profesional, profeta, vendedor de libros, una criatura siniestra del capitalismo, como usted. Me dirá que no ha leído a Noah Chomski, pero le sigue muy de cerca, me dirá que no ha abierto nunca un libro de Platón, pero que es platónico, porque le suena bien, juvenil y enamoradizo, y probablemente usted lo sea, pero porque su conocimiento de la realidad es más abstracto que tangible, conceptual y no palpable. Quizá su conocimiento de la realidad no sea platónico, ni siquiera filosófico, fíjese, sino más bien shakesperiano, o sea, la historia del mundo contada por un idiota.
Los Idiotas, maravillosa película, fascinantes silogismos audiovisuales de Lars Von Triers, pero hoy el idealismo va más en la onda de Kant o Ernst Jung, aunque no sé por qué sospecho que tampoco los ha leído, aunque no me cabe duda de que los sigue muy de cerca.
¿De qué demonios se ríe? Como actitud filosófica duda usted, duda metódica, duda cartesiana, es decir, duda porque no puede llegar a tener certeza alguna, pero se ríe simplemente porque puede. Filosóficamente hablando, es usted cartesiano en la duda y ockhamista en la carcajada, de Guillermo De Ockham, cuyo modo de hacer filosofía se basa en la potentia absoluta Dei: Dios ha hecho todo esto porque puede. Así que quizá F. no sea de la onda de Lars Von Triers, sino de la de Guillermo de Ockham, que, como es sabido, inspiró los absolutismos monárquicos más negros y sirvió de coartada moral a muchos dictadores, como el propio Hitler. Él sabrá.
Dice que “como actitud filosófica” sigue sin descartar la tesis de ETA. Como actitud filosófica podría también seguir el ejemplo de Séneca y cortarse las venas, ahora que la tesis de ETA está definitivamente fuera de juego, o, sin ser tan drásticos, el de retirarse a una cabaña en los tupidos bosques escandinavos, allá donde los hombres son hombres y, que va, que va, que va, al contrario que usted, sr. F., sí leen a Kierkegaard. No lo dude, ni siquiera cartesiana y metódicamente. Por favor.