Monday, December 04, 2006

Presentación de Cuando Fuimos Agua

Bueno, ha costado pero por fin tenemos fecha: el día 15 de Diciembre a las 20:00 de la tarde, en la librería- café El Bandido Doblemente Armado (Madrid), se va a presentar mi novela Cuando Fuimos Agua (ya sabéis, la porno-erótica-etc). Me gustaría mucho veros por allí, para tomar algo y charlar un rato. La dirección es: calle Apodaca, 3 (paralela a la Plaza de Barceló, entre calle Fuencarral y Mejía Lequerica). Aparte de la presentación, la librería -café es un sitio muy curioso, así que podréis emborracharos y admirar los ejemplares (de libros, me refiero, aunque de los otros también habrá).

Os recordaré la fecha un par de días antes. Por cierto, podéis decírselo a toda la gente que queráis, la entrada es libre...

Thursday, November 16, 2006

Primer áccesit del Premio Internacional Vivendia de libro de relatos

El jueves, 15 de noviembre, se dio a conocer en el Teatro Buero Vallejo de Guadalajara, el fallo del jurado del I Premio Internacional Vivendia de Libro de Relatos. El ganador fue Antonio López Alonso por su obra "Soledad de Otoño, infancia de silencio", y el primer áccesit lo obtuvo mi libro "En el espejo".

Según reza en la nota de prensa, la obra "En el Espejo", de Antonio López del Moral, describe "ambientes urbanos, habitualmente marginales, un submundo de drogas, homosexuales, tipos patibularios, decadentes y decaídos representantes del espectáculo. La presencia del tren, del viaje, se repite como metáfora de la partida, de la muerte, de la ruptura con la propia vida. Obra contemporánea y atrevida, escrita para el lector que se atreve a aceptar al escritor como Cicerone por el infierno actual, dispuesto a enfrentarse con los propios fantasmas".

En fin, supongo que algo de eso hay en el libro, pero hombre, no sólo hablo de drogas, de sexo y decadencia. En cualquier caso, os invito a leerlo cuando lo publique la editorial. Os indicaré aquí la fecha.

Tuesday, November 07, 2006

Aracnofobia

Las arañas me han inspirado siempre un terror licuante. Delante de una araña me convierto en otra persona, mis manos tiemblan, sudo, tartamudeo, incluso tengo a veces la clarísima sensación de perder el conocimiento. No imagino otro ser más aterrador, ni una imagen más desazonadora. Recuerdo infinitos episodios de mi infancia y adolescencia en Villa San Miguel, la casa de mis abuelos en el pueblo, una edificación enorme, antiquísima y, por supuesto, infestada. Estaban por todas partes, caían desde el techo cobre mi colcha, aparecían de improviso flotando en una jarra de agua, sobre la butaca en la que me disponía a sentarme, o, más espantosas aún por el contraste, sobre los manteles blanquísimos que extendía mi abuela sobre la mesa, inmóviles y yo diría que burlonas, desafiantes, negras y crueles junto a los platos y los tazones de loza.

En el jardín, enorme y descuidado, sabía que las encontraría en los sitios más insólitos, en uno de los huecos de la arquitectura de yeso del porche, entre las enredaderas, colgando de un hilo justo a la altura de mi cara, o silenciosas y taimadas en las redes, como minotauros en sus laberintos. ¡Dios! Incluso hallé una, no me pregunten cómo llegó, dentro de una caja de cerillas, ¡y la toqué con los dedos! Creo que nunca podré olvidar aquella sensación.

Podría pasar horas hablando sobre ello, pero ahora sólo quiero contar lo que ocurrió la tarde que Pilar se marchó para siempre, sin que yo le hubiese llegado a confesar mi amor. La quería tanto que me dolía su ausencia como una herida, había escrito todos mis primeros poemas para ella, y la perspectiva de perderla sin que supiese, me decidió a dar el paso. Saqué fuerzas, repasé mentalmente lo que le diría en la estación, preparé mis mejores palabras y ensayé un par de veces ante el espejo mi única sonrisa triste. Cuando ya corría hacia la puerta, encontré la araña más enorme, negra y espantosa, colgando siniestramente del dintel, a la altura de mi cabeza, impidiéndome salir. Me quedé inmovilizado, sin atreverme a rodearla, porque eso hubiera supuesto pasar a su lado, sin atreverme tampoco a cruzar por debajo, porque el terror a que me cayese encima era tan fuerte que casi hacía que me desmayase. El tiempo pasaba, el tren partiría pronto, y yo perdería, sin duda, y el sabor de aquella primera derrota marcaría mi vida quizá para siempre.

Registré la casa y regresé a la puerta armado de un espray insecticida, a prudente distancia lo vacié sobre el monstruo, que al principio se resistió, intentó huir, escapar de su propia tela empapada, y luego, lentamente, en una agonía casi coreografiada, cayó al suelo, justo delante de la puerta, encerrándome aún. Todavía movía sus horribles patas, todavía era capaz de inmovilizarme. No me quedaba ya insecticida, de modo que busqué por todas partes, y encontré otro espray, esta vez de espuma de afeitar. La enterré en un montón de nieve blanca que me libraba de su visión, pero, cuando ya levantaba el pie para pasar por encima, vi que asomaba otra vez, aún más negra, aún viva. No sé cómo pude hacerlo, no sé de dónde saqué la fuerza, pero dejé caer el pie violentamente, y luego otra vez, y otra, y otra, y sentí mi cuerpo como algo líquido, algo que ya no me pertenecía, sentí un vértigo brutal, una embriaguez absoluta mientras saltaba sobre el montoncito de nieve, y grité hasta romperme la garganta, y lloré, y sudé, en aquella ceremonia catártica, aquel baile de liberación, aquel horror.

Cuando llegué a la estación, el tren se alejaba.

Antonio López del Moral

Thursday, March 02, 2006

Ayatolah, no me toques la pirola

Estoy alucinando bastante con lo del cómic danés y las rotestas musulmanas. Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho y me da exactamente igual que los clérigos de los cullons lleven sotana o chilaba y turbante, el caso es que en el momento en l que se permite que la idea de Dios se filtre por las rendijas del pe samiento racional, ese concepto abstracto se va inmiscuyendo cada v z más en los asuntos de la vida cotidiana, hasta que llega a desp azar por completo al pensamiento racional, y hasta al pensamiento ismo. El hecho religioso, sea del signo que sea, y entendido en su ertiente social (no estoy hablando de la fe como asunto íntimo), es l cáncer más peligroso de la civilización, porque ante la perspect va de un Dios plenipotenciario, omnipresente y absoluto, ¿cómo se le van a oponer ideas tan simples y humanas como la de la li ertad de expresión? Creo sinceramente que no estamos apreciando e peligro en su justa medida. Cuando un indeseable con el cerebro e tumecido por la fe y borracho de perspectivas ultraterrenales es capaz de lanzar una condena a muerte desde el púlpito, y su ocura es aceptada por miles de f náticos dispuestos a ejecutarla a la menor oportunidad, ya no estamos hablando de cuestiones íntimas, de ideas y creencias, o de la salvación del alma: estamos hablando i más ni menos que de crimen org

Crímenes organizados los hay de muchos tipos, como los que montaron los asesinos de Bush, Aznar, Blair y Berlusconi en Irak, o como los que organiza a diario el estado terrorista de Israel en Palestina, pero el hecho de que de aquellos polvos vengan estos lodos, es decir, que el resurgimiento del fanatismo religioso islámico sea una consecuencia del fanatismo capitalista (y también religioso cristiano, no nos engañemos), no significa que una sociedad laica deba aceptar imposiciones dictadas desde el territorio ambiguo y peligrosísimo de la religión.

Y me refiero a cualquier tipo de religión, no sólo de la musulmana. En Occidente ya tenemos bastantes problemas causados por las injerencias en la vida cotidiana de obispos, cardenales, paparatzingers, curillas y meapilas que reprimen patéticamente su homosexualidad, como para encima tener que aguantar las estupideces absolutistas de cuatro ayatolahs. El pensamiento occidental superó por suerte la etapa filosófica de Guillermo de Ockham, que proclamaba la potentia absoluta Dei como sistema de comprensión de la realidad, y cuando ya parecía que avanzábamos, resulta que va a ser que no, oiga, que ahora va usted a legislar lo que yo le diga, así que olvídese del matrimonio homosexual, aunque sea matrimonio civil, olvídese de la educación laica, que los colegios son cosa de curas, no me toque el chador, que las mujeres no deben enseñar el rostro, y no me hable de eliminar la ablación del clítoris, que el placer femenino está prohibido por Dios. Olvídese, en suma, de la moral agnóstica, que el conocimiento, y por ende, las leyes, las dictamos nosotros por la gracia del Único.

Cuando digo que esto es peligrosísimo, a las pruebas me remito: se empieza montando manifestaciones y se termina lanzando cócteles molotov contra una embajada porque en el país que representa se ha publicado un cómic en el que aparece el Profeta. La religión no es ya que sea el sustituto natural de la cultura y de la razón, es que es ni más ni menos que un trasplante cerebral consentido, voluntario, y con efectos psicoactivos. Ya que se están poniendo en Europa tan coñazos con lo del tabaco, deberían poner a la entrada de las iglesias, las mezquitas y las sinagogas un cartel que rezase (nunca mejor dicho): “las Autoridades Sanitarias advierten que el uso de la religión es peligroso para la salud mental”.

Y que conste que cuando leí que Hamás había ganado las elecciones en Palestina, no pude reprimir un sordo sentimiento de alegría. Yo sigo siendo de esos que piensan que “con las armas en la mano, Palestina vencerá”, creo que con Israel no hay que negociar, porque para negociar debe darse una igualdad de posiciones y un equilibrio de fuerzas, y no lo hay, creo que a Israel sencillamente habría que obligarle por las buenas o por las malas a acatar la legalidad internacional. O sea, que Israel me parece un estado terrorista, igual que los USA, así que cuando leí lo de Hamás me dije: “hombre, por fin,”. Pero luego me puse a pensar, y llegué a la conclusión de que lo que aquí se está dirimiendo, además de asuntos de dinero y poder, como siempre, es la guerra entre las tres grandes religiones: el cristianismo, el judaísmo y el islam. O sea, como siempre.

Si examinamos las guerras que se han dado en el mundo durante los últimos siglos, veremos que en casi todas ellas aparece de forma más o menos destacada la cuestión religiosa. La religión, que proclama farisaicamente la paz, es paradójicamente la principal causa de guerras en el mundo. Porque la religión, que proclama hipócritamente el amor, en realidad siempre termina sirviendo al odio. Porque la religión, que proclama farisaicamente el desapego hacia lo material, en realidad sirve a los intereses terrenales de los más fuertes, y no es otra cosa que un instrumento de control social y manipulación y una muy rentable fuente de ingresos económicos. Porque la religión, o sea, lo único que pretende es que sean los otros quienes se desprendan de sus bienes, pero sólo para que los obispos y los ayatolahs puedan seguir viviendo como curas a costa de la estulticia de los feligreses.

El asunto del cómic me parece mucho más importante de lo que pueda parecer a primera vista. ¿Por qué los agnósticos, ateos y laicos debemos permitir que los religiosos nos digan lo que tenemos que hacer, y en cambio ellos no nos permiten salirnos ni un milímetro del guión? ¿Por qué, si la religión proclama la Potencia Absoluta de Dios sobre las leyes humanas, no podemos los no religiosos proclamar la superioridad de esas leyes sobre los asuntos de la religión? En definitiva, ¿por qué los curas pueden decir lo que les de la gana desde los púlpitos y los minaretes, pero desde los periódicos y medios de comunicación nadie puede decir nada sobre ellos, porque, oye, es que te lanzan una fatwa y te joden la vida? A mí me ofende muchísimo que Ratzinger diga que los homosexuales son desviados (y que Rajoy le apoye oponiéndose al matrimonio gay, tiene cojones. No te acerques, que me tiznas, dijo la sartén al cazo), que el imán de Fuengirola explique cómo pegar a la esposa, o que en ciertos países musulmanes se practique la censura más inquisitorial. Me ofende mucho, pero, oiga, como creo eso que decía Clint Eastwood de que las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una, pues me aguanto. El problema aparece cuando surgen miles de iluminados que no se aguantan, y que pretenden imponer por la fuerza o por la fatwa su visión de la realidad. Y eso sí que no, oiga.

Así que reivindico mi derecho a cagarme en Dios, en todos los dioses, y si alguien se ofende, que le vayan dando. Reivindico la ofensa de pensamiento y palabra (no de obra) como parte fundamental de la libertad de expresión, y como sano ejercicio democrático. Reivindico mi derecho a que nadie me diga o me imponga lo que hacer o pensar. Y reivindico también esa vieja frase de Durruti, lamentablemente olvidada: la única iglesia que ilumina, es la que arde.

Antonio López del Moral