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Monday, April 02, 2007

El ángulo del horror

Cuando yo era niño, me resultaban especialmente fascinantes las historias que ocurrían en el pueblo de mis abuelos. El pueblo era ese territorio mítico en el que todo podía pasar, un lugar mágico y misterioso, lleno de olores, crujidos, sombras y cuadros con ojos. Mi preferida era esa en la que mi abuelo, una noche, comenzó a escuchar algo en el piso inferior. Sin despertar a mi abuela se levantó, cogió un garrote, y bajó despacio las escaleras. Cuando llegó a la cocina, comprobó que el ruido salía de allí. ¡Había alguien! Se oía un rumor seco, como si estuvieran rascando la madera. Haciendo acopio de fuerzas, mi abuelo dio un pisotón y vociferó: “¡El que tenga salero que salga!” Y entonces, como en una pesadilla, de la oscuridad de la estancia surgió un enorme cerdo negro que, en su carrera desesperada, enganchó a mi abuelo y lo encaramó a sus lomos de un topetazo. Presa del pánico, el pobre hombre sólo alcanzaba a chillar: “¡María! ¡Socorro! ¡Que me llevan!”

El origen de los cuentos que se transmiten de padres a hijos, y que dan origen a los relatos que hacen soñar a los niños, podría encontrarse en un ruido extraño en la cocina de una casa enorme y fría. Cada país tiene sus propias leyendas, porque cada país tiene también su particular viento helado, sus tardes larguísimas, sus noches oscuras y afiladas, sus sacamantecas y hombres del saco. Las leyendas y cuentos configuran la herencia cultural de los pueblos, un maravilloso regalo que no se pierde aunque nunca se escriba, porque son las cabecitas de los niños las encargadas de guardarlos hasta la siguiente generación. Mi abuela contaba que, de niña, un verano comenzó a ponerse muy enferma sin que los médicos consiguiesen dar con lo que le ocurría. Desesperados, sus padres decidieron llevarle a la curandera del pueblo, una mujer huraña y hosca con fama de tener tratos con el diablo. Aquella bruja sólo necesitó un minuto para saber lo que pasaba. “Dentro del cántaro de agua hay un bicho, que la está envenenando”. Al regresar a su casa, mis bisabuelos comprobaron que, efectivamente, dentro del cántaro de barro, habitaba una enorme araña.

Pero, ¿qué ocurre cuando desaparecen los cántaros y las brujas leen el horóscopo en el prime time, cuando las noches son menos noches porque a las diez encienden las farolas, cuando los cerdos dejan de vivir en las casas? Que los cuentos van siendo absorbidos por la ciudad, y la magia deja paso a la realidad pragmática, prosaica y tranquilizadora. Hemos ganado en razón, pero hemos perdido la bruma, el misterio, el hechizo y las noches de tormenta. Cada vez que sonaba un trueno, mi abuela se aferraba a su rosario y musitaba: “Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, líbranos de las tormentas”. Ahora no nos acordamos de Santa Bárbara ni cuando truena, porque no nos acordamos tampoco de nuestros abuelos, ni de las historias y cuentos que nos contaban de niños, al calor del hogar, mientras fuera la lluvia arreciaba.



El cuento es la traslación de la leyenda, la materialización de eso que ahora se llaman “terrores nocturnos”, y que, en los tiempos de mi abuela, no era más Santa Bárbara escribiendo en el cielo negro con los renglones torcidos de las borrascas. En el principio fue el cuento, y luego vino todo lo demás, el Antiguo Testamento, la manzana prohibida, las cabezas cortadas y los mordiscos encabritados en las pantorrillas, que te propinaban en sueños esos perros negros salidos de la oscuridad, con la boca llena de espuma. Antes había cuentos, y nubes grises, y se rezaba el rosario para salir de casa las tardes de lluvia, y ahora hay televisión, y pleiestesion, y cuando amenaza tormenta se mira la predicción meteorológica en internet. Hemos ganado en seguridades todo lo que hemos perdido en magia y misterio, pero, irónicamente, no hemos conseguido eliminar eso que Cristina Fernández Cubas llamaba “El ángulo del horror”.

La otra noche me llamó mi hija, aterrorizada. “Tengo miedo”. “¿De qué, cariño?”. “No sé. Tengo miedo”. Y entonces pensé que ya no hay tormentas, ni brujas, ni demonios, pero sigue habiendo miedo. El miedo continúa, pero no es la misma clase de miedo de cuando existían motivos oscuros y misteriosos. Hay miedo porque el ser humano es débil, y ha construido una sociedad a su imagen y semejanza. Vivimos en una aldea aterrorizada, una comunidad de cobardes que trata de protegerse erigiendo muros, estableciendo fronteras cada vez más insalvables, confinando en ghettos a los diferentes (porque siempre es a lo diferente a lo que tememos), y convirtiendo las sombras en sueños de la razón, que producen monstruos en las esquinas del alba. Hemos matado a las brujas, pero ellas, como venganza, nos han metido el miedo en los cromosomas.

Lo que más pánico me daba, siendo niño, era la habitación del cuadro, en la casa del pueblo. La casa se llamaba Villa San Miguel, y en la estancia del fondo, la de mi tía, había colgado un tétrico lienzo de tonos azules, negros y blancos, con una aterradora imagen de San Miguel expulsando del Cielo con su espada de fuego a un Diablo caído, negro, retorcido sobre sí mismo, una silueta negra y sin ojos, pero de relieve tan pronunciado que casi daba la sensación de poderse tocar. Aquel cuadro llegó a obsesionarme hasta el punto de que no me atrevía a pasar por delante de la puerta. Por desgracia para mí, no quedaba otro remedio si quería llegar a mi cuarto, así que, al menos, procuraba no hacerlo solo, y posponía el momento de acostarme hasta que alguien, mi abuela, mi madre, mi tía, o Genoveva, nuestra criada, se decidía a ir hacia allí, y entonces, disimulando, me colocaba a su lado, y llegaba temblando a mi cama. La casa era enorme, helada, de pasillos largos y techos altísimos, con espejos desconchados de bordes de madera tallada y dorada, era una casa que asustaba, y además el cuadro parecía de película de terror, y por eso siempre pensé que mi angustia estaba justificada, pero cuando el otro día Andrea me dijo que tenía miedo, no vi a su alrededor cuadros, ni sombras, ni espadas de fuego, sólo la tranquilizadora habitación de una niña con juguetes, libros y tonos pastel, la habitación que yo hubiera querido tener en la casa del pueblo, y me acordé de eso que decía Alfonso Domingo: que el miedo es un monstruo en un laberinto que llevamos dentro, y que nunca conseguimos huir de él por completo.

La literatura de terror, la buena, azuza ese monstruo, lo despierta un poco, para que nos muerda suavemente el corazón, como un parásito, o un íncubo. El infierno no son los otros, el infierno está en la otra esquina, la de las sombras y las patas de araña, la esquina de las doce en punto, la televisión encendida, el cuaderno arrojado en la moqueta y el pañuelo manchado de carmín. El horror está en nosotros, en la mirada, el ojo, la mano o el croissant mordido, el horror son unos ojos fríos, una cuna vacía, la desencajada mandíbula de alguien que acaba de morir, o que sabe que no tardará en hacerlo. No me asustan los monstruos con garras o colmillos; me asusta ese niño proustiano que se despierta y, por unos instantes, no sabe quién es ni dónde está.

(Recomiendo a todos los amantes del terror que no dejen de leer Lunar Park, de Bret Easton Ellis. Imprescindible).

Antonio López del Moral Domínguez

Tuesday, January 23, 2007

Sexo, mentiras y novelas eróticas

Hace algunos añitos, estaba yo en la facultad de Periodismo, en el bar, desde luego, tomando unas copas y fumando un cigarro (todavía se podía beber y fumar en la universidad), cuando llegó Lola. Lola era una compañera un poco gallega, un poco pelirroja, un poco atlántica, Lola (García Otero) es hoy una gran actriz, y era entonces una gran escritora, o eso decía. Por aquella época estaba de moda entre los tíos explorar tu lado femenino. Yo , un poco por llevar la contraria, me dedicaba a explorar mi lado literario, ya sabéis, como el lado femenino, pero a la sombra de las muchachas en flor, todo muy proustiano. Yo es que soy proustiano, por la gracia de Dios.

El caso es que, explorando mi lado literario, me dedicaba a escuchar atentamente todo lo que se decía a mi alrededor, para luego construir diálogos en mis relatos, y así escuché a Lola explicar que estaba escribiendo una novela, pero que no sabía cómo seguir.

- Es que me he atascado en la escena erótica. –dijo la tía.

Me dejó de piedra. No sólo escribía novelas, sino que además lo tenía todo tan claro que hasta incluía una escena erótica. Hacía falta tener capacidad de planificación para hacer eso. Luego me di cuenta de que además hacía falta tener talento. E ingenio. Y voluntad. O las tres “bes” del torero: boluntad, balor y buevos. A Lola le sobraba todo eso, o al menos me lo pareció en aquel momento. Le sobraban las “bes”. Y los buevos. Le sobraba incluso la literatura, porque Lola no necesitaba literatura para escribir una escena erótica.


Aunque lo que yo intento aquí es dilucidar si la literatura necesita las escenas eróticas. O de si necesita del erotismo. Me acuerdo de eso que contaban sobre cuando a Cela le pidieron un argumento, y contestó: “tome nota, un hombre ama a una mujer. Con talento, le sale la Cartuja de Parma”. ¿Y si en vez de talento le añadimos un poco de carne? Luego volveré sobre el tema de la carne, pero ahora me interesa entender si la novela necesita de una escena erótica para ser novela. ¿La novela del siglo XXI será erótica o no será? Vaya usted a saber. El hecho es que cada vez hay menos erotismo en la vida real, asi que, ¿cómo va a haberlo en la literatura? Mi novela, Cuando Fuimos Agua, no quisieron presentarla en la Casa del Libro, porque en la contraportada pone algo sobre erotismo. Y en Radio Intereconomía, cuando me entrevistaron, se me ocurrió ponerme a hablar sobre pornografía, y el entrevistador, Pepe Cavero, arqueó una ceja, sonrió y cortó cuando ya la cosa empezaba a ponerse caliente. Debió ser la entrevista más corta que recuerdo en mis 20 años de periodista. Ni dos minutos. Una rapidita, que se dice. Entrevistatio precox. En fin.

El problema es que la literatura sufre un poco de lo otro, o sea, de la eyaculatio precox, y por eso el placer lo sirve envasado, enlatado, envuelto en papel celofán, y rapidito. Sobre todo rapidito. Un aquí te pillo aquí te mato, que se dice. Y ante tanta rapidez, ¿dónde queda sitio para el erotismo? Decía el gran Berlanga que a él lo que le gusta no es desvestir a las mujeres, sino vestirlas. Lo ha dicho en varias charlas suyas a las que he asistido. Recuerdo que en una de ellas, Carmina, una amiga que me acompañó, estaba escuchándole atentamente cuando empezó con lo de vestir a las mujeres. Y entonces, mirándola fijamente, Berlanga añadió: “a usted, señorita, por ejemplo, ¿no le gustaría que yo la vistiera?” Y Carmina, ni corta ni perezosa, contestó: “Uy, no tiene usted dinero para vestirme a mí”.

En esta sociedad, en la que todo se paga con dinero, en la que todo se entrega convertido en producto, el erotismo tiene su sitio, desde luego, pero es un sitio en los escaparates y en los estantes de los grandes almacenes. El erotismo de la vida cotidiana desaparece cada vez más, y lo mismo ocurre con el erotismo en la literatura. A mí es que, antes, las novelas que me ponían más cachondo no eran las eróticas. Eran las otras, esas en las que lo erótico aparecía entreverado con lo no erótico. Yo recuerdo que mis primeras poluciones nocturnas, las deliberadas, quiero decir, fueron inspiradas por la Familia de Pascual Duarte, de Cela. Debía tener yo 10 u 11 años, y no les quiero ni contar cómo me puso la descripción esa de las pantorrillas de una feligresa, embutidas en medias negras, prietas como la carne de una morcilla… ¡Dios! Apenas terminé el libro, me lancé a leer La Colmena. Y allí encontré a Aurora, Aurorita, cuando le dice eso de “enséñame los pechitos”. Joder, me estoy poniendo malo…

El erotismo es el amor, y el amor sólo puede ser carnal, porque si no hablaríamos de otra cosa, de afecto, o éxtasis místico, aunque, qué quieren que les diga, los éxtasis de Santa Teresa también tienen una carga erótica, que hay que saber verla, pero que si la llegas a ver, te pone, te pone. ¿Y qué me dicen del gran Arcipreste de Hita? El Libro del Buen Amor probablemente sea uno de los primeros libros eróticos de la historia, suponiendo que exista eso que acabo de decir, es decir, libros eróticos. Los libros son como las personas. ¿Hay personas eróticas? Sí, pero no siempre. A mí Angelina Jolie me envenena los sueños, pero no siempre. ¿Entienden? Luego está Henry Miller, que debió pasar la vida en estado de erección permanente. Como dijo Bukowski, cuando Miller era bueno, era muy bueno. Yo añadiría, como dijo Mae West, que cuando era malo, era mucho mejor.

Henry Miller era erótico, del mismo modo que lo es El Lazarillo de Tormes, o Quevedo. De Quevedo no puede decirse que confundiera el culo con las témporas. Quevedo hablaba del culo, y así inauguró una gloriosa tradición literaria, la de los culos, que siglos después Juan Manuel de Prada intentó recuperar dándole otra vuelta de tuerca, al presentarnos aquella novela suya, crípticamente titulada “Coños”. Pero volvamos a Quevedo. El de Villegas daba a entender que estaba obsesionado con el culo, cuando lo que realmente hacía era recuperar la tradición erótico festiva de Rojas y La Celestina, sólo que desde, digamos, otro punto de vista. Con otra mirada. Bueno, sí, con otro ojo. No diremos cuál. Y tanta obsesión, como diría Freud, sólo puede estar enmascarando un deseo sexual insatisfecho. Quevedo, según Freud, se encontraría en la fase anal, psicológicamente hablando. Y ahora que lo digo, anda que Freud no era erótico ni nada… Para Freud todo complejo pasa por el de Edipo. Si tengo una depresión, en el fondo lo que me ocurre es que tengo celos de mi padre, porque recuerdo las cálidas noches de amor con mi madre, cuando yo estaba en la cuna. A mí mi madre no me ponía mucho, pero tengo bellos recuerdos de algunas de sus amigas. Concretamente, me viene a la cabeza un viaje en coche, doscientos kilómetros de un verano con mi pierna infantil pegada a la pierna desnuda de una de esas amigas que… Bueno, no sigo. Volviendo a Freud, no me digan que después de digerir de toda esa sesuda y fría analítica conceptual, no le entran a uno ganas de arrancarle la bata a a mordiscos a la enfermera, o a la psicoterapeuta más cercana… Los divanes de los psicólogos han sustituido, en innúmeras ocasiones, los tálamos nupciales.

Y por cierto, hablando de tálamos me viene a la cabeza Nabokov, no sé por qué. Joder qué cabrón. Cómo escribía. Y qué capacidad de evocación carnal. ¿Lolita es una novela erótica? Lolita es una de las mejores novelas del siglo XX, y quizá una prueba de ello sea que durante mucho tiempo estuvo prohibida, por pornográfica, y mister Vladimir tardó bastante tiempo en encontrar un editor que tuviese lo que había que tener. Claro que a lo mejor Nabokov no iba a Radio Intereconomía y se ponía a hablar de lo divino y lo pornográfico de un modo, digamos, desnudo. Desnudar la pornografía. Otro día, si les parece, hablamos de eso.

La pornografía me parece necesaria, en unos tiempos en los que cada vez se prohíben más cosas. Desaparece el Premio La Sonrisa Vertical, al Gran Berlanga le dice una muchachita en flor que no tiene dinero para vestirla, prohíben las hamburguesas gigantes, las mujeres entradas en carnes quedan sólo para modelos de Botero, en las óperas de Mozart no nos dejan cortarle los cojones a Mahoma (sí, si, ya sé que era la cabeza), la Iglesia, de uno u otro signo, nos dice cómo actuar, con quién casarnos, la forma correcta de fornicar, y no se te ocurra hacerlo con alguien de tu mismo sexo, que te excomulgo. Vivimos tiempos cada vez más pacatos, y estamos llegando a los extremos de que se apalee a la gente por besarse públicamente, que se prohíba celebrar su boda a según qué novios, que el libro de Ratzinger se venda más que el de Nacho Vidal, o, lo que es peor, que la gente sepa quién es Ratzinger pero no sepa quién es Nacho Vidal. O Rocco Siffredi, por poner dos ejemplos ilustres. Como decía mi amiga Lola, nos hemos atascado en la escena erótica, y no sabemos cómo tirar hacia delante, y, mientras tanto, los Otros nos organizan sus fiestas rave alternativas de lo políticamente correcto, y nos dicen qué comer, dónde fumar, cómo vestirnos o con quién fornicar. Esta locura tiene que acabarse. Propongo un par de actividades: más lecturas pornográficas y más sexo. ¿Para cuándo esa megaorgía en el Parque del Oeste? Pásalo.


Antonio López del Moral

Monday, December 04, 2006

Presentación de Cuando Fuimos Agua

Bueno, ha costado pero por fin tenemos fecha: el día 15 de Diciembre a las 20:00 de la tarde, en la librería- café El Bandido Doblemente Armado (Madrid), se va a presentar mi novela Cuando Fuimos Agua (ya sabéis, la porno-erótica-etc). Me gustaría mucho veros por allí, para tomar algo y charlar un rato. La dirección es: calle Apodaca, 3 (paralela a la Plaza de Barceló, entre calle Fuencarral y Mejía Lequerica). Aparte de la presentación, la librería -café es un sitio muy curioso, así que podréis emborracharos y admirar los ejemplares (de libros, me refiero, aunque de los otros también habrá).

Os recordaré la fecha un par de días antes. Por cierto, podéis decírselo a toda la gente que queráis, la entrada es libre...

Thursday, November 16, 2006

Primer áccesit del Premio Internacional Vivendia de libro de relatos

El jueves, 15 de noviembre, se dio a conocer en el Teatro Buero Vallejo de Guadalajara, el fallo del jurado del I Premio Internacional Vivendia de Libro de Relatos. El ganador fue Antonio López Alonso por su obra "Soledad de Otoño, infancia de silencio", y el primer áccesit lo obtuvo mi libro "En el espejo".

Según reza en la nota de prensa, la obra "En el Espejo", de Antonio López del Moral, describe "ambientes urbanos, habitualmente marginales, un submundo de drogas, homosexuales, tipos patibularios, decadentes y decaídos representantes del espectáculo. La presencia del tren, del viaje, se repite como metáfora de la partida, de la muerte, de la ruptura con la propia vida. Obra contemporánea y atrevida, escrita para el lector que se atreve a aceptar al escritor como Cicerone por el infierno actual, dispuesto a enfrentarse con los propios fantasmas".

En fin, supongo que algo de eso hay en el libro, pero hombre, no sólo hablo de drogas, de sexo y decadencia. En cualquier caso, os invito a leerlo cuando lo publique la editorial. Os indicaré aquí la fecha.

Tuesday, November 07, 2006

Aracnofobia

Las arañas me han inspirado siempre un terror licuante. Delante de una araña me convierto en otra persona, mis manos tiemblan, sudo, tartamudeo, incluso tengo a veces la clarísima sensación de perder el conocimiento. No imagino otro ser más aterrador, ni una imagen más desazonadora. Recuerdo infinitos episodios de mi infancia y adolescencia en Villa San Miguel, la casa de mis abuelos en el pueblo, una edificación enorme, antiquísima y, por supuesto, infestada. Estaban por todas partes, caían desde el techo cobre mi colcha, aparecían de improviso flotando en una jarra de agua, sobre la butaca en la que me disponía a sentarme, o, más espantosas aún por el contraste, sobre los manteles blanquísimos que extendía mi abuela sobre la mesa, inmóviles y yo diría que burlonas, desafiantes, negras y crueles junto a los platos y los tazones de loza.

En el jardín, enorme y descuidado, sabía que las encontraría en los sitios más insólitos, en uno de los huecos de la arquitectura de yeso del porche, entre las enredaderas, colgando de un hilo justo a la altura de mi cara, o silenciosas y taimadas en las redes, como minotauros en sus laberintos. ¡Dios! Incluso hallé una, no me pregunten cómo llegó, dentro de una caja de cerillas, ¡y la toqué con los dedos! Creo que nunca podré olvidar aquella sensación.

Podría pasar horas hablando sobre ello, pero ahora sólo quiero contar lo que ocurrió la tarde que Pilar se marchó para siempre, sin que yo le hubiese llegado a confesar mi amor. La quería tanto que me dolía su ausencia como una herida, había escrito todos mis primeros poemas para ella, y la perspectiva de perderla sin que supiese, me decidió a dar el paso. Saqué fuerzas, repasé mentalmente lo que le diría en la estación, preparé mis mejores palabras y ensayé un par de veces ante el espejo mi única sonrisa triste. Cuando ya corría hacia la puerta, encontré la araña más enorme, negra y espantosa, colgando siniestramente del dintel, a la altura de mi cabeza, impidiéndome salir. Me quedé inmovilizado, sin atreverme a rodearla, porque eso hubiera supuesto pasar a su lado, sin atreverme tampoco a cruzar por debajo, porque el terror a que me cayese encima era tan fuerte que casi hacía que me desmayase. El tiempo pasaba, el tren partiría pronto, y yo perdería, sin duda, y el sabor de aquella primera derrota marcaría mi vida quizá para siempre.

Registré la casa y regresé a la puerta armado de un espray insecticida, a prudente distancia lo vacié sobre el monstruo, que al principio se resistió, intentó huir, escapar de su propia tela empapada, y luego, lentamente, en una agonía casi coreografiada, cayó al suelo, justo delante de la puerta, encerrándome aún. Todavía movía sus horribles patas, todavía era capaz de inmovilizarme. No me quedaba ya insecticida, de modo que busqué por todas partes, y encontré otro espray, esta vez de espuma de afeitar. La enterré en un montón de nieve blanca que me libraba de su visión, pero, cuando ya levantaba el pie para pasar por encima, vi que asomaba otra vez, aún más negra, aún viva. No sé cómo pude hacerlo, no sé de dónde saqué la fuerza, pero dejé caer el pie violentamente, y luego otra vez, y otra, y otra, y sentí mi cuerpo como algo líquido, algo que ya no me pertenecía, sentí un vértigo brutal, una embriaguez absoluta mientras saltaba sobre el montoncito de nieve, y grité hasta romperme la garganta, y lloré, y sudé, en aquella ceremonia catártica, aquel baile de liberación, aquel horror.

Cuando llegué a la estación, el tren se alejaba.

Antonio López del Moral