tag:blogger.com,1999:blog-84695572008-05-13T23:34:01.619-07:00Apuntes del subsueloAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comBlogger38125tag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-65968676116639456702008-05-07T23:25:00.000-07:002008-05-08T23:11:47.780-07:00Presentación del libro "El Espejo"<a href="http://bp2.blogger.com/__FAWuSUiJM4/SCKdMYqd2YI/AAAAAAAAAEY/1xcux1nitpE/s1600-h/portada_el_espejo.jpg"><img style="cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/__FAWuSUiJM4/SCKdMYqd2YI/AAAAAAAAAEY/1xcux1nitpE/s320/portada_el_espejo.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5197889756043532674" /></a><br />El miércoles 14 de Mayo presento mi último libro "El Espejo", que fue áccesit hace unos meses del Premio Internacional Vivendia de Libro de Relatos. Este acto lo vamos a hacer en un local de música en vivo de Aluche, y contaremos con la actuación del dúo Kuentaké Javi J. Palo y David García, que harán un pequeño espectáculo inspirado en uno de los cuentos. Luego lo de siempre, yo digo un par de tonterías, el editor monta un strip tease y nos tomamos unas birras. Ah, y tendréis la ocasión de llevaros el libro firmado por el autor.<br /><br /><br />El sitio en cuestión es:<br /><br /><br />LA MALA LIVE MUSIC<br />C/ Seseña 9 (Metros Aluche, Campamento y Casa de Campo)<br /><br /><br />DÍA: 14 DE MAYO<br />HORA: 20:30<br /> <br /><br />Reseña del libro (texto de contraportada):<br /><br /><br />"El Espejo es un vivísimo fresco de ambientes urbanos y marginales en los que decadentes y decaídos personajes compran su propio destino a camellos que se cansaron de vender esperanza y entraron a formar parte del show business. López del Moral abandona momentáneamente el territorio de la novela y se adentra en el del relato breve con esta compilación de pequeñas piezas, con las que logró el áccesit del Premio Internacional Vivendia de libro de relatos. Todas ellas tienen un denominador común: la búsqueda desesperada de respuestas en la contemplación del propio rostro aterrado en un espejo, la mezcla inmisericorde de realidad y ficción, de autobiografía y mentira, de verdades a medias y embustes como puños, en un ejercicio de sinceridad brutal que se sumerge, y nos sumerge, en los rincones más oscuros y torturados de nosotros mismos. <br /><br />La realidad como teatro, la ciudad como compañero de juerga con el que te vas a la cama al final de la noche: un poco de memoria, mentira, sueño y lenguaje, y el toque de los restos de las copas que quedan abandonadas en los locales vacíos de madrugada. Es la realidad dejada a enfriar en el plato hasta que fermenta, y retomada cuando el pensamiento se pone en erección."Antonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-64619964117062741002008-03-03T22:48:00.001-08:002008-03-27T08:53:00.528-07:00Las pasiones inútilesLa ventaja de ser vago a conciencia es que te permite dedicarte a cosas inútiles sin remordimientos. Los vagos auténticos sólo lo somos respecto a las actividades lucrativas o necesarias o impulsadas por la responsabilidad. A los vagos nos aterran las responsabilidades. Pero en cambio somos exhaustivos con las pasiones, en especial con las inútiles. Sólo un vago puede entregarse a la literatura, porque la fuerza que requiere esa pasión te deja sin capacidad de trabajo. De trabajo útil, quiero decir. Sin vagos no habría artistas del billar, o virtuosos del futbolín, no existirían los filósofos, ni los músicos, los actores ocuparían las oficinas y se dedicarían a sellar escritos, y los escritores dejarían de soñar, y prepararían oposiciones, y se arrojarían en manos del sentido común de Nabokov. No se es vago por incapacidad: se es vago por vocación. <br /><br />Ser vago es compatible con la pasión inútil, porque ningún vago haría algo productivo, pero tampoco nadie con afán rentabilizador sería capaz de obsesionarse con actividades absurdas. Las pasiones inútiles son las que mejor definen a un ser humano, porque lo revelan más allá de la obligación. <br /><br /><br />Hace varios años me dediqué a lanzar cuchillos, hasta que acabé con los cuadernos de poesía de mi adolescencia. Y digo acabé literalmente, porque utilicé éstos como blanco. Los colocaba a tres metros en el salón del viejo piso de García de Paredes, y pasaba las horas mejorando mi técnica. Aprendí varias maneras, sujetando el cuchillo por la punta, por el mango, con un movimiento corto de muñeca, como si repartiera cartas de una baraja. Después comencé con los libros. Como por aquella época comenzaba a sentir el prurito literario, me gustaba abrirlos por la última página que hubiese tocado el acero, e intentaba hallar entre sus párrafos algún sentido. La sociedad tendía hacia lo útil, mi padre me intentaba convencer de que me decidiese a ganar dinero, y yo continuaba fascinándome con las pasiones inútiles, las improductivas, las que sólo aportaban placer. El placer me parecía una de las pocas causas dignas de defenderse. Lola, aquella amante a quien le gustaba tanto definirme, me dijo cierta tarde de verano:<br /><br />- Tío, acabo de comprender lo que eres; un puto hedonistanarcoburgués, esclavo de tus pasiones. <br /><br />En ese momento no se me ocurrió replicarle que, en efecto, lo era, pero sobre todo de las inútiles. <br /><br /><br />Pero volviendo a los libros y a los cuadernos de poesía, pronto los dejé en un estado próximo a la desintegración. Mi pasión inútil por lanzar cuchillos tenía un precio, y este era la destrucción de mi pasado como poeta amateur y mi futuro como literato profesional. La literatura la entendía también como una pasión, no sé si inútil, pero pasión, al fin y al cabo, y desde ese punto de vista no podía haber respeto, ni libros sagrados, ni tótemes, no había demiurgos en el planeta pasión, porque la pasión lo llenaba todo, y mi pasión por lanzar cuchillos acabó por llenar de agujeros los libros de la biblioteca de casa. Acuchillé la historia natural, la biología, apuñalé con placer a José María Pemán, degollé a Mario Puzo y a Charrière, destripé al doctor Jeckyll y a Mr Hyde, aunque no tardé en arrepentirme, pasé a cuchillo la edición gráfica de El Hombre y la Tierra, de Rodríguez de la Fuente, y a Poncela, y muchos otros. A cuchilladas me fui abriendo camino entre las letras, a puñaladas traperas, a tajadas, y poco a poco, de tanto convertirla en el blanco de mis lanzamientos, la literatura acabó siendo el objetivo de mi vida. Pero dejé en el camino un buen número de bajas. Una tarde, al llegar a casa, encontré a mi madre sopesando los daños. Al oírme entrar apenas se movió. Luego levantó la cabeza y me miró largamente. Sólo ella y yo sabemos cuán largamente.<br /><br />- Siempre he sospechado que estabas loco. –dijo, terrible- Aunque no me imaginaba que hasta este punto. <br /><br />Me pidió que no me acercarse más a sus libros. No iba en serio, desde luego, pero mi madre tenía una forma de decir las cosas que te hacía sentir como si le hubieses lanzado los cuchillos a ella. O como si ella estuviese a punto de empezar a lanzártelos a ti. <br /><br /><br />Entendí que lanzando cuchillos sólo conseguiría ensartar mi propia pasión, así que me orienté hacia otras actividades igual de poco útiles, pero más compatibles con la vida en sociedad. El billar, quiero decir, y francés, desde luego, nada de americano. En realidad lo que hice fue retomar, o canalizar, mi etapa en los Maristas, cuando me iba de pellas a los recreativos del señor Paco. El billar sabe a absentismo, huele a tiempo perdido, el billar no se libra de su aroma a delito, el billar, ah. Me levantaba temprano y recolectaba todo el dinero que veía por casa, y, con el botín, bajaba a aquellos Recreativos Iglesias. Allí las mesas usaban temporizadores, porque todavía no se había instaurado la nefanda y yanqui costumbre de las moneditas. Seguía todo el ritual, elegía el taco, comparando, comprobando, y luego tomaba una tiza no demasiado gastada y la aplicaba sobre la punta con un movimiento circular, uno de esos gestos aprendidos mediante la observación. Yo veía que en aquello, como en todo, el secreto estaba en las formas. Las formas dominaban, cubrían el mundo con su barroca marroquinería, pero luego tenías que jugar, demostrar algo más. Había que ganar, y, además, con estilo y arte. Tardé años en entender que ahí radicaba el problema, pero mi padre, siempre al quite, me lo soltó en cuanto tuvo la oportunidad.<br /><br />- Para ganar hay que ser ganador. Y eso es como el talento: se tiene, o no se tiene. <br /><br />Yo no lo tenía, obviamente, pero eso no me impedía visitar a diario las salas y disfrutar. Se goza más de la vida cuando no hay que demostrar nada, cuando tu único objetivo es el placer. La única demostración respetable es la que se hace de cara a uno mismo, y eso era lo que yo pretendía sobre la mesa de billar. La geometría de las carambolas me parecía una metáfora perfecta del matemático e intencionado azar de la existencia humana. La estudiada ceremonia de la tiza y el tapete, el preciso cálculo de tahúr, los alardes de vacilón de taberna. Se me rompían las horas, el mundo se reflejaba en el falso marfil. <br /><br /><br />La decadencia llegó cuando Zulema me regaló un taco. Había estado pensando durante días con qué agasajarme – el bendito carácter caribeño; adoraba hacer obsequios-, y una mañana se presentó con aquel paquete alargado.<br /><br />- ¿Qué es? ¿Un fusil? –dije, sin decidirme a desenvolverlo (me encantan esos momentos de incertidumbre). Zulema me observó con su paciencia tropical.<br /><br />- Algo así, pero déjame, déjame, que de pronto lo rompes. –dijo, quitándomelo de las manos. Era un taco precioso, de madera oscura, parecida a la caoba, con apliques de metal cromado y arabescos grabados a fuego. Zulema lo montó con una destreza que incluso le sorprendió a ella misma, y luego me lo entregó y se quedó mirándome, esperando, qué se yo, que me lo pasase por detrás de la espalda y dibujase una carambola en el aire, que demostrase, en definitiva, que sabía qué hacer. No me quedó otro remedio: su cara, llena de expectativas, me indujo a colocármelo entre las piernas, en estado de erección.<br /><br />- ¡Eres un guarro! – con la cara de cabreo de Zulema me pasaba como con la expresión de cordero Pascual de Virginia: me producía una sensación ambigua, entre las ganas de llorar y la excitación. Contuve el deseo de acariciarle los pechos y guardé amorosamente el taco en su funda (lo enfundé). Después fuimos a tomar unas copas por Malasaña. Por supuesto, perdí el taco a las tres de la mañana, completamente borracho. Hasta hoy, no me he atrevido a decírselo. <br /><br /><br />Entonces entendí que las pasiones no deben ser programadas, porque la programación acaba con la pasión, sea o no inútil. La programación es, a su modo práctico, también inútil, porque la vida se resiste a dejarse programar, la vida surge, como la selva amazónica, bajo el asfalto de las carreteras, destrozándolas. La vida no deja de ser, también, pasión inútil.<br /><br /><em><strong>Antonio López del Moral Domínguez</strong></em>Antonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-55351505830402944392007-11-25T11:45:00.000-08:002007-11-25T11:47:18.042-08:00Tristeza en metacrilatoDelante del sofá, la televisión es un guiño brillante, un ojo triste, una ventana cerrada que nos muestra un paisaje al que nunca podremos acceder. La televisión es el amanecer de la mentira y el crepúsculo de la realidad palpable, la televisión conecta mundos y rompe sinapsis, a la televisión queremos lanzarnos de cabeza, y destrozar su cristal oscuro, su región tan transparente, su señora de rojo sobre fondo azul. <br /><br />¿Qué es lo primero, me preguntan en un spot mientras clavan en mi pupila la pupila azul de rayos catódicos, el ojo que todo lo ve, el ojo, el ojo, el gran hermano, la pantalla, la mirada del otro? La televisión o el inframundo, el otro lado del espejo, la ruptura, la tristeza conservada en metacrilato, como una tarántula que ya nunca morderá a nadie. La televisión apagada también es televisión, pero coño, ya no nos hace tanta gracia, aunque en esa pantalla negra se vislumbre el reflejo alucinado de un enano que se parece sospechosamente a nosotros mismos.<br /><br />Hay una cultura, o no la hay, en torno a la puñetera televisión. Hay cine, aunque nadie diría que lo es, periodismo que se aproxima y roza la frontera azul de la snuff movie, hay en la televisión un adelanto de la muerte en directo, una censura sin censurar, un estertor maquillado y reconvertido en temblores de final de una época. Nos hemos acostumbrado a mirar a la muerte a la cara, y ya no nos asusta su esqueleto, y la famosa guadaña nos parece en la pequeña pantalla una navaja multiusos, como esas que ahora se utilizan para anunciar cuentas corrientes, qué tendrá que ver.<br /><br />En la televisión un imbécil con corbata nos quiere vender miedo y necesidades o necedades perentorias, la televisión son imbéciles hablando para otros imbéciles, vendiendo casas sin construir, castillos en un aire contaminado, rebanadas de pan untadas con la mantequilla que Marlon Brando utilizó para sodomizar a no me acuerdo quién en su famoso Tango en París. <br /><br />Pero la televisión no es el cine, aunque lo parezca, no es el periodismo, no es el pensamiento a pesar de los filósofos de madrugada que venden silogismos por kilos, no es la literatura ni el amor, tampoco el sexo, no es nada de todo eso, qué le vamos a hacer, pero tampoco podríamos decir qué es exactamente. Es una mentira rutilante y a veces patética, es un modelo del mundo, una guía de uso de la realidad que esforzados cretinos siguen al pie de la letra, sin percatarse de que la vida no es que esté en otra parte, es que se ha esfumado en el esfuerzo de leer el manual de instrucciones del nuevo plasma de 32 pulgadas. <br /><br />La gran paradoja de la televisión es que te muestra una visión hiperrealista de un mundo absolutamente falso, un espejo que sólo refleja traiciones. No son ciertas las ciudades que vemos en la pantalla, no es auténtica la sociedad que se nos muestra, los negros no son tan negros, los moros no resultan, en persona, tan fundamentalistas, los rascacielos parecen más bajos.<br /><br />Recuerdo que cuando estuve en Nueva York después de andar por Broadway durante casi una hora buscando el Empire State pregunté a un policía negro dónde estaba. Me miró como si le estuviese tomando el pelo, y, señalando detrás suyo, me escupió: “is this”. Me volví con cuidado, lo miré y, la verdad, no me pareció tan alto, y así se lo dije, me pareció un edificio más de aquella ciudad de edificios gigantes, aquellas calles de sombras y hormigón, esquinas de ruido y café aguado vigiladas por cíclopes de muchos ojos. El tipo se encogió de hombros y me dijo: “desde arriba parecía más alto”, y se alejó contoneándose, y mientras se marchaba recuerdo que pensé que el secreto de los americanos se basaba en la conocida máxima de explicar lo evidente, lo americano era la simplicidad de lo obvio, lo que se veía, la lógica sin más, eso si, cuidadosamente envuelta y vendida con una adecuada campaña de marketing. La lógica de la hamburguesa, o sea, hacer que medio mundo coma mierda, y encima contentos.<br /><br /><br />La televisión es la lógica de lo evidente, pero sin lógica, la televisión es la evidencia puesta a secar, la esencia de lo superficial, la presentación justificada en sí misma. La televisión condensa eso que decía Mac Luhan de que el medio es el mensaje, que cuando lo escribió se quedó tan ancho y no lo entendió ni Dios, pero que con el transcurrir de los años resulta que la cosa cobra peso, y al final tenía razón, el tío. La televisión es el mensaje, lo que es lo mismo que decir que el mensaje es irrelevante, como las palabras de amor que se dicen cuando lo haces. <br /><br />Hoy por hoy el mensaje es lo de menos, lo que cuenta es el envoltorio, la forma, el color, la musiquita, o jingle, creo que lo llaman. Televisión, bola de cristal, ventana indiscreta, televisión llena de información vacía, archivo de realidades hertzianas e impalpables, otros mundos que no están en este, ni en ningún otro, porque no existen, no son, no los han dibujado así, ni de ninguna manera, los han diseñado con uno de esos programitas informáticos que también se justifican en sí mismos, porque al final resulta que también ellos son lo importante, lo que cuenta no es lo que escribes, sino el programa con el que lo has hecho, el ordenador, el sistema, en fin, la caña. <br /><br />La televisión quizá sea reemplazada por el ordenador, pero sólo porque el ordenador se convertirá en la televisión, la fagocitará, la reemplazará por una versión corregida y revisada de ella misma. Medio frío o caliente, a quién le importa Mac Luhan a estas alturas, medio y mensaje, o mensaje a medias, medio demediado, como aquel vizconde de Italo Calvino, medio que da miedo a veces, que impresiona por su poder, que manipula conciencias y araña voluntades, que abofetea el rostro de quien lo observa con la guardia bajada. Podría escribir los versos más absurdos esta noche, amor, hablando de la televisión y otros asuntos, pero creo que lo voy a dejar ya, porque Irene me avisa desde el salón que está a punto de comenzar House. <br /><br /><br />Antonio López del Moral DomínguezAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-80861838428311105562007-10-16T03:21:00.000-07:002007-10-16T03:32:00.557-07:00Una PNada que objetar al premio de Millás. Si alguien merece reconocimientos es él. Último genio de la literatura en España, Kafka modestito y alucinado, irónico con frenillo y humorista hiperbreve y cargado de intención, Millás, cuando calla, es que calla de verdad, Millás no se baja de los altares porque nunca quiso subir a ellos, aunque pudo, Millás entrevista a Vargas Llosa como un disciplinado becario, y al tiempo ejerce su independencia de forma sutilísima y genial. Millás visita, observa, viene, ve, vence y vivisecciona, Millás atesora lo extraño del mismo modo que otros coleccionan lepidópteros, Millás sonríe con sonrisa de Mona Lisa, como si supiera algo que nosotros ignoramos, y la realidad, siempre tozuda, viene a darle la razón. A caballo entre Raymond Carver, Chéjov, Kafka y un amanecer de invierno con Frenadol, Millás obviamente pasa frío cuando escribe, y de su nariz gotea un resto sempiterno de atardeceres acristalados. Nunca has sido, Juanjo, un premio P, porque los premios P son otra cosa, ni son premios, ni son P, son algo que te cae sobre la espalda, como un baldón, y que después deberás arrastrar toda tu vida, y de lo de que algún día, o alguna noche, en una cena de amigos, tendrás que disculparte entre risas, velas, sorbos de vino y tensión acumulada. Pero tú excedes la P, la cubres de telarañas y la expones en un rincón de tu alcoba, como un trofeo absurdo de pelo y cutículas, una madre de Norman Bates, momificada y peligrosa, una sombra de nuestra propia personalidad, envuelta en dientes. <br /> <br />No es que la P en cuestión sea más digna porque se la hayan dado a él, pero podría decirse, a la contra, que Millás no pierde dignidad al recibirla: siempre ha sido capaz de dar una vuelta a la realidad, y quizás por eso tiene su lógica este premio, que poco o nada tiene de literario. Mindundis televisivos, señoritas de couché, rutilantes payasos, palafreneros babeantes y cabareteras de la cultura con bandeja de bollos, se han alternado en la recepción del P con viejas glorias, valores en retirada, cuando no en caída libre, egópatas con informativo propio, premios Nobel desgastados por la poltrona y algún que otro hallazgo final, una última perla que su autor, antes de morir, quiso regalarnos. El P es un premio que no se escribe, se diseña, se piensa, se proyecta, y luego, cuando ya está todo atado y bien atado, se propone a su autor, muy en la línea de los grandes lanzamientos editoriales. Como reconoció el del informativo que citaba antes, en una histórica "pillada" emitida en youtube, "el último libro no lo he escrito yo, no puedo, ¿cómo voy a hacerlo? Me lo han preparado…". <br /> <br />Pero Millás no se deja atrapar, Millás no sale en youtube, aunque podría, Millás es el negro de sí mismo, el esclavo liberado que todos llevamos dentro, el orgullo racial sin raza que escribe desde la soledad, que, como él mismo nos explicó, era esto. Nuestro hombre pone orden en el desorden de su nombre, un caos perfectamente organizado en su inmensa miniaturización. Desestructura, aliena, mira y sonríe, y su perplejidad terrible vuelve a brillar, como el diente de oro del cadáver de la canción. Hay mucho Millás en la P, aunque la P no tenga nada de Millás, hay costuras estrechas, y voces roncas, hay calles de Praga, noches de bosque y ruido de dolor, ese dolor que todos llevamos dentro y que él convierte en extrañeza, en sorpresa, en rumor y en cotidianeidad. Artista de lo cotidiano, orfebre de ese ángulo del horror que describía Cristina Fernández Cubas, Millás escribe sus propios libros, Millás es, y sólo por eso merece este y todos los premios que quieran darle, merece incluso que le den una P, y que se la den incluso también al otro tipo, Boris, la cara mediática del tema. <br /> <br />Porque el P. forma parte de la tradición cultural de este país, en la línea de la prensa del corazón, los cotilleos de peluquería, Tómbola, los toros, el fútbol y Bety la Fea. Cuando no sabes qué regalarle a tu cuñado, le regalas el último P., más que nada por putearle. El P. queda muy bien en las estanterías, lleva forros en papel couché, como corresponde a su importancia, pesa lo suyo, para dar la sensación de que vale lo que cuesta, y viste mucho en el metro, allí donde las miradas se escurren tras las atroces colinas de la primavera. Hubo un tiempo en el que el P. era una forma de salir de la mediocridad, una vía de esperanza, es decir, como entonces no escribía casi nadie, cualquiera capaz de componer una novelita, enseguida se decía, "la presento al P". Pero ahora escribe tanta gente que no hay tiempo de leer lo que se envía, y los manuscritos languidecen sobre las mesas sin abrirse, y los agentes ya no aceptan más obras, y las decisiones, ay, se toman en los despachos, en las mesas de los grandes restaurantes, en los burdeles y en las iglesias, y la pose de intelectual se ha sustituido por la postura genuflexa, ya ves tú. El P es un reflejo fidedigno de esta sociedad de papel couché, en la que todo se negocia, todo se arregla, qué hay de lo mío, señor mío, usted salude y sonría, salude y sonría, que el librito están a punto de acabarlo. <br /> <br />Hace un par de años, creo que fue el propio Millás quien apuntó que "recibir una llamada del equipo de producción del programa Epílogo tiene que ser como para echarse a temblar" (ya saben, ese programa de últimas entrevistas a los muertos). Pues no es por joder, no es porque me siente mal que no me lo den a mí (que nunca me he presentado), o por echar mal fario, pero con el Planeta está empezando a pasar como con los Nobel, que a quien se lo dan, o se muere pronto, o es que está acabado. Ojalá, querido Juanjo, que no sea ese tu caso. Te lo deseo de corazón. <br /> <br /><em><strong>Antonio López del Moral</strong></em>Antonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-85741371337630418632007-08-29T04:27:00.000-07:002007-08-29T07:09:36.914-07:00PacumbralNunca me han gustado los obituarios ni las necrológicas, aborrezco los epitafios y las dedicatorias tardías en coronas de flores tiernas que, tan pronto, ay, se secarán sobre el mármol. La muerte es una estación de paso en la que te ves atrapado para siempre, una brusca caída desde las alturas de tu irrelevancia. Sólo nos duele la muerte cuando nos roza, cuando toca a alguien a quien amamos, a quien conocemos bien, a quien necesitamos de un modo u otro en nuestra vida. Reconozco que cuando pasó lo de Diana de Gales o cuando la palmó Lola Flores, no conseguí entender las explosiones de dolor popular, me parecieron extemporáneas, exageradas, totalmente distorsionadas por sentimientos vulgares. Y ahora, de pronto, Umbral.<br /><br />Umbral es algo más que uno de los tres mejores escritores españoles del siglo XX (junto a Cela, su maestro, y Delibes, su primer jefe). Umbral es más que su propio personaje destilado, triturado, masticado e instilado en las páginas de una obra tremenda. Umbral es algo más que un superdotado, algo más que un clásico vivo, algo más que el mejor columnista español de todos los tiempos, para mí por encima de Larra. Umbral es otra historia, la suya propia, y encima contada a su manera, toma ya.<br /><br />Recuerdo que cuando comencé a leer periódicos, hace ya 20 años, me llamó un día la atención una columna escrita en endecasílabos. Con dos cojones. Me quedé tan alucinado que tuve que releerla. A la tercera comprendí que aquello era algo fuera de lo común, no se parecía a ningún otro columnista, y mira que había. Aquel tipo, <em>Pacumbral</em>, destacaba tanto que llegaba incluso a producir una sensación extraña de enajenación, un dejà vu literario que te retrotraía a autores que no habías leído nunca. Porque todos estaban en Umbral. Poco a poco, según fui ampliando mis lecturas, descubrí en sus columnas -que nunca perdonaba-, trazos de Larra, pedazos de carne de Quevedo, vocablos duros como piedras y olorosos como morcillas frescas de Cela, esperpénticas espantadas de Valle Inclán, y todo ello ambientado en una atmósfera del Madrid de posguerra, un Madrid de cigarrillos negros liados, criaditas y militares con maleta y café Gijón. Hay muchas literaturas, y todas, insisto, estaban en aquel Umbral con el que yo chocaba de bruces, deslumbrante, sorprendente, ora jocoso, siempre irónico, de pronto lírico, tierno, melodramático, costumbrista, provocador, evocador, memorioso e incansable.<br /><br />El misterio de Umbral me persiguió durante mucho tiempo, no conseguía entender su sutilísima singularidad, me costaba trabajo, me despistaba, porque tan pronto me llevaba por los cauces de un estilo que me resultaba familiar (me recordaba a alguno de los autores que he citado antes), como súbitamente daba un quiebro, me clavaba en el culo uno de sus increíbles neologismos, y me dejaba con un palmo de narices, mirando al tendido y pensando aún en Quevedo, mientras él ya andaba por Larra. Durante un tiempo pensé que era una especie de Proust a la madrileña, con la magdalena mojada en whisky y a la sombra de las muchachas etcéteras, las ninfas verticales que resbalaban a veces húmedamente por sus novelas, y que te enseñaban los pechos a la manera de la Aurorita de La Colmena. Y finalmente llegué a la conclusión (conclusión es el punto exacto en el que uno se cansa de pensar) de que con Umbral no hay conclusión posible, porque su extraordinaria obra es una esponja, un papel secante que absorbe todo a la vez, vida, sexo, literatura, fiestas, whisky, dolor, felicidad, amargura y teclas de una <em>underwood </em>clásica que él convertía en daguerrotipo, fijando en el papel las imágenes recogidas a diario en la calle.<br /><br />En Umbral no había separación entre la vida y la obra, escribía para vivir, vivía para escribir, escribía sobre la vida y vivía, en fin, donde le pillaba. En Madrid, o sea. Umbral era Madrid, y ningún otro autor ha retratado con tanto acierto los vaivenes de la ciudad, ningún autor le tomó el pulso a la <em>movida </em>madrileña como él, nadie colegueó al mismo tiempo con Ramoncín y con Cervantes, nadie utilizó en sus obras simultáneamente citas de Schopenhauer y frases robadas de una pintada en un edificio ocupado del Rastro. No se puede entender la transición sin las novelas de Umbral, pero es que tampoco se entiende la posguerra, ni el tardofranquismo (expresión acuñada por él), ni el tardofelipismo, ni a la gente guapa, ni a la jet, ni a los <em>sociatas</em>, ni a Corcuera con mono de electricista, ni a Barrionuevo con su cara de boxeador sonado, ni a Anguita, ni al cubalibre, ni a Tierno Galván, ni al loro que pasó a la historia. Umbral se despelotaba en cada libro, en cada artículo, en cada frase, no había en él ni una sola palabra sin idea, ni una sola idea que no apareciera tan brillantemente expuesta que uno no sabía si quedarse con el fondo, o con la forma, o con los últimos restos del whisky de su vaso sempiterno. No se entiende tampoco a Mercedes Milá, que después de aquello se arrojó al barro mediático de los grandes hermanos, ni se comprende el Viagra, ni el pádel, y si este deporte absurdo se ha puesto de moda, fue sólo porque Pacumbral nos contó que Pedrojota se iba a jugar a mediodía con Josemari, en el Palestra, ya me entienden. Los periódicos, sin su columna, sin sus frases y sus quiebros, sin sus cotilleos, se convierten en meros boletines, en tristísimos despachos de agencia que tiemblan sobre la mesa, antes de caer abiertos por la sección de necrológicas, sobre la esperada flor de la última columna, esa que nunca llegó. Se ha roto la realidad, y esta vez no tenemos a nadie que nos lo cuente. Chao, Paco. Espero que le digas a Dios que has venido a hablarle de tu libro.<br /><br /><em><strong>Antonio López del Moral Domínguez</strong></em>Antonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-32919536584677461502007-06-11T03:29:00.000-07:002007-06-12T05:24:56.492-07:00Que trabajen ellosEso de que el trabajo dignifica al hombre es un camelo como el sombrero de un picaor. Yo, que me siento más cercano a la izquierda, sector anarcoburgués, como diría Labordeta, cuando llega el Primero de Mayo me invade un sentimiento de enajenación que me impide tomarme en serio a mí mismo como obrero, cualificado y todo. El trabajo no es que dignifique al hombre, el trabajo lo que hace es reducirlo a engranaje industrial, a eslabón de la cadena productiva, a hormiga en el hormiguero, pero no el de Pablo Motos, que todavía tiene su aquél, sino el de Orwell, ya saben, Gran Hermano y por ahí. Y cuando hablo de trabajar no me estoy refiriendo a actividades de tipo artístico, música, literatura, pintura, cine. Me hacen mucha gracia esas folklóricas que en cuanto les ponen una cámara por delante, te sueltan con histrionismo:<br /><br />- ¡Nunca he hecho otra cosa que trabajar!<br /><br />¿Trabajar? Flaubert escribía veinte horas diarias, pero, ¿trabajaba? Picasso agarraba el pincel después de hacer el amor (no, no me refiero a ese pincel), y pasaba la petite morte entre la inspiración y el esfuerzo artístico, que no tiene nada que ver con el trabajo. Decía Flaubert que la inspiración existe, pero tiene que llegar trabajando. ¿Trabajar? ¿Trabaja Nacho Vidal, por continuar en la onda de los grandes artistas? ¿Celia Blanco? Y no quiero entrar en el controvertido tema de la música, porque capaces son Ramoncín y Bautista de partirme la cara (¿se consideraría trabajo dar una paliza por dinero a alguien que te cae mal?).<br /><br />El trabajo es una maldición bíblica, al mismo nivel de la de “parirás a tus hijos con dolor”. Yo creo que la primera obligación del ser humano no es, como decía Marx, hacerse con el control de los medios de producción para llegar a la emancipación, sino que la emancipación llega en el momento en que interiorizas que el trabajo no es lo que siempre habías pensado, que no sólo no te hace más persona, sino que en realidad te aliena, te allana, te lima y encima te estropea el cutis y las manos. La emancipación llega cuando comprendes que tu obligación como ser humano es vivir sin pegar ni chapa, aunque el derecho a la pereza (Le droit à la paresse) ya lo defendía Paul Lafargue, yerno del propio Marx. Recuerdo una escena en contraposición a lo anterior: una mujer joven se acercó en una tienda de ropa a una señora, convencida de que se conocían, pero la señora no daba muestras de saber quién era, y entonces la chica insinuó que quizá habían coincidido en algún trabajo. La señora se escandalizó.<br /><br />- ¡Por favor! –dijo- Yo no he trabajado en mi vida.<br /> <br /><br />Al margen de la connotación clasista de la respuesta, que la tiene, lo cierto es que esa actitud de desdén hacia el trabajo la comparten aristócratas y vagabundos, que más o menos viene a ser lo mismo. Tengo dos amigos, hermanos gemelos, dignos de una película de Lars Von Triers que con 40 años, tampoco han trabajado nunca, y no es que sean ricos, ni muchísimo menos, es que desde el principio interiorizaron la mentira del sistema, y se niegan a participar. Se limitan a vivir. Viven. No frecuentan restaurantes, ni tiendas, ni museos, no leen periódicos ni utilizan internet. No me pregunten de dónde sacan para comer, vestir y pagarse sus vicios. Lo ignoro. Probablemente ellos tampoco lo sepan, ni les preocupe, y por eso han sido capaces de mantenerse a flote. No ven la realidad desde los planteamientos convencionales, es decir, no han creído nunca en la necesidad de trabajar. Estos hermanos aparecerán en alguna novela mía, pero ahora me interesa hablar del equilibrio, ese equilibrio en el que es difícil mantenerse, porque sólo un peldaño más abajo está la indigencia. Yo creo que sí es posible instalarse en la acracia, el descreimiento y la actitud diogenésica, yo creo que en el momento en el que comenzamos a dudar, en el momento en que nos planteamos que quizá sea necesario ese trabajo, entramos en la rueda, y quedamos atrapados en el sistema, como moscas incapaces de entender que son ellas mismas las que tejen la red con sus pensamientos (por supuesto, hablo desde un planteamiento individualista. Que no me crucifiquen los mileuristas obligados a trabajar para mantener a una extensa prole o pagar deudas).<br /><br /><br />En mi colegio, los Maristas de Chamberí, nos inculcaban desde niños la idea del trabajo, y nos contaban para ello, entre otras infinitas parábolas, la de tres obreros colocando ladrillos. A los tres les preguntan qué hacen, y uno de ellos responde: “yo, ganarme el pan”. Otro: “estoy colocando estos ladrillos de forma armoniosa”. Y el tercero en discordia apostilla: “yo, construyo una hermosa catedral”. ¡Qué bonito y qué aleccionador! Es que los curas lo simbólico lo tienen muy estudiado. Luego todo se queda en símbolos, ya digo, porque contrariamente a lo que preconiza esa parábola, el trabajo, para ser considerado como tal, debe caracterizarse por la alienación del trabajador, o, dicho de otra manera, que el currante tiene que acabar de pringar hasta el escroto. Les pongo un ejemplo: los curas que desempeñan su oficio de forma mecánica, leyendo el pasaje correspondiente de la Biblia en la homilía, dando de comulgar con mano blanda y dormitando en el confesionario con el alzacuellos manchado de saliva, hacen carrera en la curia, pero los que se toman su labor en serio y construyen hermosas catedrales, y se entregan completamente, como Enrique de Castro, son considerados subversivos, peligrosos, teólogos de la liberación, rogelios sin futuro en la iglesia, y al final les chapan el chiringuito. O sea, que, paradójicamente, si quieres llegar a algo en alguna actividad, es mejor que esta nunca llegue a ser tu trabajo, porque siempre habrá quien dude de tus motivos.<br /><br />Estoy pensando ahora mismo en la iniciativa colectiva del Linux en la informática, un sistema desarrollado por millones de usuarios que trabajan colaborativamente y sin cobrar, y que han conseguido que dicho programa sea mucho más eficaz y seguro que el Windows (aunque eso tampoco es muy difícil). O en las organizaciones espontáneas de gente que desprecia los partidos políticos y las ONGs, y que luchan por reivindicaciones sociales o ecologistas sin ponerse siglas. La profesionalización lleva implícito el germen de la corrupción. El amateurismo es la mejor garantía de excelencia. Da lo mejor de ti mismo, pero nunca en el trabajo. El arte por el arte, el placer por el placer. Se folla siempre mejor con alguien que no te cobra al terminar. <br /><br />El trabajo te convierte en la contraportada del sistema, en el mecanismo en el que este se apoya para seguir funcionando, el trabajo es la siniestra y cruel artimaña por la cual el organismo que es, de hecho, nuestro parásito, se las apaña para dar la vuelta a la tortilla y convencernos de que somos nosotros los que vivimos de él, y lo exprimimos. No hay simbiosis en esa relación, hay sangre, sudor y esfuerzo, hay mentira y manipulación, hay espejismos y derrota, porque el trabajo es el fracaso del hombre y del arte, es el derrumbamiento de la filosofía, el cataclismo del placer. El trabajo es el demonio que todos llevamos dentro, ese íncubo cuyo objetivo es destruirnos como seres libres y reducirnos a robots, a esclavos, a alimento de las máquinas, como en Matrix. La filosofía del Ora et Labora, el concepto luterano- calvinista del trabajo, el ganarás el pan con el sudor de tu frente, han creado un mundo como el que tenemos hoy en día. ¿No va siendo hora ya de que cambiemos el chip?<br /><br /><br />Antonio López del Moral DomínguezAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-38113112100147899152007-05-30T06:10:00.000-07:002007-05-30T06:11:55.104-07:00Firma en la Feria del LibroOs recuerdo que el jueves 31 de Mayo, estaré firmando ejemplares de mi novela "Cuando Fuimos Agua" (y de cualquier otra de las mías) en la Feria del Libro de Madrid, en la Caseta de la librería MUGA, la 323 (junto a la entrada de la C. Alcalá). Pero si a alguien le parece poco (que de todo habrá), estarán también el escritor Francisco Legaz y el poeta José Miguel Molero. <br /> <br />De 19h a 21h. Traeros amigos, familiares, perros, amantes, de todo. Os espero. Habrá sexo desenfrenado. <br /> <br />Antonio López del MoralAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-88902988905065791802007-05-03T00:31:00.000-07:002007-05-03T00:33:54.997-07:00Ciudad CartelPeluquerías afro, fruterías tropicales, locutorios telefónicos, conexiones a internet, tiendas de todo-a-cien regentadas por chinos, kebabs, Madrid invavido, Madrid, repleto, Madrid diferente, un Madrid que me sorprende de nuevo cuando paseo por el centro, a mí que ya no encontraba alicientes en esta ciudad, un Madrid que muchas veces no reconozco, pero que me gusta, que ha cambiado, que no se anquilosa, un Madrid que se abre y permeabiliza, que se somete a ósmosis, que bulle. En el modernísimo París descubrí hace muchos años el tribalismo oriental de los kebabs, y junto a ellos esas fruterías que abren 24 horas y en las que venden naranjas por unidades a precios imposibles, y poco después, en Nueva York, vi algo parecido, establecimientos siempre abiertos, pero allí lo que vendían eran coca-colas y corn flakes, símbolos interiores del imperio. Pasan varios años, estamos en Madrid, y de pronto llegan las tiendas y reemplazan las agonizantes casquerías, reducidas ya al papel de salas de autopsia donde las ancianas compran bofe para sus gatitos, carnicerías agotadas, ferreterías tristes por la soberbia del Leroy Merlín, barberías que por perder han perdido hasta el nombre, y ahora se llaman algo así como centros de estilismo. La palabra “comercio” me parece horrible, igual que “producto”, o “servicio”, es el vocabulario de la nueva economía, sustantivos sin peso y sin personas que han ido desplazando a los viejos peluqueros, los horteras que ahora son algo muy diferente, los ferreteros que ya no venden imanes, los panaderos que, de pronto, son dueños de boutiques. Sustantivos de economía nueva que se opone a la llegada de Los Otros, que habla de aranceles, de barreras, que propone matar pateras a cañonazos, ese capitalismo que ha terminado por fagocitar todas las tiendecitas dentro de la lógica cruel del Centro Comercial. El estado de cosas se encontraba en un punto muerto, las aguas se habían remansado y el sistema respiraba al fin, hasta que, de pronto, surgen, o resurgen esas tiendecitas, revisadas, reescritas, rediseñadas, y ahora las regentan chinos, árabes, sudamericanos, que no se han enterado, o quizá no quieren saber nada, de la citada lógica.<br /><br />Hace tiempo inventé un personaje en una novela, y tiempo después le encontré en la vida real (aunque a menudo me ha ocurrido el fantasear sobre algo en un relato, y después ese algo, más o menos modificado, ocurre, como en las historias de Roald Dahl, o las más kafkianas y mejores de Juanjo Millás. La ficción empieza a resultar peligrosa, la literatura, cuando invade la vida y viceversa, se convierte en un monstruo que se escapa de nuestras manos, y de esto ya escribió Mary Shelley, pero yo sigo temiendo hablar de la muerte, por lo que pueda ocurrir). Mi personaje en cuestión era Abdul, dueño de un videoclub en Chamberí, hombre ilustrado, egipcio, neurocirujano y amante del cine y la literatura, una de esas personas con las que apetece conversar durante varias horas, una compañía gratificante y esclarecedora, y, de hecho, mientras escribía mi novela pasé muchísimo tiempo a su lado, y me encantaba sumergirme en las escenas en las que aparecía, como un duende que viviese con autonomía plena en mi mundo imaginario. El germen de Abdul ya existía en un relato que había escrito unos años antes, La Sonrisa de Mohamed, y mi idea del personaje se basaba en estereotipos sobre la filosofía oriental y la más espiritual idiosincrasia árabe. Pues bien, hace un par de meses fui al centro de Madrid a pasear en solitario (es la única forma de pasear: lo contrario es conversar andando, o caminar en silencio junto a otros), y, como suelo hacer, me perdí por la Gran Vía, Sol, bajé hasta la FNAC y compré algo de música para regalar. Aún tenía pendiente qué escoger para mi compañera y amante, pero la elección era difícil, pues a ella le gusta la literatura y las flores de madera, los objetos de escritorio, los muebles de diseño antiguos, y todos esos regalos los había seleccionado ya en alguna ocasión. Mientras salía de la FNAC pensé que también le gustaba el sexo, sexo vaginal y clitoridiano, aunque últimamente tendía más hacia lo vaginal. Cuando pasé por delante del Sex Shop de la calle Ballesta, tradicional rincón de prostitución, putas viejas, frías y enganchadas que observan desde los portales, como agotadas gárgolas en hornacinas, al pasar por delante de aquella tienda extraña, decidí entrar a echar un vistazo.<br /><br /><br />El primer encontronazo estuvo a punto de hacerme volver sobre mis pasos: al bajar por aquella escalera que parecía llevarme a un sótano prohibido, una bodega, un nicho, al empujar su puerta de discoteca infestada de neones multicolores, como una atracción de feria, me topé de bruces con una mujer alta y semidesnuda que se me quedó mirando con absoluta seriedad.<br /><br />- Buenas tardes. –dijo, y en sus ojos pardos pareció aletear brevemente una sonrisa. Entonces me fije en que su desnudez estaba recubierta por una capa sutilísima de esas lentejuelas de colores en miniatura, esos brillos breves que sugieren humedad de champán, reflejos de fiestas, lámparas de guiños fosforescentes a flor de piel. Me sentía tan cohibido por su presencia, sobre todo, me sentía tan absurdo allí, con mi aspecto de cualquier cosa menos de amante que busca un regalo sicalíptico para su amada, que, intentando patéticamente afectar naturalidad, señalé hacia las vitrinas en las que se encontraban, burlones, absolutamente explícitos, los penes de goma, y dije:<br /><br />- Eh, sí, quería comprar algunas cositas.<br /><br />La sonrisa aleteó nuevamente en sus ojos, y luego me hizo un gesto con la cabeza y señaló hacia una barra tras la que había un hombre que hasta ese momento había permanecido oculto, perfectamente mimetizado con la penumbra. Me acerqué a él, aún más cortado, porque siempre resulta violento para un hombre, incluso para un bi u homosexual, comprar un pene de goma, un juguete erótico, uno experimenta el prurito de dar explicaciones, no es para mí, es un regalo, uno siente deseos de salir huyendo, pero había algo en aquel individuo, su calma interior, su filosófica manera de comportarse y de mirar, que inducía a la calma y a las confidencias. Ambientes oscuros y carmesíes, penumbras narcolépticas, cientos de revistas pornográficas en las que mujeres se llenan la boca, mujeres se solazan en el esperma brillante de los cuartos rojos, hombres penetrados por otros hombres, el esperma y su figura literaria sintetizada en la capa sutilísima de lentejuelas en miniatura que vestía la mujer que me recibió, sus pechos bañados en la metáfora, vitrinas con cinchas, peligrosísimos botecitos de popper, ungüentos, condones de sabores, vaginas vibrátiles, monstruosas en su autodeterminación, muñecas hinchables que nos contemplan con la boca abierta desde su cárcel de cristal, sorprendidas por el destino abortado de sus sueños de fresa y látex, todas aquellas cosas, que, curiosamente, en esta tienda que no era una tienda en el sentido de comercio que decía antes, sino más bien un local, algo más cercano a una biblioteca, a un cine, perdían su calidad de “productos”, de “mercancías”, y se convertían en “objetos”, en una categoría ontológica superior. Objetos absolutamente personales, objetos que se impregnarían, que quedarían irremediablemente recubiertos del ADN de sus dueños, como pruebas judiciales del placer o la depravación consentida, un grado más del sexo, una alternativa de sicalipsis, la piel, la carne, la humedad, reinventadas, estiradas, mordidas, la intimidad es algo que huele a vida, y la vida a veces huele maravillosamente mal. <br /><br />El hombre estaba leyendo un libro, y cuando advirtió mi presencia y mi azoramiento, se apresuró a conducirme a la vitrina.<br /><br />- ¿Busca quizá algo de esto?<br /><br />- Lo cierto es que sí.<br /><br />Me ayudó a escoger con la calidez del profesional, del hombre que se encuentra más allá de la comprensión, y la experiencia de comprar aquel pene de látex fue gracias a él absolutamente gratificante. Su manera de aconsejarme, la pregunta que me hizo acto seguido (“¿lo querrá envuelto para regalo, verdad?”), su aire de diplomático apartado a conciencia de las embajadas, su savoir faire de hombre de mundo, resultaron tan agradables que después de que envolviese el regalo y tras devolverme la VISA, permanecí un rato charlando con él. Me explicó que había tenido que marcharse de su país Egipto, porque allí no se podía vivir, me dijo se había separado de su mujer antes de tener hijos, y que en realidad nada le ataba a aquella zona, no creía en la nostalgia, el tiempo presente era mucho más importante que los recuerdos, y éstos, añadió con una sonrisa, son rémoras que nos impiden avanzar en la vida, parásitos de los que convenía desprenderse lo antes posible si uno quería quedar libre para nuevos amores, nuevas vidas. <br /><br />- Ni siquiera echo de menos mi trabajo, y era lo que más me gustaba de allí.<br /><br />Le pregunté a qué se dedicaba, y me respondió que era neurocirujano, pero que en realidad había descubierto que lo más interesante de la mente humana era lo que no se podía tocar con un bisturí, y mientras hablaba, en uno de esos instantes esclarecedores, una variación metafísica de la magdalena proustiana, me di súbitamente cuenta de que me encontraba frente a Abdul. Abdul, Abdul, mi personaje, repentinamente materializado frente a mí, Abdul, de origen egipcio, llevaba casi veinte años en España, en El Cairo era neurocirujano, pero la vida, explicaba con filosofía, ah, la vida, y la mujer desnuda se acercaba a él y le sonreía, y Abdul, quizá incluso se llamase así, Abdul le devolvía la sonrisa y como por casualidad, con naturalidad de amante viejo, le acariciaba una nalga, cuando llegó a España las cosas eran diferentes, la sociedad no era tan violenta, sabe usted, hablaba con calma y distanciamiento irónico, hablaba con sabiduría, charlamos durante casi veinte minutos yo estaba fascinado por el descubrimiento, por la forma peculiar e inversa en que mi literatura había saltado hasta mi vida, y no al contrario, como solía ocurrir, y después de un rato nos quedamos en silencio, y me sentí tentado de contarle que yo había ideado un personaje como él, y que ahora de pronto le encontraba, y pensé que seguramente entendería la singularidad de la situación, que sonreiría con aquella filosofía suya y me contaría algo interesante, pero inmediatamente me dije que quizá se rompiese entonces la fragilísima conexión, que si revelaba el secreto tal vez nunca podría escribir sobre ello, y no quise siquiera preguntarle su nombre, y le dije adiós. Salí de nuevo a la Gran Vía con el pene de látex cuidadosamente envuelto en papel de regalo, me sumergí de nuevo en la vida, en la luz, en los coches, en la cadencia amortiguada del ajetreo diurno, y las sucesivas capas de cotidianeidad, de raciocinio y de obligaciones me fueron haciendo bajar hasta la realidad, peluquerías afro, fruterías tropicales, locutorios telefónicos, kebabs, Madrid invadido y repleto, la ciudad infiel que describí en uno de mis primeros relatos, ciudad cartel, y acaricié el regalo que llevaba para Irene, y sentí, de pronto, la vivísima punzada del deseo entre las piernas.<br /><br />Antonio López del Moral DomínguezAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-65041277408509819242007-04-02T05:24:00.000-07:002007-04-04T12:52:08.714-07:00El ángulo del horrorCuando yo era niño, me resultaban especialmente fascinantes las historias que ocurrían en el pueblo de mis abuelos. El pueblo era ese territorio mítico en el que todo podía pasar, un lugar mágico y misterioso, lleno de olores, crujidos, sombras y cuadros con ojos. Mi preferida era esa en la que mi abuelo, una noche, comenzó a escuchar algo en el piso inferior. Sin despertar a mi abuela se levantó, cogió un garrote, y bajó despacio las escaleras. Cuando llegó a la cocina, comprobó que el ruido salía de allí. ¡Había alguien! Se oía un rumor seco, como si estuvieran rascando la madera. Haciendo acopio de fuerzas, mi abuelo dio un pisotón y vociferó: “¡El que tenga salero que salga!” Y entonces, como en una pesadilla, de la oscuridad de la estancia surgió un enorme cerdo negro que, en su carrera desesperada, enganchó a mi abuelo y lo encaramó a sus lomos de un topetazo. Presa del pánico, el pobre hombre sólo alcanzaba a chillar: “¡María! ¡Socorro! ¡Que me llevan!”<br /><br />El origen de los cuentos que se transmiten de padres a hijos, y que dan origen a los relatos que hacen soñar a los niños, podría encontrarse en un ruido extraño en la cocina de una casa enorme y fría. Cada país tiene sus propias leyendas, porque cada país tiene también su particular viento helado, sus tardes larguísimas, sus noches oscuras y afiladas, sus sacamantecas y hombres del saco. Las leyendas y cuentos configuran la herencia cultural de los pueblos, un maravilloso regalo que no se pierde aunque nunca se escriba, porque son las cabecitas de los niños las encargadas de guardarlos hasta la siguiente generación. Mi abuela contaba que, de niña, un verano comenzó a ponerse muy enferma sin que los médicos consiguiesen dar con lo que le ocurría. Desesperados, sus padres decidieron llevarle a la curandera del pueblo, una mujer huraña y hosca con fama de tener tratos con el diablo. Aquella bruja sólo necesitó un minuto para saber lo que pasaba. “Dentro del cántaro de agua hay un bicho, que la está envenenando”. Al regresar a su casa, mis bisabuelos comprobaron que, efectivamente, dentro del cántaro de barro, habitaba una enorme araña. <br /><br />Pero, ¿qué ocurre cuando desaparecen los cántaros y las brujas leen el horóscopo en el prime time, cuando las noches son menos noches porque a las diez encienden las farolas, cuando los cerdos dejan de vivir en las casas? Que los cuentos van siendo absorbidos por la ciudad, y la magia deja paso a la realidad pragmática, prosaica y tranquilizadora. Hemos ganado en razón, pero hemos perdido la bruma, el misterio, el hechizo y las noches de tormenta. Cada vez que sonaba un trueno, mi abuela se aferraba a su rosario y musitaba: “Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, líbranos de las tormentas”. Ahora no nos acordamos de Santa Bárbara ni cuando truena, porque no nos acordamos tampoco de nuestros abuelos, ni de las historias y cuentos que nos contaban de niños, al calor del hogar, mientras fuera la lluvia arreciaba.<br /><br /><br /><br />El cuento es la traslación de la leyenda, la materialización de eso que ahora se llaman “terrores nocturnos”, y que, en los tiempos de mi abuela, no era más Santa Bárbara escribiendo en el cielo negro con los renglones torcidos de las borrascas. En el principio fue el cuento, y luego vino todo lo demás, el Antiguo Testamento, la manzana prohibida, las cabezas cortadas y los mordiscos encabritados en las pantorrillas, que te propinaban en sueños esos perros negros salidos de la oscuridad, con la boca llena de espuma. Antes había cuentos, y nubes grises, y se rezaba el rosario para salir de casa las tardes de lluvia, y ahora hay televisión, y pleiestesion, y cuando amenaza tormenta se mira la predicción meteorológica en internet. Hemos ganado en seguridades todo lo que hemos perdido en magia y misterio, pero, irónicamente, no hemos conseguido eliminar eso que Cristina Fernández Cubas llamaba “El ángulo del horror”.<br /><br />La otra noche me llamó mi hija, aterrorizada. “Tengo miedo”. “¿De qué, cariño?”. “No sé. Tengo miedo”. Y entonces pensé que ya no hay tormentas, ni brujas, ni demonios, pero sigue habiendo miedo. El miedo continúa, pero no es la misma clase de miedo de cuando existían motivos oscuros y misteriosos. Hay miedo porque el ser humano es débil, y ha construido una sociedad a su imagen y semejanza. Vivimos en una aldea aterrorizada, una comunidad de cobardes que trata de protegerse erigiendo muros, estableciendo fronteras cada vez más insalvables, confinando en ghettos a los diferentes (porque siempre es a lo diferente a lo que tememos), y convirtiendo las sombras en sueños de la razón, que producen monstruos en las esquinas del alba. Hemos matado a las brujas, pero ellas, como venganza, nos han metido el miedo en los cromosomas. <br /><br />Lo que más pánico me daba, siendo niño, era la habitación del cuadro, en la casa del pueblo. La casa se llamaba Villa San Miguel, y en la estancia del fondo, la de mi tía, había colgado un tétrico lienzo de tonos azules, negros y blancos, con una aterradora imagen de San Miguel expulsando del Cielo con su espada de fuego a un Diablo caído, negro, retorcido sobre sí mismo, una silueta negra y sin ojos, pero de relieve tan pronunciado que casi daba la sensación de poderse tocar. Aquel cuadro llegó a obsesionarme hasta el punto de que no me atrevía a pasar por delante de la puerta. Por desgracia para mí, no quedaba otro remedio si quería llegar a mi cuarto, así que, al menos, procuraba no hacerlo solo, y posponía el momento de acostarme hasta que alguien, mi abuela, mi madre, mi tía, o Genoveva, nuestra criada, se decidía a ir hacia allí, y entonces, disimulando, me colocaba a su lado, y llegaba temblando a mi cama. La casa era enorme, helada, de pasillos largos y techos altísimos, con espejos desconchados de bordes de madera tallada y dorada, era una casa que asustaba, y además el cuadro parecía de película de terror, y por eso siempre pensé que mi angustia estaba justificada, pero cuando el otro día Andrea me dijo que tenía miedo, no vi a su alrededor cuadros, ni sombras, ni espadas de fuego, sólo la tranquilizadora habitación de una niña con juguetes, libros y tonos pastel, la habitación que yo hubiera querido tener en la casa del pueblo, y me acordé de eso que decía Alfonso Domingo: que el miedo es un monstruo en un laberinto que llevamos dentro, y que nunca conseguimos huir de él por completo. <br /><br />La literatura de terror, la buena, azuza ese monstruo, lo despierta un poco, para que nos muerda suavemente el corazón, como un parásito, o un íncubo. El infierno no son los otros, el infierno está en la otra esquina, la de las sombras y las patas de araña, la esquina de las doce en punto, la televisión encendida, el cuaderno arrojado en la moqueta y el pañuelo manchado de carmín. El horror está en nosotros, en la mirada, el ojo, la mano o el croissant mordido, el horror son unos ojos fríos, una cuna vacía, la desencajada mandíbula de alguien que acaba de morir, o que sabe que no tardará en hacerlo. No me asustan los monstruos con garras o colmillos; me asusta ese niño proustiano que se despierta y, por unos instantes, no sabe quién es ni dónde está. <br /><br />(Recomiendo a todos los amantes del terror que no dejen de leer Lunar Park, de Bret Easton Ellis. Imprescindible). <br /><br />Antonio López del Moral DomínguezAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-33127395186366053372007-01-23T00:37:00.000-08:002007-01-24T01:02:25.456-08:00Sexo, mentiras y novelas eróticasHace algunos añitos, estaba yo en la facultad de Periodismo, en el bar, desde luego, tomando unas copas y fumando un cigarro (todavía se podía beber y fumar en la universidad), cuando llegó Lola. Lola era una compañera un poco gallega, un poco pelirroja, un poco atlántica, Lola (García Otero) es hoy una gran actriz, y era entonces una gran escritora, o eso decía. Por aquella época estaba de moda entre los tíos explorar tu lado femenino. Yo , un poco por llevar la contraria, me dedicaba a explorar mi lado literario, ya sabéis, como el lado femenino, pero a la sombra de las muchachas en flor, todo muy proustiano. Yo es que soy proustiano, por la gracia de Dios.<br /><br />El caso es que, explorando mi lado literario, me dedicaba a escuchar atentamente todo lo que se decía a mi alrededor, para luego construir diálogos en mis relatos, y así escuché a Lola explicar que estaba escribiendo una novela, pero que no sabía cómo seguir.<br /><br />- Es que me he atascado en la escena erótica. –dijo la tía.<br /><br />Me dejó de piedra. No sólo escribía novelas, sino que además lo tenía todo tan claro que hasta incluía una escena erótica. Hacía falta tener capacidad de planificación para hacer eso. Luego me di cuenta de que además hacía falta tener talento. E ingenio. Y voluntad. O las tres “bes” del torero: boluntad, balor y buevos. A Lola le sobraba todo eso, o al menos me lo pareció en aquel momento. Le sobraban las “bes”. Y los buevos. Le sobraba incluso la literatura, porque Lola no necesitaba literatura para escribir una escena erótica. <br /><br /><br />Aunque lo que yo intento aquí es dilucidar si la literatura necesita las escenas eróticas. O de si necesita del erotismo. Me acuerdo de eso que contaban sobre cuando a Cela le pidieron un argumento, y contestó: “tome nota, un hombre ama a una mujer. Con talento, le sale la Cartuja de Parma”. ¿Y si en vez de talento le añadimos un poco de carne? Luego volveré sobre el tema de la carne, pero ahora me interesa entender si la novela necesita de una escena erótica para ser novela. ¿La novela del siglo XXI será erótica o no será? Vaya usted a saber. El hecho es que cada vez hay menos erotismo en la vida real, asi que, ¿cómo va a haberlo en la literatura? Mi novela, Cuando Fuimos Agua, no quisieron presentarla en la Casa del Libro, porque en la contraportada pone algo sobre erotismo. Y en Radio Intereconomía, cuando me entrevistaron, se me ocurrió ponerme a hablar sobre pornografía, y el entrevistador, Pepe Cavero, arqueó una ceja, sonrió y cortó cuando ya la cosa empezaba a ponerse caliente. Debió ser la entrevista más corta que recuerdo en mis 20 años de periodista. Ni dos minutos. Una rapidita, que se dice. Entrevistatio precox. En fin.<br /><br />El problema es que la literatura sufre un poco de lo otro, o sea, de la eyaculatio precox, y por eso el placer lo sirve envasado, enlatado, envuelto en papel celofán, y rapidito. Sobre todo rapidito. Un aquí te pillo aquí te mato, que se dice. Y ante tanta rapidez, ¿dónde queda sitio para el erotismo? Decía el gran Berlanga que a él lo que le gusta no es desvestir a las mujeres, sino vestirlas. Lo ha dicho en varias charlas suyas a las que he asistido. Recuerdo que en una de ellas, Carmina, una amiga que me acompañó, estaba escuchándole atentamente cuando empezó con lo de vestir a las mujeres. Y entonces, mirándola fijamente, Berlanga añadió: “a usted, señorita, por ejemplo, ¿no le gustaría que yo la vistiera?” Y Carmina, ni corta ni perezosa, contestó: “Uy, no tiene usted dinero para vestirme a mí”.<br /><br />En esta sociedad, en la que todo se paga con dinero, en la que todo se entrega convertido en producto, el erotismo tiene su sitio, desde luego, pero es un sitio en los escaparates y en los estantes de los grandes almacenes. El erotismo de la vida cotidiana desaparece cada vez más, y lo mismo ocurre con el erotismo en la literatura. A mí es que, antes, las novelas que me ponían más cachondo no eran las eróticas. Eran las otras, esas en las que lo erótico aparecía entreverado con lo no erótico. Yo recuerdo que mis primeras poluciones nocturnas, las deliberadas, quiero decir, fueron inspiradas por la Familia de Pascual Duarte, de Cela. Debía tener yo 10 u 11 años, y no les quiero ni contar cómo me puso la descripción esa de las pantorrillas de una feligresa, embutidas en medias negras, prietas como la carne de una morcilla… ¡Dios! Apenas terminé el libro, me lancé a leer La Colmena. Y allí encontré a Aurora, Aurorita, cuando le dice eso de “enséñame los pechitos”. Joder, me estoy poniendo malo…<br /><br />El erotismo es el amor, y el amor sólo puede ser carnal, porque si no hablaríamos de otra cosa, de afecto, o éxtasis místico, aunque, qué quieren que les diga, los éxtasis de Santa Teresa también tienen una carga erótica, que hay que saber verla, pero que si la llegas a ver, te pone, te pone. ¿Y qué me dicen del gran Arcipreste de Hita? El Libro del Buen Amor probablemente sea uno de los primeros libros eróticos de la historia, suponiendo que exista eso que acabo de decir, es decir, libros eróticos. Los libros son como las personas. ¿Hay personas eróticas? Sí, pero no siempre. A mí Angelina Jolie me envenena los sueños, pero no siempre. ¿Entienden? Luego está Henry Miller, que debió pasar la vida en estado de erección permanente. Como dijo Bukowski, cuando Miller era bueno, era muy bueno. Yo añadiría, como dijo Mae West, que cuando era malo, era mucho mejor.<br /><br />Henry Miller era erótico, del mismo modo que lo es El Lazarillo de Tormes, o Quevedo. De Quevedo no puede decirse que confundiera el culo con las témporas. Quevedo hablaba del culo, y así inauguró una gloriosa tradición literaria, la de los culos, que siglos después Juan Manuel de Prada intentó recuperar dándole otra vuelta de tuerca, al presentarnos aquella novela suya, crípticamente titulada “Coños”. Pero volvamos a Quevedo. El de Villegas daba a entender que estaba obsesionado con el culo, cuando lo que realmente hacía era recuperar la tradición erótico festiva de Rojas y La Celestina, sólo que desde, digamos, otro punto de vista. Con otra mirada. Bueno, sí, con otro ojo. No diremos cuál. Y tanta obsesión, como diría Freud, sólo puede estar enmascarando un deseo sexual insatisfecho. Quevedo, según Freud, se encontraría en la fase anal, psicológicamente hablando. Y ahora que lo digo, anda que Freud no era erótico ni nada… Para Freud todo complejo pasa por el de Edipo. Si tengo una depresión, en el fondo lo que me ocurre es que tengo celos de mi padre, porque recuerdo las cálidas noches de amor con mi madre, cuando yo estaba en la cuna. A mí mi madre no me ponía mucho, pero tengo bellos recuerdos de algunas de sus amigas. Concretamente, me viene a la cabeza un viaje en coche, doscientos kilómetros de un verano con mi pierna infantil pegada a la pierna desnuda de una de esas amigas que… Bueno, no sigo. Volviendo a Freud, no me digan que después de digerir de toda esa sesuda y fría analítica conceptual, no le entran a uno ganas de arrancarle la bata a a mordiscos a la enfermera, o a la psicoterapeuta más cercana… Los divanes de los psicólogos han sustituido, en innúmeras ocasiones, los tálamos nupciales.<br /><br />Y por cierto, hablando de tálamos me viene a la cabeza Nabokov, no sé por qué. Joder qué cabrón. Cómo escribía. Y qué capacidad de evocación carnal. ¿Lolita es una novela erótica? Lolita es una de las mejores novelas del siglo XX, y quizá una prueba de ello sea que durante mucho tiempo estuvo prohibida, por pornográfica, y mister Vladimir tardó bastante tiempo en encontrar un editor que tuviese lo que había que tener. Claro que a lo mejor Nabokov no iba a Radio Intereconomía y se ponía a hablar de lo divino y lo pornográfico de un modo, digamos, desnudo. Desnudar la pornografía. Otro día, si les parece, hablamos de eso.<br /><br />La pornografía me parece necesaria, en unos tiempos en los que cada vez se prohíben más cosas. Desaparece el Premio La Sonrisa Vertical, al Gran Berlanga le dice una muchachita en flor que no tiene dinero para vestirla, prohíben las hamburguesas gigantes, las mujeres entradas en carnes quedan sólo para modelos de Botero, en las óperas de Mozart no nos dejan cortarle los cojones a Mahoma (sí, si, ya sé que era la cabeza), la Iglesia, de uno u otro signo, nos dice cómo actuar, con quién casarnos, la forma correcta de fornicar, y no se te ocurra hacerlo con alguien de tu mismo sexo, que te excomulgo. Vivimos tiempos cada vez más pacatos, y estamos llegando a los extremos de que se apalee a la gente por besarse públicamente, que se prohíba celebrar su boda a según qué novios, que el libro de Ratzinger se venda más que el de Nacho Vidal, o, lo que es peor, que la gente sepa quién es Ratzinger pero no sepa quién es Nacho Vidal. O Rocco Siffredi, por poner dos ejemplos ilustres. Como decía mi amiga Lola, nos hemos atascado en la escena erótica, y no sabemos cómo tirar hacia delante, y, mientras tanto, los Otros nos organizan sus fiestas rave alternativas de lo políticamente correcto, y nos dicen qué comer, dónde fumar, cómo vestirnos o con quién fornicar. Esta locura tiene que acabarse. Propongo un par de actividades: más lecturas pornográficas y más sexo. ¿Para cuándo esa megaorgía en el Parque del Oeste? Pásalo. <br /><br /><br />Antonio López del MoralAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-4338162151189055812006-12-04T00:27:00.000-08:002006-12-04T00:35:18.485-08:00Presentación de Cuando Fuimos AguaBueno, ha costado pero por fin tenemos fecha: el día 15 de Diciembre a las 20:00 de la tarde, en la librería- café El Bandido Doblemente Armado (Madrid), se va a presentar mi novela Cuando Fuimos Agua (ya sabéis, la porno-erótica-etc). Me gustaría mucho veros por allí, para tomar algo y charlar un rato. La dirección es: calle Apodaca, 3 (paralela a la Plaza de Barceló, entre calle Fuencarral y Mejía Lequerica). Aparte de la presentación, la librería -café es un sitio muy curioso, así que podréis emborracharos y admirar los ejemplares (de libros, me refiero, aunque de los otros también habrá).<br /><br />Os recordaré la fecha un par de días antes. Por cierto, podéis decírselo a toda la gente que queráis, la entrada es libre...Antonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-19589699595846345472006-11-16T01:26:00.000-08:002006-11-16T01:35:59.706-08:00Primer áccesit del Premio Internacional Vivendia de libro de relatosEl jueves, 15 de noviembre, se dio a conocer en el Teatro Buero Vallejo de Guadalajara, el fallo del jurado del I Premio Internacional Vivendia de Libro de Relatos. El ganador fue Antonio López Alonso por su obra "Soledad de Otoño, infancia de silencio", y el primer áccesit lo obtuvo mi libro "En el espejo".<br /><br />Según reza en la nota de prensa, la obra "En el Espejo", de Antonio López del Moral, describe "ambientes urbanos, habitualmente marginales, un submundo de drogas, homosexuales, tipos patibularios, decadentes y decaídos representantes del espectáculo. La presencia del tren, del viaje, se repite como metáfora de la partida, de la muerte, de la ruptura con la propia vida. Obra contemporánea y atrevida, escrita para el lector que se atreve a aceptar al escritor como Cicerone por el infierno actual, dispuesto a enfrentarse con los propios fantasmas". <br /><br />En fin, supongo que algo de eso hay en el libro, pero hombre, no sólo hablo de drogas, de sexo y decadencia. En cualquier caso, os invito a leerlo cuando lo publique la editorial. Os indicaré aquí la fecha.Antonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-1162901287820538842006-11-07T04:05:00.000-08:002006-11-16T02:00:27.276-08:00AracnofobiaLas arañas me han inspirado siempre un terror licuante. Delante de una araña me convierto en otra persona, mis manos tiemblan, sudo, tartamudeo, incluso tengo a veces la clarísima sensación de perder el conocimiento. No imagino otro ser más aterrador, ni una imagen más desazonadora. Recuerdo infinitos episodios de mi infancia y adolescencia en Villa San Miguel, la casa de mis abuelos en el pueblo, una edificación enorme, antiquísima y, por supuesto, infestada. Estaban por todas partes, caían desde el techo cobre mi colcha, aparecían de improviso flotando en una jarra de agua, sobre la butaca en la que me disponía a sentarme, o, más espantosas aún por el contraste, sobre los manteles blanquísimos que extendía mi abuela sobre la mesa, inmóviles y yo diría que burlonas, desafiantes, negras y crueles junto a los platos y los tazones de loza. <br /><br />En el jardín, enorme y descuidado, sabía que las encontraría en los sitios más insólitos, en uno de los huecos de la arquitectura de yeso del porche, entre las enredaderas, colgando de un hilo justo a la altura de mi cara, o silenciosas y taimadas en las redes, como minotauros en sus laberintos. ¡Dios! Incluso hallé una, no me pregunten cómo llegó, dentro de una caja de cerillas, ¡y la toqué con los dedos! Creo que nunca podré olvidar aquella sensación. <br /><br />Podría pasar horas hablando sobre ello, pero ahora sólo quiero contar lo que ocurrió la tarde que Pilar se marchó para siempre, sin que yo le hubiese llegado a confesar mi amor. La quería tanto que me dolía su ausencia como una herida, había escrito todos mis primeros poemas para ella, y la perspectiva de perderla sin que supiese, me decidió a dar el paso. Saqué fuerzas, repasé mentalmente lo que le diría en la estación, preparé mis mejores palabras y ensayé un par de veces ante el espejo mi única sonrisa triste. Cuando ya corría hacia la puerta, encontré la araña más enorme, negra y espantosa, colgando siniestramente del dintel, a la altura de mi cabeza, impidiéndome salir. Me quedé inmovilizado, sin atreverme a rodearla, porque eso hubiera supuesto pasar a su lado, sin atreverme tampoco a cruzar por debajo, porque el terror a que me cayese encima era tan fuerte que casi hacía que me desmayase. El tiempo pasaba, el tren partiría pronto, y yo perdería, sin duda, y el sabor de aquella primera derrota marcaría mi vida quizá para siempre.<br /><br />Registré la casa y regresé a la puerta armado de un espray insecticida, a prudente distancia lo vacié sobre el monstruo, que al principio se resistió, intentó huir, escapar de su propia tela empapada, y luego, lentamente, en una agonía casi coreografiada, cayó al suelo, justo delante de la puerta, encerrándome aún. Todavía movía sus horribles patas, todavía era capaz de inmovilizarme. No me quedaba ya insecticida, de modo que busqué por todas partes, y encontré otro espray, esta vez de espuma de afeitar. La enterré en un montón de nieve blanca que me libraba de su visión, pero, cuando ya levantaba el pie para pasar por encima, vi que asomaba otra vez, aún más negra, aún viva. No sé cómo pude hacerlo, no sé de dónde saqué la fuerza, pero dejé caer el pie violentamente, y luego otra vez, y otra, y otra, y sentí mi cuerpo como algo líquido, algo que ya no me pertenecía, sentí un vértigo brutal, una embriaguez absoluta mientras saltaba sobre el montoncito de nieve, y grité hasta romperme la garganta, y lloré, y sudé, en aquella ceremonia catártica, aquel baile de liberación, aquel horror.<br /><br />Cuando llegué a la estación, el tren se alejaba.<br /><br />Antonio López del MoralAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-15582564448484934552006-09-17T05:12:00.000-07:002007-09-17T08:13:47.968-07:00<a href="http://bp0.blogger.com/__FAWuSUiJM4/Ru5vZl4SHMI/AAAAAAAAAA0/qWNMIUI47BE/s1600-h/ANTONIO+LOPEZ+DEL+MORAL+2.jpg"><img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px;" src="http://bp0.blogger.com/__FAWuSUiJM4/Ru5vZl4SHMI/AAAAAAAAAA0/qWNMIUI47BE/s1600-h/ANTONIO+LOPEZ+DEL+MORAL+2.jpg" border="0" alt="" /></a>Antonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-1141335965788507902006-03-02T13:45:00.000-08:002006-11-16T02:01:40.243-08:00Ayatolah, no me toques la pirolaEstoy alucinando bastante con lo del cómic danés y las rotestas musulmanas. Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho y me da exactamente igual que los clérigos de los cullons lleven sotana o chilaba y turbante, el caso es que en el momento en l que se permite que la idea de Dios se filtre por las rendijas del pe samiento racional, ese concepto abstracto se va inmiscuyendo cada v z más en los asuntos de la vida cotidiana, hasta que llega a desp azar por completo al pensamiento racional, y hasta al pensamiento ismo. El hecho religioso, sea del signo que sea, y entendido en su ertiente social (no estoy hablando de la fe como asunto íntimo), es l cáncer más peligroso de la civilización, porque ante la perspect va de un Dios plenipotenciario, omnipresente y absoluto, ¿cómo se le van a oponer ideas tan simples y humanas como la de la li ertad de expresión? Creo sinceramente que no estamos apreciando e peligro en su justa medida. Cuando un indeseable con el cerebro e tumecido por la fe y borracho de perspectivas ultraterrenales es capaz de lanzar una condena a muerte desde el púlpito, y su ocura es aceptada por miles de f náticos dispuestos a ejecutarla a la menor oportunidad, ya no estamos hablando de cuestiones íntimas, de ideas y creencias, o de la salvación del alma: estamos hablando i más ni menos que de crimen org<br /><br />Crímenes organizados los hay de muchos tipos, como los que montaron los asesinos de Bush, Aznar, Blair y Berlusconi en Irak, o como los que organiza a diario el estado terrorista de Israel en Palestina, pero el hecho de que de aquellos polvos vengan estos lodos, es decir, que el resurgimiento del fanatismo religioso islámico sea una consecuencia del fanatismo capitalista (y también religioso cristiano, no nos engañemos), no significa que una sociedad laica deba aceptar imposiciones dictadas desde el territorio ambiguo y peligrosísimo de la religión.<br /><br />Y me refiero a cualquier tipo de religión, no sólo de la musulmana. En Occidente ya tenemos bastantes problemas causados por las injerencias en la vida cotidiana de obispos, cardenales, paparatzingers, curillas y meapilas que reprimen patéticamente su homosexualidad, como para encima tener que aguantar las estupideces absolutistas de cuatro ayatolahs. El pensamiento occidental superó por suerte la etapa filosófica de Guillermo de Ockham, que proclamaba la potentia absoluta Dei como sistema de comprensión de la realidad, y cuando ya parecía que avanzábamos, resulta que va a ser que no, oiga, que ahora va usted a legislar lo que yo le diga, así que olvídese del matrimonio homosexual, aunque sea matrimonio civil, olvídese de la educación laica, que los colegios son cosa de curas, no me toque el chador, que las mujeres no deben enseñar el rostro, y no me hable de eliminar la ablación del clítoris, que el placer femenino está prohibido por Dios. Olvídese, en suma, de la moral agnóstica, que el conocimiento, y por ende, las leyes, las dictamos nosotros por la gracia del Único. <br /><br />Cuando digo que esto es peligrosísimo, a las pruebas me remito: se empieza montando manifestaciones y se termina lanzando cócteles molotov contra una embajada porque en el país que representa se ha publicado un cómic en el que aparece el Profeta. La religión no es ya que sea el sustituto natural de la cultura y de la razón, es que es ni más ni menos que un trasplante cerebral consentido, voluntario, y con efectos psicoactivos. Ya que se están poniendo en Europa tan coñazos con lo del tabaco, deberían poner a la entrada de las iglesias, las mezquitas y las sinagogas un cartel que rezase (nunca mejor dicho): “las Autoridades Sanitarias advierten que el uso de la religión es peligroso para la salud mental”.<br /><br />Y que conste que cuando leí que Hamás había ganado las elecciones en Palestina, no pude reprimir un sordo sentimiento de alegría. Yo sigo siendo de esos que piensan que “con las armas en la mano, Palestina vencerá”, creo que con Israel no hay que negociar, porque para negociar debe darse una igualdad de posiciones y un equilibrio de fuerzas, y no lo hay, creo que a Israel sencillamente habría que obligarle por las buenas o por las malas a acatar la legalidad internacional. O sea, que Israel me parece un estado terrorista, igual que los USA, así que cuando leí lo de Hamás me dije: “hombre, por fin,”. Pero luego me puse a pensar, y llegué a la conclusión de que lo que aquí se está dirimiendo, además de asuntos de dinero y poder, como siempre, es la guerra entre las tres grandes religiones: el cristianismo, el judaísmo y el islam. O sea, como siempre. <br /><br />Si examinamos las guerras que se han dado en el mundo durante los últimos siglos, veremos que en casi todas ellas aparece de forma más o menos destacada la cuestión religiosa. La religión, que proclama farisaicamente la paz, es paradójicamente la principal causa de guerras en el mundo. Porque la religión, que proclama hipócritamente el amor, en realidad siempre termina sirviendo al odio. Porque la religión, que proclama farisaicamente el desapego hacia lo material, en realidad sirve a los intereses terrenales de los más fuertes, y no es otra cosa que un instrumento de control social y manipulación y una muy rentable fuente de ingresos económicos. Porque la religión, o sea, lo único que pretende es que sean los otros quienes se desprendan de sus bienes, pero sólo para que los obispos y los ayatolahs puedan seguir viviendo como curas a costa de la estulticia de los feligreses. <br /><br />El asunto del cómic me parece mucho más importante de lo que pueda parecer a primera vista. ¿Por qué los agnósticos, ateos y laicos debemos permitir que los religiosos nos digan lo que tenemos que hacer, y en cambio ellos no nos permiten salirnos ni un milímetro del guión? ¿Por qué, si la religión proclama la Potencia Absoluta de Dios sobre las leyes humanas, no podemos los no religiosos proclamar la superioridad de esas leyes sobre los asuntos de la religión? En definitiva, ¿por qué los curas pueden decir lo que les de la gana desde los púlpitos y los minaretes, pero desde los periódicos y medios de comunicación nadie puede decir nada sobre ellos, porque, oye, es que te lanzan una fatwa y te joden la vida? A mí me ofende muchísimo que Ratzinger diga que los homosexuales son desviados (y que Rajoy le apoye oponiéndose al matrimonio gay, tiene cojones. No te acerques, que me tiznas, dijo la sartén al cazo), que el imán de Fuengirola explique cómo pegar a la esposa, o que en ciertos países musulmanes se practique la censura más inquisitorial. Me ofende mucho, pero, oiga, como creo eso que decía Clint Eastwood de que las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una, pues me aguanto. El problema aparece cuando surgen miles de iluminados que no se aguantan, y que pretenden imponer por la fuerza o por la fatwa su visión de la realidad. Y eso sí que no, oiga.<br /><br />Así que reivindico mi derecho a cagarme en Dios, en todos los dioses, y si alguien se ofende, que le vayan dando. Reivindico la ofensa de pensamiento y palabra (no de obra) como parte fundamental de la libertad de expresión, y como sano ejercicio democrático. Reivindico mi derecho a que nadie me diga o me imponga lo que hacer o pensar. Y reivindico también esa vieja frase de Durruti, lamentablemente olvidada: la única iglesia que ilumina, es la que arde. <br /><br />Antonio López del MoralAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-1129468031652612062005-10-16T06:05:00.000-07:002006-11-10T01:20:45.343-08:00Que vienen los negrosLo más alucinante son los comentarios del personal. Que si podían quedarse en su puto país, que si la culpa de todo esto la tiene la televisión, porque les muestra el paraíso en la otra esquina, como diría el otro. Claro. Ven que en Occidente hay coches, y ti ndas, y gimnasios con spa y pilates, y otras gilipolleces por el estilo, no hay color, oiga, yo es que entre pisar las calles nuevamente de lo que fue N’Yamena, Abuja, Kampala o Kigali ensangrentados, o sea sabes, que me quedo con los suburbios de cualquier capital europea, ver si aquí me dan dos petit suisses, o viene el primo de zumosol que he oído decir que el desayuno es la comida más importante <br /><br />Son las cosas de la globalización, que globalizar globaliza, pero sólo la publicidad, el comercio descarado, eso sí, con precios ajustados a la realidad de cada país, que, como los precios son algo ficticio que se sacan de la manga los del departamento de márketing, pues qué más da, si al fin y al cabo las Nike las cosen los hijos de estos hijos de puta desgraciados, pues que se las compren a precios locales, si es que les llega después de pagar la… ¿cómo se llama la mierda esa que comen? ¿Sopa de sémola?<br /><br />Lo de poner un negrata en tu vida queda muy bien, dentro de nada hacemos unas galas en televisión para apadrinar un niño, que con sesenta euros al año le pagas la escolarización, porque en estos países asquerosos la educación cuesta menos que nada. Hay que tener la conciencia tranquila, el domingo voy a misa, y como aquí los pobres los han quitado de la puerta como medida de maquillaje (o de peeling, o, en Cervantes, exfoliación), pues hago una transferencia por internet, que es más moderno, ¿cuál era el número de cuenta de la oenegé esa?<br /><br />El horror de la realidad nos llega amortiguado, atemperado por la televisión, donde tienen órdenes concretas de no mostrar las imágenes más crudas, que los niños están todo el día delante del televisor, y pobrecillos, bastante tienen con la pleiesteision como para encima ver a un negro cubierto de harapos dejándose literalmente la piel en los pinchos de una valla. Porque, claro, luego empiezan con las preguntas. Ayer por la noche mi hija quería saber por qué vienen a España. Pues hija, porque en su país no hay comida, y ven que aquí sobra. ¿Y por qué no les enviamos alimentos, y así se quedan allí? Porque no es sólo la comida, es el trabajo. ¿Y por qué no les enviamos empresas, para que les den trabajo? Pues, porque, hija, a las empresas no les interesa, porque no venden, y lo de que ellos trabajen o no, les da igual, sólo quieren vender, y cuando van a estos países es porque a esta gente les pagan muy poco, y fabrican las cosas allí, pero las venden aquí, y además los que trabajan son los niños porque cobran menos, y eso no está bien. Y mi hija asentía muy seria, y me decía: no, eso no está bien. Y su cabeza seguía dándole vueltas a esas preguntas, las mismas que yo me hacía, y para las que no pude darle ninguna respuesta seria, porque si todos nos pusiéramos serios, tendríamos que concluir que esto no funciona, que la mentira de Occidente apesta, que nos hemos tumbado a tomar el sol en un solarium construido sobre millones de cadáveres (poco o nada) exquisitos.<br /><br />La realidad nos asalta, nos supera, nos viola en nuestra comodidad de estuco y cuero de primera calidad, la realidad no es un robo, es un puñetazo en el estómago, pero por suerte la percibimos a través de la televisión, y así parece menos realidad, y así nos recuerda a una peli de Michael Moore, y así la situamos en la misma categoría que los últimos estrenos, ¿has visto ya lo de Torrente?<br /><br />La realidad rompe aguas, pero nunca salen de la pequeña pantalla, y asistimos al huracán Katrina, al terremoto de Pakistán, al ciclón de Guatemala, al apartheid y genocidio palestino, que ya aburren, por persistentes, a los atentados de Al Qaida, o al drama de los negros arrojados al desierto por el gobierno marroquí, con la misma elegante y estudiada indiferencia con la que comentamos lo de que la golfa de la modelo esa se mete coca, o el triunfo de Fernando Alonso, es que este chaval es la hostia, ¿eh?, y corre con Renault, ya ves tú, ni Ferrari, ni BMW, ni Mac Laren, es el triunfo de los humildes, tiene cojones. <br /><br />Nos importa más que echen a una tía con cara de pie de Operación Triunfo, que expulsen por la fuerza a 1400 negratas al desierto, el Gran Desierto, donde los hombres son hombres, y sólo sobreviven los más fuertes. Y es que en eso consiste el capitalismo, después de todo, ¿no? En ignorar el dolor, como el miserable ese de barbas del PP, en mirar hacia otro lado, en tratar de sacar tajada política en cualquier situación, ya sean los jirones de piel de los subsaharianos, o el matrimonio entre homosexuales, tú legisla, que nosotros montamos la mani.<br /><br />Pero hoy no quiero hablar de esos cerdos hipócritas, sino más bien de la sociedad en general que tanto les gusta, y en la que acaban de descubrir los inconfesables placeres de la democracia. Estamos encantados con nuestros ipods, la Internet de alta velocidad, nuestros cochecitos con cinco estrellas en el test Euroncap, pero siempre olvidamos que a la mayoría de la gente del planeta las únicas estrellas que le interesan son las que ven por las noches cuando se tienden a dormir a cielo raso. ¿Y todavía nos sorprendemos de que quieran venir? Pero, qué curioso, lo que les atrae no es el spa, ni la internet, ni el ipod, con lo que mola el juguetito, fíjate, porque nadie se lanza a cruzar el Estrecho montado en una nevera para tener un emepetrés que llevarse a la oreja. Lo que les atrae es simplemente el hambre, la desesperación, el frío, el camino cerrado, el pánico a las balas y a los machetes, lo que les atrae es el terror a la amputación, el miedo escénico al fusilamiento o a la horca, lo que les atrae es la repulsión de lo sórdido, la angustia de la selva devastada, la disonancia cognitiva de la ablación, de la enfermedad endémica, de la ausencia de agua potable. Lo que les llama la atención no son ni las pantallas de plasma, ni los jomcinemas, ni los teléfonos móviles con sonido real y videocámara, lo que les llama la atención es pensar que aquí, por muy mal que se encuentren, aunque tengan que trabajar sin contrato, catorce horas diarias, y cobrar una mierda, por lo menos trabajan y cobran y comen, que ya es algo, y sin el peligro añadido de que les peguen un tiro por la espalda. <br /><br />¿De qué nos sorprendemos? No se puede vender a todo el mundo la moto del capitalismo y la democracia, es que lo mío es lo guay, ¿sabes?, y cuando vienen todos en masa, porque, oyess, Lobo López, me has llegado al alma, estoy toda ansiosa por ver esas cosas que tu tele me habla, resulta que no, que mira, que mejor te quedas en tu puto país, con tus dictaduras, tu tribalismo, tu animismo. Mejor apagas la tele y le preguntas otra vez al brujo de la tribu, como hacías antes, y si a las niñas les cortan el clítoris, por algo será, ¡guarras!. Que yo aquí, tengo otras cosas más importantes en qué pensar. Como, por ejemplo, el hermano de una compañera de mi trabajo, que vive en Nueva York, y que acaba de llamarla por teléfono, preocupadísimo: resulta que ha descubierto los bidés, porque en Estados Unidos no hay, y se ha pasado horas visitando tiendas on line de diseñadores (no sé si Phillippe Stark se ha metido ya en ese prometedor terreno), y vamos, que lo mismo está ya escribiendo una carta al presidente, o montando una empresa de import-export por internet. Teniendo en cuenta que en Estados Unidos fue hace no mucho una cuestión de política nacional el tamaño de las cisternas de los váteres, esto de lavarse el culo en una palangana pegada a la pared seguro que dará mucho juego. Y, con respecto a los negros… ¿qué negros?Antonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-1120037572165784452005-06-29T02:31:00.000-07:002006-11-10T01:20:45.276-08:00Terremoto en Fraguel RockResulta que al final, perdieron, amor, y muchos no acabamos de creerlo, muchos aún tememos que lo impugnen, como ya ha anunciado un tal Trillo, muchos pensamos que cuando una clase social, la suya, está tan acostumbrada a ganar en todo, difícilmente soltará por completo el bocado de poder. Cascos se autodefinía como un “doberman”, aunque yo creo que estos tipos son más bien como bull dogs, es decir, que al morder se les encajan las mandíbulas y no las abren ni con escoplo. El bocado de poder, el sabroso mordisco, la sonrisa de caimán que tritura, y desgarra, que mastica y hasta escupe, la boca que vomita espumarajos, que arremete verbal, o físicamente, y luego se sorprenden en forma teatral de que la gente le rechace. La boca que todo lo muerde, o sea, como el ojo del Gran Hermano, pero en plan tubo digestivo, que da más grima.<br /><br />Han luchado hasta el final, estaban dispuestos a que se anulasen los votos provenientes de Venezuela, que ya se sabe que allí manda un comunista, y espérate que no me chive a papá Bush y te invadan a ti también, para que te enteres. Han luchado y han perdido, aunque todavía les queda el lado oscuro, la técnica postelectoral, lo que en términos de gabinete de comunicación, o Miguel Ángel Rodríguez’s way, se llamaría ingeniería parlamentaria. O sea, lo que hicieron en la Comunidad de Madrid, que habiendo dinero de por medio, siempre es factible encontrar un sociata corrupto, un Tamayo dispuesto a vender su primogenitura por 1500 millones, que total, es lo que nos quitamos de pagar de la declaración de la renta gracias a las buenas artes del gestor. <br /><br />Al final perdieron, pero por poco, al final hubo que arrancarlos de las piedras gallegas, de las lajas, al final se convirtieron en lampreas, en moluscos fundidos a la roca, al final a Fraga habrá que sacarlo de allí con cama y todo, porque las sábanas se le han pegado, pero no por el sueño, que también, sino por las secreciones propias de la edad y la mala leche. <br /><br />Fraga saldrá a la Praza do Obradoiro arrastrándose y blasfemando, dejando jirones de sí mismo en las esquinas góticas de Fraguel Rock. Fraga se va y nos quedarán sus exabruptos, sus salidas de tono, sus insultos. A Fraga, aunque se marche, habrá que expulsarlo mucho tiempo después mediante exorcismo, o conxuro, y su rostro deformado por la bilis y el vómito verde quedará grabado de forma indeleble en las columnas románicas de la catedral de Santiago, como el ectoplasma del franquismo que todavía recorre la España demediada.<br /><br />Fraga ha sido una enfermedad, un virus, un mal que ha aquejado primero a la sociedad española, y luego a la gallega. En Fraga han convivido el padre padrone, el general, el cura corrupto, el cacique, el soldado de Cristo, el dictador. Fraga ha sido un trozo de guerra, Fraga es el resto vivo, o casi, del conflicto, Fraga es lo que queda del túnel. Fraga ha sido la familia de Pascual Duarte, empeñada en demostrar su propia existencia después de que a Pascual le pasaran por el garrote vil. <br /><br />Fraga, leyenda gris de la España negra, vampiro en una Transilvania atlántica y lluviosa, Fraga, o el relente nocturno, la rebeca, don Manuel, abríguese que chove, Fraga fue el chamán de la Galicia Caníbal de la que hablaba Antón Reixa, Fraga fue el gran dictador, o lo hubiera sido si no se hubiera cruzado en su camino un tal Franco, que mandaba más, carallo.<br /><br />Fraga es una caricatura, una broma pesada, un esperpento, y nadie tendría que haberlo tomado nunca en serio, porque cuando se comienza a dar crédito a los que gritan mucho, se les termina entronando. Y luego llegamos a situaciones como esta, grandes chamanes de la tribu apoltronados durante siglos en los wáteres de su poder, agitando la escobilla como si fuera un cetro, diciendo una chorrada tras otra, como la última de que a una mujer no puede preguntársele con cuántos se lo monta, y jaleados por una turbamulta atrapada en el enigma de la docilidad, (con permiso de García Olivo). <br /><br />Fraga, corazón, aplícate el cuento, y sigue los consejos de ese otro insigne paisano tuyo, censor del régimen y premio Nobel de Literatura, sigue sus instrucciones y vete a morir a Benidorm, entre las ruinas de tu inteligencia y a la sombra de las muchachas en flor, que a lo mejor de tanto verte cerca empiezan a enterarse de con quién se acuestan. Más que nada como medida profiláctica. <br /><br />Antonio López del MoralAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-1117096778622451212005-05-26T01:38:00.000-07:002006-11-10T01:20:45.200-08:00No one is inocentLa sorpresiva y sorprendente detención de Arnaldo Otegi me induce a algunas reflexiones. ¿Por qué de pronto un juez ordena su encarcelamiento y le impone una multa de 300.000 euros alegando “indicios de pertenencia” y de portavocía” de ETA, cuando Otegi lleva tantos años ejerciendo ese supuesto “cargo” y hasta la fecha a nadie se le había ocurrido procesarle? ¿Por qué si no hay ninguna prueba que le relacione siquiera tangencialmente con ninguna acción violenta? ¿Por qué detenerle justo en medio de un acercamiento de posturas, en mitad de un diálogo con la banda terrorista? ¿Por qué precisamente ahora, cuando después de tantos años, se comenzaba a hablar del abandono de la lucha armada? <br /><br />Como en política no existe la inocencia, siquiera interrumpida (ya dijo hace muchos años Ronald Biggs, el ladrón del tren de Glasgow, aquello de que “no one is inoccent”), habría que analizar las motivaciones ocultas de cada personaje de la historieta. Los jueces por ejemplo. La justicia en España es independiente, es decir, no está ligada a ningún partido político, pero en la práctica el Consejo General del Poder Judicial es un órgano eminentemente conservador, en el que sus tres cuartas partes están formadas por magistrados de ideología poco o nada progresista. ¿Esto quiere decir que esos jueces vayan a tomar decisiones que beneficien a un partido de derechas? No. Simplemente quiere decir que, en su fuero interno, desde luego, probablemente estén en contra de los últimos movimientos del gobierno hacia un diálogo con ETA, y que en más de una ocasión quizá hayan pensado en la forma de torpedearlo.<br /><br />O sea, que nadie es inocente, de nuevo Ronald Biggs, y ahora examinemos las acciones del Partido Popular desde que perdiera las elecciones del 14 de Mayo. Las algaradas en el congreso crecen día a día, la bronca se ha convertido en la tónica predominante, y los argumentos reflexionados se van sustituyendo cada vez más por la estrategia del acoso y derribo. Ya se coreó entre los militantes del PP cuando Rajoy salió a reconocer su derrota en Génova aquello de “tranquilo, Mariano, que en dos años les echamos”. Parece que están decididos a conseguirlo, y tampoco da la impresión de que vayan a escatimar en medios. No quiero dar la brasa otra vez con lo de las elecciones de la Comunidad de Madrid, en las que circularon tres mil millones de pesetas procedentes de empresarios de la construcción afines al PP, no quiero repetir siempre que la derecha no está acostumbrada a perder y por eso cuando no consigue las cosas por las buenas, lo intenta por las bravas (y aquí, a dos euros la respuesta, citemos acciones violentas propiciadas por las clases favorecidas cuando perciben que pueden perder sus privilegios tradicionales). No quiero salir de nuevo con todo eso, pero no me digan que el PP, desde que está en la oposición, no ha convertido ésta en puro hooliganismo, y el Congreso en una versión extreme violence de Tómbola, o sea, tú grita, insulta o insinúa, que ya vendrá quien limpie la mierda. <br /><br />Nadie es inocente, desde luego, la culpa forma parte de la cultura judeocristiana, y eso lo ha entendido también a la perfección la iglesia, que desde los púlpitos continúa llamando día a día a la rebelión, o sea, objeción de conciencia, que la objeción, cuando les interesa, es cristiana, ya ves tú (igual que la conciencia). No quiero decir que eso también forme parte de la estrategia de acoso y derribo, en dos años les echamos, pero teniendo en cuenta que las jerarquías católicas se sienten agredidas por las decisiones tan “injustas” del gobierno (esos pasotes de permitir que los homosexuales se casen o adopten, o de aprobar la investigación con células madre, o de intentar que la escuela laica sea laica de verdad), teniendo en cuenta que el obispado se sentía tan a gustito con el PP, ¿no llama la atención que los curas estén promoviendo con furia oriental esta campaña de movilizaciones anti ZP? En resumen, ¿no parece demasiado poco casual que conforme se intenta avanzar en una dirección tímidamente progresista, de pronto las élites conservadoras, iglesia y judicatura, principalmente, cierren filas y se empecinen no ya en una defensa numantina, sino en un ataque a degüello?<br /><br />O sea, que no quiero decir que exista una estrategia planificada de tipo maquiavélico (el fin justifica los medios) de utilizar cualquier argumento para conseguir derribar al PSOE, a pesar de que lo parezca. Porque el caso es que lo parece. Da la impresión de que nada les importa, y que los atentados sólo son actos miserables cuando los sufren ellos, y no hace falta recordar que a Pilar Manjón y a otros miembros de la Asociación de Víctimas del 11 M les dijeron desde las filas de los diputados del PP aquello de “meteros vuestros muertos por el culo”. Es cierto que da la sensación de que utilizar el terrorismo con fines partidistas sólo les está permitido a ellos, o sea, que el PP rompe el famoso y cacareado pacto antiterrorista (cuando critican de una forma tan salvaje los intentos de diálogo, en lugar de cerrar filas y apoyar las decisiones del Ejecutivo, como establece el pacto) y luego acusa a los demás. Es cierto que lo parece, pero no vamos a insistir en ese tema. No quiero decir que a pesar de todos esos indicios, el PP esté intentando recuperar a costa de lo que sea el poder perdido, pero una persona con algo de malicia, como la que ellos se supone que no tienen, pensaría que la detención de Otegi forma parte también de ese cuidadoso plan. Es decir, ordenamos el encarcelamiento desde la judicatura (recordemos que se trata de un órgano conservador) del supuesto portavoz de los malos, provocamos que el Ejecutivo no tenga más remedio que apoyar, por supuesto, esta acción, y torpedeamos así en plena línea de flotación el proceso de diálogo. Las conversaciones quedan rotas, y si encima en un par de días se produce un atentado salvaje, miel sobre hojuelas, que ya que ETA no nos lo dio el 11 M, hombre, por Dios, que nos lo de ahora, que ya nos hace falta. <br /><br />No son más que elucubraciones, desde luego, pero uno, que ya empieza a estar hasta la coronilla de toda esta farsa de curas, meapilas, casposos, banqueros enfervorecidos y diputados de pelo en la dehesa, uno cree que tampoco resulta tan descabellado, y que ojalá que no pase nada, no sólo por las posibles víctimas, sino por la cara de satisfacción que se le iba a quedar a más de uno de ellos. <br /><br />Antonio López del Moral DomínguezAntonio López del Moral Dominguezhttp://www.blogger.com/profile/17218899412327868247noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-8469557.post-1113995235351085032005-04-20T04:06:00.000-07:002006-11-10T01:20:45.106-08:00Ratzinger Zeta: el rottweyler de DiosLa elección del tal Benedicto, antes Ratzinger Zeta para los coleguitas, encaja perfectamente dentro de la línea de la cosa católica de los últimos años. ¿Por qué lo llaman revolución conservadora cuando quieren decir fundamentalismo? Todo vendrá seguramente de mucho más atrás, pero sin ánimo de remontarme demasiado, pienso que empezó con la reacción a los conatos revolucionarios de mayo del 68, ya saben neo anarquismo, los hippies, las drogas, amor libre y por ahí, eso que se había producido, a su vez, como reacción a la guerra de Vietnam y un tal Nixon. Revolución – reacción, lo de siempre, sólo que desde hace algunos años las revoluciones que se producen son como de cachondeo, pero las reacciones, en cambio, son de armas tomar.<br /><br />La Iglesia nunca se ha caracterizado por su aperturismo, a no ser que consideremos un avance fundamental el que desde hace cinco siglos hayan dejado de quemar viva a la gente en la hoguera. La Iglesia conserva, fija y no sé si da esplendor, la iglesia brilla en sus catedrales pulidas y rutilantes, pero bajo las sotanas se descompone lentamente el semen retenido, poluciones nocturnas a la luz del día, sobre altares de ámbar, que no es otra cosa que el semen de las ballenas (otros bichos grandes que se mueven lentamente). Si el otro, el polaco, arremetió durante su mandato contra el condón, el amor libre, el comunismo, la píldora, los homosexuales, la iglesia de la liberación, etcétera, etcétera, ¿qué no hará este, que encima dicen que es un intelectual (supongo que en la línea de Guillermo de Ockham, ya saben, el del Poder Absoluto de Dios)?. <br /><br />A Ratzinger Zeta, el rottweiler de Dios, tampoco es que le queden muchos enemigos contra los que lanzar sus puños o martillos de herejes, porque de lo del comunismo, el sexo, las drogas y el rock’n roll ya se había ocupado el polaco, así que supongo que se dedicará a arremeter, sin paños calientes, a las claras, contra aquellos que disientan de las doctrinas oficiales. Agarraos los machos, Fideles, Hugoschávezes, Zapateros, Lulasdasilvas y otras especies comunista-pseudoprogresistas del mundo, que ha llegado el momento del llanto y el crujir de dientes. <br /><br />Tiene un careto el tal Benedicto que es que da miedo, coño, y luego, cuando hurgas un poco en su currículo y descubres que en su juventud fue nazi, ya es que te vas por las pencas. En la juventud se hacen muchas chorradas, ya se sabe, los hay que jugaron al fútbol y ahora anuncian viagra, unos fueron borrachos antes de asesinos, como Bush, otros falangistas antes de imbéciles, como Aznar, que escribía artículos incendiarios contra la democracia en no sé qué periódico, o como el mismo Bono, que va y dice que es que entonces todo el mundo lo era (tócate el escroto), pero hombre, lo de nazi - nazi, es que está como muy mal visto. Si por lo menos hubiera sido sólo fascista, como Berlusconi, como Franco, ahora sus familiares o descendientes directos (que los tendrá, nunca digas que este cura no es mi padre), andarían por los programas del corazón reivindicando la figura del dictador, y sus seguidores, en lugar de esconderse vergonzosamente, se dedicarían a pegar palizas a “gentuza” como Santiago Carrillo (comunista antes de socialdemócrata) y a protestar por la retirada de los símbolos del régimen. <br /><br />Que sí hombre, que este tipo representa el conservadurismo sin complejos de la Thatcher, pero con fundamento, o sea, un poquito de San Agustín, un poquito de San Pablo, la Biblia en verso y el Manifiesto Comunista como anatema, hay que quemar libros, que la lectura es perniciosa, y ya que no podemos echar otra vez a Galileo a la hoguera, echemos a Karl Marx, para ir abriendo boca. Se avecinan tiempos funestos, amigo Sancho, con la iglesia hemos topado, una nube negra se cierne, un fantasma recorre el mundo, el espantajo, otra vez, de las guerras religiosas, porque, esa es otra, en el Islam hace ya tiempo que van cerrando filas. <br /><br />Yo es que no termino de entenderlo: la religión organizada es uno de los hechos más lamentables de la historia de la humanidad, es un instrumento de manipulación absoluta y a nivel casi de cromosomas. Lo hemos visto a lo largo de la historia, hemos asistido a persecuciones de uno y otro bando, a tribunales de la inquisición, a monarquías absolutas por derecho divino, a fanáticos que se inmolan en autobuses en el nombre de Dios. Hemos contemplado cómo estos irresponsables (por no llamarlos asesinos, claramente), predican la abstinencia frente al condón en los tiempos del SIDA, hemos asistido al espectáculo de su opulencia vaticana frente a la miseria del tercer mundo, los hemos visto celebrar misa con dictadores, pasear bajo palio con asesinos, decir las mayores barbaridades, eso sí, en tono melifluo y suave, no vayamos a alzar la voz. Han predicado la hipocresía desde el púlpito, son los especialistas de las virtudes públicas y los vicios privados, con esta mano te condeno y con la otra te masturbo en las penumbras en flor de los seminarios polvorientos. <br /><br />Han callado cuando había que gritar, y vociferan cuando deberían eclipsarse, en los momentos de tímido avance social. Han silenciado a los distintos, y crucifican una y otra vez a los que predican la justicia, a los que echan del templo a latigazos a los mercaderes del tafilete y la chistera. Son los abanderados del olor a cera, de la canción alegre, de la paloma y la túnica blanca. Son los gonfalonieros de las formas, porque lo único que les interesa es mantener las apariencias, que no cambie el orden de cosas establecido, que se mantengan las estructuras de poder, que ya dijo Jesucristo eso de “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Qué pena que con lo único que se hayan quedado de sus palabras haya sido con esa frase equívoca. <br /><br /><br />Lo sabemos, sí, y a pesar de ello, la gente continúa apoyando con su presencia y sus rezos la continuidad de estas mafias organizadas. ¿Qué es lo que le pasa al ser humano? Entiendo la necesidad del hecho religios